LAS TRES VIDAS DE MARÍA (14) Siempre hay que buscar la luz

—¿Qué tal, Valeriano? ¿Cómo va la mañana? Tan atareado como siempre, ¿verdad? —comentó María, dedicándole una sonrisa.

La respuesta fue otro silencio.

Un silencio igual de desconcertante que los anteriores.

—Pero… esto es inaudito —murmuró—. Otro que no me contesta. O se hacen los locos, o aquí está pasando algo que no alcanzo a entender.

Miró a su alrededor, tratando de conservar la calma.

—Esto acaba de empezar. No voy a desesperarme tan pronto. Ángel dijo que era una prueba, y las pruebas son eso: difíciles. Tal vez estén examinando mi paciencia. A lo mejor quieren comprobar si estoy preparada para seguir en este nuevo plano. Yo qué sé…

Respiró hondo, cada vez más inquieta.

—Espero que todo esto se aclare cuanto antes.

No quiso insistir con otros rostros conocidos. Sin embargo, de pronto se le ocurrió una idea: debía hacer algo llamativo, algo que forzara la atención de los presentes.

Se situó en el centro del patio acristalado, tomó aire y alzó la voz.

—¡Atención! Vamos a ver… ¿qué está ocurriendo aquí? He trabajado en esta residencia durante muchos años. ¿Es que ya nadie se acuerda de mí?

Su voz resonó bajo la cubierta de cristal.

—Lo diré de otra forma: ¿nadie se da cuenta de que estoy aquí, en medio de todos ustedes?

Transcurrieron unos segundos angustiosos.

María giró la cabeza de un lado a otro, buscando una mirada, una reacción, un gesto mínimo que confirmara que alguien la había oído.

Nada.

Todo siguió igual.

Los cuidadores continuaron moviéndose entre los residentes. Algunos ancianos permanecían dormidos en sus sillas. Otros miraban las plantas, el cielo tras los cristales o un punto impreciso de la mañana. La vida en la residencia siguió su curso como si ella no existiera.

Y aquella indiferencia la golpeó con una fuerza inesperada.

María sintió que algo se apagaba dentro de sí. La tristeza la cubrió de pronto, espesa y fría. Dobló las rodillas, se dejó caer al suelo y terminó sentada, abatida, con la cabeza inclinada, intentando aislarse de aquel entorno que la hería precisamente porque la ignoraba.

Entonces ocurrió algo.

—María… María, ¿eres tú?

La voz era apagada, frágil, pero había pronunciado su nombre con absoluta claridad.

María levantó la cabeza de golpe.

—Dios mío…

Se incorporó con rapidez, llena de ansiedad y esperanza.

—Por fin. Alguien me llama. Alguien me reconoce.

Miró a un lado y a otro, buscando el origen de aquella voz.

—Tengo que encontrarla. Es la única persona que sabe que estoy aquí.

Una sonrisa nerviosa asomó a sus labios. Pero enseguida la duda la asaltó.

¿Y si no había sido real? ¿Y si su mente acababa de inventar aquella voz para protegerla de la soledad que la estaba devorando?

—Por favor —dijo en voz alta—. Necesito saber quién ha pronunciado mi nombre. ¿Quién ha sido?

La misma voz volvió a sonar, débil pero inconfundible.

—María, ven. Habla un rato conmigo.

Ella aguzó el oído y, tras unos segundos de incertidumbre, logró localizarla.

Detrás de una palmera, junto a los arcos de medio punto que embellecían el patio, había una anciana sentada en una silla de ruedas. La luz le rozaba el rostro con delicadeza.

María la reconoció al instante.

—Pero claro… ¿cómo no me he fijado antes? Si es usted, doña Ana, mi viejecita preferida.

Se dirigió hacia ella con una mezcla de alivio y emoción.

—Hola, querida —respondió la anciana, mirándola con curiosidad—. ¿Cómo estás?

—Lo siento. Se me había olvidado que a usted le gusta ponerse bajo los arcos, para tomar un poco el sol.

Doña Ana sonrió.

—Sí, María. Siempre hay que buscar la luz.

Aquella frase, dicha con tanta sencillez, hizo que María se quedara unos segundos en silencio.

—No sé qué responderle —admitió al fin—. En mis circunstancias, ni yo misma sé cómo estoy. Ni siquiera sé qué hago aquí.

La anciana la observó con una serenidad casi antigua.

—Ya sabes que la edad hace estragos en la memoria, pero… ¿tú no te habías suicidado? ¿O me han informado mal?

María se quedó helada.

—A mis ochenta y ocho años, querida, necesito que me digan la verdad. ¿Me lo explicas?

María tragó saliva.

—Verá, doña Ana… ni yo misma sé lo que ha ocurrido. Todo es muy confuso. Creo que me muevo en la incertidumbre.

—Bueno —dijo la anciana con un gesto amable—, con paciencia y calma todo termina saliendo a la luz.

Luego le indicó un lugar cercano.

—¿Por qué no haces una cosa? Quédate aquí conmigo un rato y charlamos.

María asintió.

—Te noto alterada —añadió doña Ana—. Y para contar bien las cosas tendrás que tranquilizarte un poco, ¿no crees? Así no vas a poder expresarte con claridad.

—Tiene razón —respondió María—. Voy a intentar centrarme.

Respiró profundamente varias veces, dejando que el aire la ayudara a ordenar sus pensamientos.

—¿Recuerda? Con usted siempre tuve una relación muy especial. Era tan intuitiva… Resultaba fácil desahogarse a su lado. Una persona joven como yo buscaba en usted respuestas para muchas preguntas. Aún no he olvidado el día en que ingresó aquí.

Doña Ana asintió despacio.

—De eso sí me acuerdo. No con exactitud, pero debió de ser hace unos años. Cómo pasa el tiempo, hija. A veces, aunque una no quiera, la vida toma sus propias decisiones.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

AS TRÊS VIDAS DE MARIA (14) A gente sempre tem que buscar a luz

Dom May 17 , 2026
— Como vai, Valeriano? Como está a manhã? Atarefado como sempre, não é? — comentou Maria, oferecendo-lhe um sorriso. A resposta foi mais um silêncio. Um silêncio tão desconcertante quanto os anteriores. — Mas… isso é inacreditável — murmurou. — Mais um que não me responde. Ou estão se fazendo […]

Puede que te guste