A la jornada siguiente, aún no habían terminado las sorpresas en el monasterio, que aguardaba compungido la despedida de su rectora. A eso de media tarde se escuchó en el exterior el sonido inconfundible de unas ruedas de carruaje deteniéndose, señal inequívoca de que alguien llegaba de visita.
Un hombre y una mujer, de unos cuarenta años, descendieron del transporte. Tras ellos bajaron cuatro seres más: el mayor en la plenitud de su juventud; los dos siguientes, rozando ya el final de la adolescencia; y, por último, una chiquilla a la que aún le faltaba un poco para iniciar la pubertad.
Poco después, el aldabón de la puerta principal comenzó a ser golpeado con inusitada fuerza.
La hermana Martina se quejó en voz alta, manifestando que quién era tan osado como para perturbar con tanto ruido aquel lugar de paz, justo cuando su abadesa se hallaba a las puertas de la muerte.
Cuando la hermana Martina Pina abrió la puerta para identificar al extraño, se encontró cara a cara con la mujer que aguardaba en el umbral. La monja, tras fijarse con detalle en el rostro de la desconocida, no pudo contener la emoción. Turbada por la impresión, se arrodilló sin pensarlo, y, llorosa, juntó las manos en actitud de oración.
Con la voz entrecortada, expresó:
—Mi señora, os presento mis respetos. No os he visto jamás… pero por la Virgen Inmaculada que sé quién sois. Dios es grande y seguro que os ha inspirado para venir aquí en el momento más adecuado. Por favor, tened la bondad de pasar a la sala de visitas junto a vuestros acompañantes y aguardad unos instantes.
—Gracias por vuestra gentileza, hermana —respondió la dama—, pero… ni siquiera os he dicho mi nombre.
—Creo que no hace falta, su merced. Es evidente. Tened paciencia, que yo me encargo —añadió la religiosa, inclinando la cabeza con cortesía.
Mientras los desconocidos permanecían sentados en la sala, a la espera de noticias, Martina corrió por los pasillos como una flecha y se dirigió hasta la celda donde reposaba la superiora. Al llegar, en medio de un alborozo imposible de contener, se agachó y le susurró al oído a Verónica:
—Madre, madre… perdonadme por irrumpir así. Vos, hace años, cambiasteis mi vida al perdonarme y me convertisteis en una mujer nueva. Por eso Dios me ha concedido hoy la oportunidad de mostraros mi agradecimiento. Sé que no os encontráis bien, pero Dios todo lo prevé y organiza. Por todos los santos… no deseo que os vayáis de esta tierra sin hablar antes con alguien muy importante que ha venido a veros. Os lo ruego. Si me dais permiso, y dado que os halláis imposibilitada para moveros, permitid que esa persona acuda aquí a saludaros.
Con una ligera sonrisa, Verónica asintió lentamente, otorgando su conformidad.
Tras tocar Martina la campana, el resto de monjas acudió al claustro ante aquella llamada inesperada. Ella les explicó, con la emoción desbordada, lo que sucedía. La curiosidad se convirtió en oleaje: fueron las veinte hermanas quienes, de forma excepcional, acompañaron a aquellos seis invitados hasta la celda de la priora.
Durante el recorrido por los pasillos, las muestras de asombro y los murmullos crecieron al contemplar a los extraños. La comunidad, guiada por una emoción intensa, se arremolinaba alrededor de los visitantes. Al observar el rostro de la señora, su porte, su elegante vestido y hasta su manera distinguida de caminar, muchas monjas se persignaban y daban gracias a Dios y a la Virgen por haber permitido aquella visita crucial en un momento tan delicado.
La mujer, por su parte, iba saludando con un leve gesto de cabeza a las distintas hermanas: respeto, sí, pero también gratitud.
Cuando la desconocida cruzó el umbral de la celda, se topó con la hermana Fátima, que, conmovida por la aparición, se arrodilló ante ella. Al instante exclamó:
—Pero… pero… ¡Virgen Santa! ¡No puede ser! Es la misma madre Verónica con veinte años menos… Dios mío… ¿qué está sucediendo aquí?
El ambiente que se creó resultó indescriptible.
No había espacio suficiente en aquella celda para contener a tanta gente, y algunas hermanas, muy a su pesar, tuvieron que permanecer fuera, aunque con el oído pegado a la escena.
La madre Verónica alzó ligeramente el rostro para comprobar la identidad de los visitantes y, de pronto, se vio a sí misma reflejada en un espejo imaginario, como si hubiese viajado veinte años atrás.
Muy impresionada, trató de incorporarse, pero la debilidad de su cuerpo se lo impidió. Su rostro se bañó en lágrimas y, aun así, halló fuerzas para hablar:
—Virgen de la Inmaculada… gracias de todo corazón. Ahora ya sé que ha llegado el momento y que estoy preparada para marcharme serena de esta casa. La paciencia tiene su recompensa… y he debido esperar hasta el último instante de mi existencia para contemplar a la hija que me arrebataron. Gracias infinitas, Padre celestial.
—Entonces es verdad lo que me habían dicho, madre —afirmó la mujer, segura, arrodillándose junto a la anciana y acariciándole la mano con toda la dulzura del mundo—. Al veros, nadie podría negar que soy vuestra hija… y que vos sois mi madre, la que me trajo al mundo en este mismo convento. Yo también doy gracias al cielo por haber permitido este encuentro.
Todas las hermanas, envueltas por el impacto, asintieron al unísono y permanecieron mudas ante el gran parecido físico entre la superiora y su hija. Eran como dos gotas de agua, cada una en su edad.
—Mi Beatriz… hija mía —susurró Verónica—. Si supieras cuánto te he echado de menos. Te arrancaron de mi pecho… ni siquiera me dejaron alimentarte con mi leche; pero cada instante de mi vida me he preguntado dónde estabas, qué hacías, si estabas viva, si eras feliz. Jamás he perdido ocasión de pensar en ti y de bendecirte.
—Yo también tenía tantas ganas de veros, madre… —respondió Beatriz, con la voz quebrada—, pero no quería alterar la serenidad de este convento de clausura. No hace mucho, vuestro hermano mayor, el conde de Valcárcel… mi tío… me avisó de que estabais delicada de salud. Y me juré a mí misma que no podía demorar por más tiempo esta visita.
Hizo una pausa, como si le faltara el aire, y sus ojos se humedecieron.
—Dios mío… cuando pienso que yo nací entre estas paredes… no puedo evitar llorar de alegría. Por fin me he reencontrado con mis orígenes. No puedo creerlo. Han pasado más de cuarenta años… y, sin embargo, aquí estoy. Es toda la verdad.
…continuará…

