—María, perdona que te corrija, pero tengo la impresión de que cada vez que te enfrentabas a un problema recurrías al recuerdo de tu madre para encontrar una explicación a lo que te ocurría. Y eso, aunque resulte comprensible, también puede convertirse en una forma cómoda de justificar la inacción.
La anciana sonrió levemente.
—Incluso me imagino tu frase favorita: «Uf, ya me está pasando como a mi madre». ¿No estoy en lo cierto?
María dejó escapar una pequeña risa cargada de resignación.
—La verdad es que me sorprende, doña Ana. Tiene usted una habilidad extraordinaria para leer en la memoria de las personas. Sí, ha acertado de lleno. Cuando los problemas me desbordaban, recurría una y otra vez a la maldita genética materna para explicarlo todo.
Guardó silencio unos segundos.
—Además, me parecía muchísimo a mi madre, tanto físicamente como en el carácter. Eso hacía aún más fácil buscar refugio en aquella idea. Reconozco que rendirme tan deprisa nunca fue la mejor respuesta.
—Desde luego que no —afirmó Ana—. Quienes están preparados para luchar tienen más posibilidades de superar los obstáculos. Los que se abandonan a la inercia terminan atribuyendo sus desgracias a la mala suerte, al destino o a las supuestas maldiciones de la vida.
María asintió.
—Soy la primera en reconocerlo. Nunca desarrollé ese instinto de supervivencia que poseen algunas personas. Con los años me fui refugiando cada vez más en la pasividad, en la resignación y en las lamentaciones.
—¡Pero si todavía eres joven, querida! —exclamó la anciana—. Hablas como si fueras una mujer acabada, como si tu historia ya estuviese escrita. Apenas has cumplido los treinta y ocho años. Perdóname, pero no puedo evitar sonreír cuando te escucho.
Aquellas palabras provocaron una reflexión inmediata en María.
—Sí, lo sé. Son frases duras para mi conciencia, pero quizá necesarias. Tal vez la clave de todo esté en que nunca me detuve a analizar de verdad mis problemas: cuáles eran sus causas y qué podía hacer para resolverlos.
Ana la observó con atención.
—Entonces te haré una pregunta. ¿Para qué crees que Dios nos dio la razón y la inteligencia? ¿Para guardarlas en un cajón y no utilizarlas jamás?
María no respondió.
—Piénsalo bien —continuó la anciana—. ¿Acaso me lancé yo por una ventana cuando mi hijo murió destrozado por la explosión de aquella granada? ¿Me atiborré de pastillas cuando me comunicaron que mi marido se había pegado un tiro en la cabeza?
Su voz se volvió firme.
—Claro que podría haberlo hecho. Habría sido lo más fácil, el camino más corto para intentar escapar del sufrimiento. Pero ¿y si la vida continúa después de la muerte? Esa es mi certeza. Y si eso es cierto, adelantar deliberadamente el final nunca puede traer consecuencias positivas.
María permaneció pensativa.
—Doña Ana, usted que puede percibir espíritus… ¿cree que podría comunicarse con su marido? Tal vez el coronel nunca intentó acercarse porque se sentía culpable o avergonzado por lo que hizo.
La anciana reflexionó unos instantes.
—Es una pregunta muy interesante, pero no tengo una respuesta definitiva. Ya no soy aquella profesora de historia que podía deleitar a sus alumnos en sus clases.
De pronto se quedó callada. Parecía haber recordado algo importante.
—Sin embargo… ahora que lo mencionas, hubo una experiencia que jamás he olvidado.
Los ojos de María se iluminaron.
—¿De verdad? Estoy deseando escucharla.
—Yo nunca llegué a hablar directamente con mi marido. Lo que ocurrió fue diferente.
Se acomodó en la silla antes de continuar.
—Durante una época me obsesioné con la idea de comunicarme con él. Me sentía terriblemente sola y necesitaba respuestas. Quería preguntarle por qué lo había hecho. Incluso reprochárselo.
La anciana sonrió con amargura.
—Una tarde me acosté para descansar. Apenas llevaba unos minutos tumbada cuando sentí la necesidad de girarme hacia la puerta del dormitorio.
Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.
—Y allí había alguien.
María contuvo la respiración.
—¿Se asustó?
—Curiosamente, no. Algunas veces ya había percibido presencias en casa y aquello no me resultaba del todo extraño.
—¿Y qué ocurrió?
—Era un hombre que jamás había visto. Elegante, sereno y muy amable. Lo primero que hizo fue llamarme por mi nombre.
María abrió los ojos.
—Debió de impresionarla muchísimo.
—Más de lo que imaginas. Después me pidió que estuviera tranquila respecto a mi marido. Me explicó que, aunque al principio había sufrido mucho, estaba siendo ayudado por un ser muy especial.
La anciana sonrió con ternura.
—Según me dijo, aquel apoyo le había permitido reflexionar profundamente sobre todo lo ocurrido. Poco a poco fue comprendiendo su error y abandonando la tristeza y la confusión que lo mantenían atrapado.
—¿Comprender qué exactamente?
—Lo mismo que te he dicho a ti hace un momento. La falsa creencia de que el sufrimiento desaparece por el simple hecho de abandonar la vida física.
María bajó la cabeza.
—Creo que empiezo a entenderlo.
—Aquel visitante añadió algo más. Me explicó que mientras mi marido no completara ese proceso interior no tendría fuerzas para intentar comunicarse conmigo.
La anciana hizo una pausa. Una sonrisa emocionada apareció en su rostro.
—Y lo más hermoso de aquella experiencia todavía estaba por llegar.
—¿Qué fue?
—¿Sabes quién era ese ser tan especial que lo estaba ayudando?
Antes incluso de escuchar la respuesta, María sintió una certeza naciendo dentro de sí.
La intuición fue más rápida que las palabras.
—Alberto…
Ana asintió lentamente.
Sus ojos brillaban.
—Sí, querida. ¿Quién mejor que un hijo para tender la mano a su propio padre?
La emoción quebró su voz.
—Aquella presencia me explicó que era Alberto quien lo estaba acompañando, orientándolo y ayudándolo a recuperarse.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Si supieras cuánto lloré aquel día…
Miró hacia el cielo del patio acristalado.
—Comprendí que los afectos verdaderos no pueden ser destruidos ni siquiera por la muerte.
…continuará…

