Se trataba de un cuarto pequeño, de apenas seis metros cuadrados, una estancia casi olvidada en la que apenas entraba la luz a través de una ventana pequeña situada a unos dos metros de altura. Tampoco hacía falta mucha claridad: allí se guardaban los útiles de limpieza y algunos cacharros de cocina en desuso.
Aquella ventana, de unos ochenta centímetros de ancho por cincuenta de alto, tenía una particularidad: estaba protegida por unos barrotes de hierro que impedían cualquier acceso desde el exterior y contaba con dos hojas correderas para permitir la entrada de aire.
María observó el espacio con detenimiento.
El plan era sencillo. Primero, ataría uno de los extremos del cordón a uno de los barrotes; después, rodearía su cuello con el otro extremo; por último, tras asegurarse de que los nudos resistían, inclinaría su cuerpo hacia delante hasta que la presión hiciera su trabajo. Poco a poco, perdería la conciencia… y todo terminaría.
Así de simple.
Sin embargo, cuando lo imaginó allí, en ese mismo lugar, cuando comprobó que realmente podía hacerlo, algo se desestabilizó dentro de ella. Un temblor incontrolable se apoderó de sus manos. El corazón comenzó a latir con violencia, como tantas otras veces en sus crisis de angustia. Se llevó la mano a la frente y luego al pecho, notando el sudor frío que empezaba a cubrir su piel.
El miedo.
Un miedo que no encajaba con la decisión que había tomado.
¿Y si, en el fondo, no estaba completamente convencida?
Su cabeza era un hervidero. Aún tenía horas por delante antes de que Tony regresara, y no quería morir así, presa del pánico, de la prisa, de la confusión. Salió de la habitación casi sin pensarlo y se dirigió al salón. Abrió la ventana que daba acceso a la pequeña terraza. Necesitaba aire.
Ya en el exterior, inspiró profundamente varias veces, intentando recuperar el control. Después apoyó las manos en la barandilla y se inclinó ligeramente hacia delante. Miró hacia abajo, calculó la altura, y dejó que su atención se perdiera en la calle.
Los coches pasaban con normalidad. La vida seguía.
Una madre caminaba con su hijo pequeño, probablemente de camino a una guardería próxima. Dos jubilados conversaban en un banco, como cada mañana, después de su café con leche y su tostada con aceite y tomate. Un taxi se detuvo para recoger a un cliente. Incluso un perro sin dueño vagabundeaba por allí, olisqueando la base de un árbol.
Y entonces, de repente, algo se quebró dentro de ella.
«Pero… ¿qué me importa a mí todo esto? ¿Por qué tendría que interesarme lo que hagan o dejen de hacer esas personas? Seguro que no tienen mis problemas. Seguro que no viven con este peso encima».
Se pasó la mano por la cara, agotada.
«Ya sé lo que me pasa. Mi mente intenta distraerme, quiere sacarme de aquí, cortar este torbellino antes de que haga lo que he decidido hacer».
Apretó los labios.
«Estoy harta. Harta de que abusen de mí en el trabajo. Tantas horas para un sueldo miserable. Harta de llegar a casa y no tener a nadie. Nadie que me abrace, que me bese, nadie que me espere. Solo silencio».
Cerró los ojos un instante.
«Y Tony…».
La culpa apareció de inmediato.
«Me da pena, mucha. Pero no sé cómo llevarlo. No tengo fuerzas. No me hace caso y cada vez siento que se me escapa de las manos».
Su mente empezó a acelerarse.
«¿Y si se pierde? ¿Y si deja de estudiar? ¿Y si acaba en la calle, metido en algo que no entiendo? ¿Y si se engancha a las drogas? Está en la peor edad… y ya he visto cómo terminan esas historias».
Respiró hondo, aunque el aire no parecía suficiente.
«¿Y si quiere estudiar y no puedo pagárselo? ¿Y si tengo que decirle que no? Me odiaría… claro que me odiaría. Sin padre… en esta casa… con una madre rota…».
Sus ojos se humedecieron.
«¿Y yo? ¿Quién me sostiene a mí? ¿Quién se da cuenta de lo que aguanto?».
Un silencio pesado se instaló en su interior.
«Estoy agotada… y del futuro… mejor no hablar».
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando sin ver. Y, sin embargo, en medio de todo aquel caos, algo persistía: una extraña sensación de control. Podía hacerlo. Podía terminar con todo. Nadie se lo impediría. Quizá no había elegido muchas cosas en su vida, pero aquella decisión sí le pertenecía.
Se obligó a mirar el cielo. Gris, pesado, casi amenazante. Las nubes avanzaban empujadas por el viento y, a lo lejos, el mar adquiría un tono verdoso que anunciaba lluvia. Todo le resultaba desagradable, irritante, absurdo.
Sintió una oleada de rabia y, sin pensarlo, lanzó una patada contra la barandilla. El golpe resonó seco, pero no fue suficiente. La oscuridad volvió a envolverla.
«¿Y si me tiro desde aquí?», pensó.
Miró hacia abajo otra vez.
«Serían dos o tres segundos… rápido».
Dudó.
«No… no me veo capaz».
Una mueca amarga cruzó su rostro.
«¿Y si sale mal? ¿Y si no me mato? Sería ridículo…».
Negó con la cabeza, casi con desprecio.
«Y además… yo no soy de llamar la atención».
…continuará…

