—En primer lugar —comenzó la figura con voz serena—, debo decirte que aún no estás muerta, aunque ya te disponías a celebrarlo. Todavía estás a tiempo de regresar. Pero de eso hablaremos más adelante.
Hizo una leve pausa.
—En segundo lugar, ese espíritu protector al que hacías referencia… está agotado. Y no me refiero a un cansancio físico. Ha intentado, una y otra vez, apartarte de ese impulso autodestructivo hasta el punto de consumir sus propias energías.
María abrió los ojos con incredulidad. No lograba asimilar lo que estaba escuchando.
—Por eso estoy yo aquí —continuó él—. Para completar su labor. En nuestro ámbito no se deja nada al azar. Cuando alguien no puede cumplir su función, otro ocupa su lugar. Así que… aquí me tienes.
La observó con atención.
—¿Lo entiendes?
María dudó antes de responder.
—Entonces… —murmuró con timidez— le he fallado a mi ángel de la guarda…
La figura negó suavemente.
—Digamos que, al ver hacia dónde se dirigían tus pensamientos esta mañana, tomó la decisión de pedirme ayuda. Sabía que existía esa posibilidad… y la utilizó. Todas esas dudas que sentías no eran casuales. Eran el reflejo de su esfuerzo por detenerte. Pero su intervención tenía un límite: tu libre albedrío.
María bajó la mirada.
—Debe de estar muy decepcionado conmigo… —susurró—. Ahora que lo pienso… me siento mal.
—Tenía la esperanza de convencerte —prosiguió la figura—, de ofrecerte alternativas, de empujarte a cambiar de rumbo. Pero tu determinación era férrea. Incluso él, con toda su voluntad, no pudo ir más allá. Y cuando te vio colocar el cordón en tu cuello y dejarte caer… comprendió que la situación había superado sus capacidades.
Su voz se volvió ligeramente más grave.
—Hay mucho en juego, María.
La mujer, profundamente impresionada, se cubrió el rostro con ambas manos. Las lágrimas comenzaron a deslizarse entre sus dedos.
El hombre esperó unos segundos antes de continuar.
—Quiero que tengas algo muy claro —añadió finalmente—. No estoy aquí para imponerte nada. No puedo alterar las leyes que rigen esto… ni tu libertad para decidir. No me corresponde.
Se inclinó levemente hacia ella.
—Pero antes de marcharme, antes de dejarte a solas con tu elección… debo proponerte un reto. Una última prueba.
María alzó la cabeza, sorprendida.
Había algo en aquella presencia… una mezcla de autoridad y serenidad que imponía respeto.
—Ahora lo entiendo —dijo, dejándose llevar por la intuición—. Tú eres un ángel… pero no uno cualquiera. Estás por encima. Tienes más conocimiento, más autoridad. Por eso estás aquí. Tu misión es ayudar cuando todo se complica.
La figura esbozó una leve sonrisa.
—Resulta curioso tu empeño en ubicarme dentro de una categoría concreta, aunque lo comprendo. No esperabas esto… y necesitas darle forma, identificarlo.
De pronto, el gesto de María cambió. Una nueva inquietud la atravesó.
—Un momento… —dijo con tensión—. Ángel, o lo que seas… ¿no habrás venido para devolverme a la vida?
Sus ojos se endurecieron.
—Porque, si esa es tu intención, te lo advierto: volveré a hacerlo. Me colgaré las veces que haga falta.
Su tono se volvió firme, casi desafiante.
—Hablas de libertad, ¿no? Entonces no decidirás por mí. He llegado hasta aquí… y no pienso dar marcha atrás. Si hace falta, exploraré este nuevo mundo por mi cuenta. No necesito ayuda. Me arriesgaré sola.
Respiró con intensidad.
—Me ha costado demasiado llegar a este punto como para renunciar ahora.
Lo miró fijamente.
—No pienso volver.
El hombre alzó la mano en un gesto conciliador, pero María continuó, arrastrada por su propio impulso.
—¡Respóndeme una cosa! —exclamó—. Júramelo.
—Tranquila —respondió él con calma—. Te escucho.
—¿Tienes poder para obligarme a volver a mi cuerpo?
El silencio se hizo breve, pero denso.
—No —respondió finalmente—. No lo tengo. Tu libre albedrío está por encima de cualquier intervención.
María dejó escapar un suspiro profundo.
—Uf… —murmuró—. Me has quitado un peso de encima.
Se relajó ligeramente.
—Te creo.
Lo observó con más detenimiento.
—Pero ya me he cansado de hablar con alguien sin nombre. Quiero saber quién eres. ¿Cómo te llamas?
El hombre ladeó la cabeza.
—Esa es una buena pregunta. Pero verás… me conocen de muchas formas distintas.
Hizo una pausa.
—Así que hagamos algo: elige tú cómo quieres llamarme.
María frunció el ceño.
—¿Elegir yo?… No tengo muchas ganas de pensar ahora mismo…
Se quedó unos segundos en silencio. Y de pronto, algo encajó.
—Ya lo tengo —indicó señalando levemente a la figura—. Cuando te vi por primera vez, pensé en un ángel. No voy a complicarme más. A partir de ahora te llamaré así: Ángel.
Lo miró, esperando su reacción.
—Si no te importa.
—Me parece adecuado —respondió él—. Es tu elección.
María esbozó una leve sonrisa.
—Tienes aspecto de mensajero… de alguien que trae buenas noticias. Con ese traje tan… limpio, tan perfecto, tan bien planchado. Sí, creo que he acertado.
El hombre la observó con una mezcla de curiosidad y paciencia.
—Espero que esa imaginación te sea útil para lo que viene.
María arqueó una ceja.
—Eso digo yo. ¿Qué hay de ese reto del que hablabas?
Su expresión volvió a tensarse.
—Me gustaría saber en qué consiste.
El «Ángel» asintió levemente.
—De acuerdo. Pero antes de empezar… necesito aclararte algo importante.
…continuará…

