María sintió que la sangre le subía al rostro.
—Entonces no te limitabas a llevar pasajeros. Los captabas para ellos.
Antonio cerró los ojos un instante.
—Sí. Y luego empezaron a pagarme en especie.
La respuesta, tan breve, cayó entre ambos como una piedra.
—Al principio solo hacía eso —continuó él—. Pensaba que no era asunto mío lo que ocurriera después. Me decía que yo únicamente conducía un taxi y recomendaba un lugar de ocio. Nada más.
—Pero sabías perfectamente qué clase de establecimiento era.
—Lo sabía.
María se llevó una mano a la frente y comenzó a caminar unos pasos, incapaz de permanecer quieta.
—Dios mío… Durante años pensé que te dejabas la piel trabajando por nosotros. Que todas aquellas noches eran sacrificios para que Tony y yo pudiéramos vivir mejor.
—También pensaba en vosotros —se defendió Antonio con debilidad—. El dinero extra nos permitía pagar algunas deudas, hacer regalos, permitirnos ciertos caprichos…
María se volvió con brusquedad.
—No utilices a Tony ni a mí para justificarte.
Antonio bajó inmediatamente la cabeza.
—Tienes razón. No debería hacerlo.
—Todo aquel dinero que a veces aparecía de pronto… Los billetes que me dabas para comprar ropa, arreglar la casa o ahorrar un poco… ¿Procedían de tus tratos con esa gente?
—Una parte, sí.
María dejó escapar una risa seca, carente de alegría.
—Una parte.
—Me gustaba darte aquel dinero —añadió él—. Sabía que eras una buena administradora y que lo utilizarías para la familia.
—Aunque no fuese limpio.
—Aunque no lo fuese —reconoció Antonio en voz baja.
María lo contempló con una mezcla de dolor y repugnancia.
—Tenías apalabrado fomentar un negocio de prostitución. No le des más vueltas. Esa es la verdad.
—Sí.
El silencio se prolongó.
María tenía la sensación de que cada nueva respuesta borraba un fragmento del hombre al que había amado.
—Antes dijiste que, con el tiempo, comenzaron a pagarte en especie —recordó al fin—. ¿Qué significa exactamente? ¿Vas a explicármelo o debo imaginarlo?
Antonio tensó la mandíbula.
—Después de comprobar que les llevaba buenos clientes y que sabía mantener la boca cerrada, comenzaron a tratarme como a uno de los suyos.
—¿En qué sentido?
—Me permitían beber cuanto quisiera sin pagar. Y, cuando me apetecía, podía estar con alguna de las mujeres que trabajaban allí.
María palideció.
Aunque había anticipado la respuesta, escucharla de sus labios le produjo un dolor mucho más agudo.
—Servicios sexuales y alcohol —pronunció muy despacio.
Antonio no se atrevió a mirarla.
—Sí.
María respiró varias veces, intentando contener el temblor de su cuerpo.
—Entonces no solo me mentías sobre el dinero o sobre tus horarios. También me engañabas con otras mujeres.
—Si quieres llamarlo de ese modo, sí, María.
—¿Cuántas veces?
Antonio levantó los ojos, pero no respondió.
—Te he preguntado cuántas veces.
—No lo recuerdo con exactitud.
Aquella contestación pareció herirla aún más que una cifra concreta.
María apartó la mirada. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, aunque se negó a permitir que cayeran.
—Durante cinco años he llorado tu muerte —dijo con la voz quebrada—. Te convertí en el marido trabajador al que un canalla desconocido arrebató de mi lado. Me aferré a tus fotografías, a tus recuerdos, a todo lo bueno que habíamos vivido. Incluso llegué a preguntarme si yo podría haber hecho algo para evitar que salieras aquella noche.
Antonio permaneció inmóvil, soportando cada palabra.
—Y ahora descubro que mientras yo te esperaba en casa, tú estabas bebiendo, llevando hombres hasta un prostíbulo y acostándote con las mujeres del local.
—Lo siento.
—No me digas solamente que lo sientes.
—No sé qué otra cosa puedo decir.
—La verdad —replicó ella—. Eso es lo que quiero. Toda la verdad, aunque me destroce.
Antonio respiró profundamente.
—El Ícaro utilizaba el hotel como tapadera. La prostitución era uno de sus negocios principales, pero no el único. Por allí pasaban políticos del ayuntamiento, empresarios y otras personas con poder. Todos se hacían favores. Unos miraban hacia otro lado, otros facilitaban permisos y algunos se beneficiaban directamente del dinero que circulaba.
—Una red de corrupción.
—Sí.
—Y tú formabas parte de ella.
Antonio tardó unos segundos en contestar.
—En un nivel pequeño, pero sí. Yo era uno de los que alimentaban aquel negocio llevando clientes y guardando silencio.
María negó con la cabeza, incapaz de reconocer al hombre que tenía delante.
—Más de una vez escuché rumores sobre ese lugar, pero nunca les presté atención. Lo que jamás imaginé es que mi propio marido estuviera metido hasta el cuello en aquella decadencia.
Lo miró con una tristeza profunda.
—Tú, un taxista de la ciudad, pasabas más tiempo entre el aeropuerto y aquel hotel que recorriendo los barrios. Y mientras tanto yo permanecía en casa, convencida de que trabajabas para nosotros.
Antonio dio un corto paso hacia ella, pero María levantó una mano para detenerlo.
—No te acerques. Ni se te ocurra.
Él obedeció.
—Necesito tiempo para comprender quién eras realmente —añadió—. O, mejor dicho, quién fuiste durante aquellos años sin que yo llegara a saberlo.
Antonio bajó la cabeza.
Por primera vez desde su reencuentro, María no sintió deseos de abrazarlo. Solo percibió entre ambos una distancia inmensa, construida con cada una de las mentiras que él acababa de confesar.
…continuará…

