Aquella misma tarde, tras la cena, la hermana Concepción acudió a la celda de la superiora. Parecía claro que, tras aquellos excepcionales sucesos, ambas mujeres deseaban intercambiar sus puntos de vista sobre el tema. Tras llamar a la puerta…
—Verónica, con tu permiso, creo que este es buen momento para charlar, ahora que se acaba este agitado día y que estamos más tranquilas tras el ajetreo de hoy.
—Pues sí, eso creo yo también. Anda, siéntate. Ha sido dificultoso explicarle al resto de hermanas que el padre Damián se halló repentinamente indispuesto y que por ello se marchó del convento sin atender las confesiones que le restaban. Tenemos tantas rutinas que, cuando una de estas se altera, nos preocupamos por la falta de orden.
—Sí, el franciscano se ha recuperado «milagrosamente», nunca mejor dicho. Una de las legas que vende pan al exterior, según parece, ha estado de conversación con un campesino a través del torno. La curiosidad y la ansiedad han podido con ella. Las noticias de la tragedia que se ha desatado en Sevilla a causa de la plaga son terribles. Y esas novedades ya se han extendido en nuestra villa. Debido a mis conocimientos, hay algunas hermanas que se han dirigido a mí para hacerme preguntas.
—Supongo que serán cuestiones relativas a la peste.
—Claro, cómo no. Algunas están preocupadas y otras, más temerosas aún. No saben si entre los muros existe el mismo peligro que ahí fuera, si estaremos protegidas por nuestra clausura o si al final, todas caeremos abatidas como moscas. Incluso ha habido una hermana que sabía que el sacerdote había regresado de Sevilla. Eso ha hecho saltar las alarmas por un posible contagio. En fin, llegan los malos tiempos que se asocian siempre a la propagación de una enfermedad tan grave y tan temida como esta. Verónica, en los próximos días los rumores entre nosotras crecerán y deberemos prepararnos para hacer frente a ese desafío. La falta de información constituye en sí misma una grave amenaza.
—Es normal, querida. Son monjas, como nosotras, pero también mujeres y algunas más jóvenes, por lo que no han alcanzado ese punto de madurez para aguantar el equilibrio en sus emociones y sus miedos. No les podemos pedir que se muestren tranquilas cuando conocen lo que está ocuriendo fuera. El horror estará en boca de todas. Menos mal que convenimos el gesto que tuvo el franciscano.
—Pues sí, acorde a su intención de despejar dudas, él atravesó los pasillos y a cualquier hermana con la que se cruzaba, la tranquilizaba mostrándole su cuello despejado y cómo su indisposición era asunto leve, nada que ver con los incapacitantes síntomas de la plaga. Me ha resultado gracioso cuando se ha encontrado con las dos novicias que le han abierto la puerta principal. Cuando observó sus caras de preocupación, tuvo la mejor respuesta: «Hermanas, calma, que sufrí un pequeño malestar durante la confesión con la madre, pero tras hablar con la hermana enfermera, resulta que no tengo nada. Miren mi aspecto, estoy perfectamente». El padre Damián dio un saltito, mostrando su alegría y al tiempo, desdramatizando la situación. Yo le acompañé también hasta la salida, como queriendo denotar normalidad y restar tensión al escenario.
—Muy bien hecho, Concepción. Me di cuenta de tu ocurrencia al instante. Actuaste con inteligencia. Seguro que el pensamiento de Beatriz de Silva te inspiró a ello.
—No lo sé, aunque tengo la sensación de que la influencia de la fundadora se extiende sobre todos los rincones de nuestro monasterio. Quiero creer que nos hallamos bajo su delicado manto protector.
—Dios quiera que ella te haya oído.
—En fin, Verónica. Hacía tiempo que te hallabas nerviosa, incluso luego de ser elegida como superiora del monasterio, tal y como te advirtió la madre Juana a quien Dios tenga en su gloria. Y mira ahora… ¿no pedías señales? Pues ya las tienes.
—Es verdad, Concepción. Mi falta de fe, a veces, es desesperante. Que Dios me haya perdonado. Dame un abrazo, que te lo mereces.
Tras unos segundos emocionados de compartir inquietudes entre las dos mujeres…
—Resulta curioso. Tanto esperar mereció la pena. Beatriz de Silva no se presentó cuando yo lo deseaba sino cuando la situación lo requería. ¡Menuda lección para mi orgullosa alma! Y ha llegado a nosotras a lo grande, como fue su vida, como su trayectoria más personal, un ejercicio portentoso de paciencia.
—Y, Verónica, ¿cómo fue que notaste su presencia?
—Es sencillo: sus señales fueron idénticas a las de nuestro primer encuentro. Cuando ella se acercó a mí esta mañana, de pronto la reconocí. Primero la vi atravesando la ventana de la sala donde nos hallábamos. Después, se aproximó a mí, tomó mis manos y ya no hizo falta nada más. De forma intuitiva, supe que tenía que imponer mis manos sobre las heridas del sacerdote para que sanase. No sabes el flujo de fuerza que sentí a lo largo de mi cuerpo. Jamás había notado algo parecido, tan especial. Su energía pasó a través de mí y yo, como su humilde servidora, la aprecié en mis dedos y los coloqué sobre esos bubones que había desarrollado el padre Damián en sus zonas íntimas. La verdad es que no tengo palabras para describir ese fenómeno con detalle. Lo que te he contado ha sido algo superficial, lo extraordinario es experimentarlo. Recuerdo que al terminar la operación me sentí exhausta, como si me fallaran las fuerzas; en ese crucial instante escuché la voz de la madre Beatriz en mi pensamiento y me dijo que me recuperaría en cuanto transcurriese un rato. Y así fue. Tú misma pudiste comprobarlo. Ese será nuestro secreto, Concepción.
—Dios mío, ahora lo comprendo todo. Yo contemplé esa potente luz y cómo se alzaba sobre ti. Debió ser impresionante.
…continuará…

