SOMBRAS DE DIOS (35) Todo para mi familia

—Me alegro mucho por tu decisión, Verónica —afirmó el médico esgrimiendo una ligera sonrisa de complicidad—. Tu familia siempre ha sido muy importante para ti. Seguro que tu madre estará orgullosa de su hija pequeña, aquella a la que educó con tanta dedicación y esmero.

—Dios mío, Alejandro, debo entender que tus dolores no te dejarán descansar, ni siquiera pensar con claridad. Qué diablos de tortura para tu debilitado cuerpo, doctor.

—Es lo que es, mi niña, algo que afecta al organismo y a mi alma, pero solo si yo lo permito. Ya ves, a lo largo de mi trayectoria me he encontrado con múltiples pacientes a los que trataba de aliviar de sus padecimientos. Y, sin embargo, cada uno tiene su propia hora. No obstante, y a pesar de la mala impresión que te doy, te contaré un pequeño secreto que quedará entre nosotros.

—Uy, espero que no te refieras a alguna confidencia de mi familia. Con la noticia de mi padre, creo que ya he tenido bastante por hoy.

—Ah, no. Tranquila. Mis conocimientos de medicina me han servido para mitigar el dolor con unos extractos de plantas procedentes de Oriente y que solo los galenos y las brujas saben manejar.

—Ah, entiendo. Lo que me resulta increíble es que, en medio de tus circunstancias, tengas tiempo y actitud hasta para gastar bromas. Tu sonrisa te delata, amigo. Puedes creerlo o no, pero esta conversación me está sirviendo de aprendizaje para el futuro. Tu capacidad para resignarte ante el sufrimiento está fuera de lo normal y refleja el mérito de quien lo soporta. Repaso en mi mente tu amplia historia como persona y como médico y ahora que te encuentras al final del camino, es como para sentirse satisfecho.

—Bueno, siempre queda margen para la mejora individual, pero no quiero hacer cábalas sobre ello en mi situación. Solo quería despedirme de ti en paz con mi espíritu. Verónica, te traje al mundo y no olvides que a tu hija también. Qué menos que venir a morir ante los ojos más misericordiosos que mi vista haya contemplado. ¿Sabes? Me hallo ante una gran mujer y esto es una impresión que extraigo, no del momento presente, sino de toda tu historia en este mundo. Pese a que tu viaje aún ha sido corto, preveo numerosas ocasiones para que demuestres ante Dios y los otros la realidad de ese tesoro que guardas dentro.

—Gracias por tus hermosas palabras. En mis condiciones, apenas me percibo como una humilde servidora de nuestro Señor y de la Virgen de la Inmaculada.

Verónica posó lentamente su mano derecha sobre los cabellos del médico intentando consolarle ante su grave estado de salud. Ella captó un movimiento brusco en el hombre, como si una sensación de padecimiento le hubiese hecho retorcer de dolor.

—Verónica, te voy a pedir un último favor.

—Lo que quieras, Alejandro.

—Colgado de mi collar, hay una cajita que contiene mis «remedios». Ábrela con cuidado y pon una de las bolitas que verás justo debajo de mi lengua. Así absorberé sus efectos calmantes de forma más rápida.

La monja cumplió con diligencia la indicación del galeno y este, pasados unos instantes, pareció desprenderse de las sacudidas al tiempo que se adormecía ligeramente.

—¿Sabes una cosa, mi niña? —preguntó el hombre en un tono más relajado.

—Eres un baúl lleno de sorpresas. Te escucho.

—En esta última etapa de mi vida estoy teniendo unos sueños muy vívidos, que yo interpreto como anticipatorios a la muerte. No soy tonto, ahora me encuentro más cerca del más allá que del más acá. Aun así, no me importa cumplir con los ciclos que el Todopoderoso ha establecido para con sus criaturas.

—Y… ¿puede conocerse la naturaleza de esos sueños?

—Son experiencias cuando menos curiosas y de las que puede desprenderse algún tipo de enseñanza. Por ejemplo, el otro día soñé con tu padre, mi querido señor don Diego de Nebrija que en paz descanse.

—¿De veras? ¿Y qué fue lo que aconteció?

—Yo caminaba a través de una llanura entre algunos árboles y de repente, miré al frente y le reconocí. Estaba vestido con uniforme de combate. Corrí hacia él para asegurarme y de pronto, escuché un sonido de disparos. Me di cuenta de que nos encontrábamos en mitad de un campo de batalla donde los tiros entre enemigos se intercambiaban de una parte a otra. Pese a la tensión que se vivía, yo no noté ninguna sensación de miedo. Lo único que me interesaba era hablar con el conde para preguntarle por cómo estaba.

—¿Y qué más ocurrió?

—Lo más extraño de la situación es que tu padre se hallaba como despistado. No sé, me dio la impresión de que no era consciente de la gravedad de la coyuntura. De vez en cuando se agachaba como tratando de esquivar alguno de los disparos. Entonces, al estar más cerca de él, le pregunté por lo que estaba haciendo, pero no me reconoció y solo decía en voz alta «¿dónde están mi caballo y mi espada?». Repetía esa expresión de manera obsesiva. Parecía que era lo único que le interesaba en aquel escenario de guerra.

—¿Hiciste algo con él, le dijiste que te siguiera para escapar de allí?

—No sabía ni lo que hacer. Después de todo, las escenas de los sueños están llenas de confusión. Continuó un buen rato con su actitud de pedir su caballo y su espada. Cuando al final escuchó mi llamada, me comentó que él solo pretendía ganar aquella batalla y que necesitaba seguir luchando. Ahí terminó todo o yo, al menos, no recuerdo más.

Se hizo un corto silencio en el que Verónica permaneció callada como tratando de interpretar aquella experiencia onírica del médico.

—Bueno, jovencita, ¿qué me dices? ¿Logras darle algún sentido a este interesante sueño?

…continuará…

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SOMBRAS DE DIOS (36) Un ángel recoge al médico

Dom Jun 8 , 2025
—Quién sabe, Alejandro. No estoy segura. Puede que diga una tontería, pero tal vez le viste al poco de morir y mi padre aún desconocía su verdadero estado. Todo es posible. —Sí, podría ser, aunque no descarto que sean estos extractos de plantas que tomo para el dolor los que […]

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