SOMBRAS DE DIOS (89) ¿Hechizada o bendecida?

—Guardia, id a cocina y que corten unas cebollas; traédmelas enseguida —ordenó con nitidez fray Bernardo.

—Sí, mi señor

El dominico, sombrío, siguió rumiando sus pensamientos. En su terquedad no cabía dar por buena la versión que acababa de oír de labios de la monja. Se dejó caer en una silla tosca, con las patas cojas, y bebió un sorbo de agua del jarro. La luz temblona de los cirios arrancaba brillos sucios a los hierros alineados en la pared; el hedor a humedad y a cuero viejo espesaba el aire.

El silencio lo quebró la voz aún trémula de Concepción que, pese al suplicio, conservaba una entereza inesperada.

—Mi señor fiscal… habéis de creerme —se atrevió—. Es imposible que el Maligno entrase en nuestro convento para hacer el bien. ¿Cómo podría explicarse tal disparate? Esa criatura solo se complace en el daño, no en salvar vidas. Lo que yo sentí aquella noche fue que la madre fundadora, por intercesión de la madre Verónica, rescató al padre Damián y a la novicia de las garras de la peste.

—Ya. Y decís que aquellos síntomas eran verdaderamente de la plaga. ¿Estáis tan segura? —replicó el inquisidor con la ceja alzada.

—Lo afirmo y lo confirmo —dijo Concepción, cerrando los ojos como quien fija una verdad en el alma—. Mi padre fue médico largos años; de niña me llevaba con él, y yo observaba su modo de examinar, de diagnosticar, de obrar. No lo he olvidado. Gracias a sus enseñanzas sé distinguir una enfermedad de otra. Seguid la lógica: el padre Damián regresó de Sevilla con el contagio prendido en el cuerpo. Entró en el monasterio, saludó a su prima, la novicia, y conversó con ella. Por eso Consolación se vio también afectada. Después —y gracias a Dios y a la Santísima Virgen— la luz venció a las tinieblas y la peste, espantada ante esa claridad, huyó de nuestra casa sin dejar rastro.

—¡Qué hermosa historia! —musitó Bernardo con un sarcasmo medido—. Me juego el hábito a que, entre los cuatro —la madre, el confesor, la novicia y vos—, concertasteis las palabras para que no hubiese contradicción. Así todo encaja, y el Santo Oficio nada sospecha. ¿Lo veis? A mí también me cuadran los argumentos… —soltó una risilla seca—. ¿No es cierto?

—Con el debido respeto, mi señor fiscal, erráis el tiro.

—Entonces deberéis explicarlo mejor… o tragaros esas palabras tan atrevidas.

—No hubo acuerdo alguno. Si el franciscano y la novicia os han dado otra versión, fue porque lo vivieron de otro modo. Solo la madre y yo sabemos lo que realmente pasó.

—Sí, sí… —negó Bernardo con la cabeza—, pero existe otra posibilidad. Yo me he enfrentado a causas muy enrevesadas. Mi experiencia me dice que ni vuestra superiora ni vos alcanzáis a entender cómo obra el diablo. Nuestra misión no es tanto castigar como salvar almas… incluso la vuestra, aunque eso os sorprenda.

Llamaron entonces con suavidad a la puerta de aquel antro de penumbra y lamentos. Una joven lega, con el rostro serio, pidió permiso para entrar. Comprendió de un vistazo la escena; se acercó a Concepción, tomó con delicadeza su pie izquierdo maltrecho y, con manos diligentes, aplicó sobre la carne amoratada unos trozos de cebolla fresca. El aroma áspero llenó la estancia. Al poco, la monja sintió un alivio leve pero nítido, bastante para hilar de nuevo el pensamiento.

—Mi señor… no dudo de las intenciones de la Inquisición ni de las vuestras —prosiguió—, pero me pregunto cómo se rescata el alma de quien no tiene conciencia de haber pecado.

—¿Eh? ¿Qué queréis decir? —saltó el fraile, visiblemente molesto.

—Os lo juro por la Virgen: la madre Verónica y yo solo quisimos socorrer al confesor y a la novicia. Nada más. La caridad guiaba nuestros corazones, como enseñó Nuestro Señor Jesucristo al hablarnos del amor al prójimo. ¿Qué veneno habría en esa intención? Además, si la madre no hubiese obrado con prontitud, la enfermedad se habría extendido por la abadía y muchas de nosotras habríamos caído.

—Es posible —concedió él, adusto.

—Y nadie nos habría auxiliado. Aún las autoridades nos habrían cerrado las puertas por miedo al contagio. ¿Lo veis? Por eso creo que fue una bendición que la Santísima Virgen, por mano de nuestra fundadora, otorgase ese don a Verónica de Nebrija. Siempre que el mal se extingue, es la voluntad de Dios quien obra y se hace presente. No puede caber duda.

—Habláis con una seguridad pasmosa —dijo fray Bernardo, clavando los ojos en los de ella, húmedos y firmes—. No me creo nada. Antes bien, me parece que vuestras palabras manan bajo la influencia torcida del Enemigo. A mí, inquisidor, no me arrastrará su embuste, porque sé apartarme de su influjo. Mi conclusión es clara: el diablo os ha tentado a las dos, a esa presuntuosa que pretende ejercer de condesa en su convento y a vos y, con conciencia o sin ella, gobierna vuestras mentes. Habéis mordido su anzuelo maligno. Y os diré más: ni siquiera os desmayasteis cuando se quebró vuestro pie… —torció el gesto—. Eso me hace desconfiar. El diablo siempre explora el terreno antes de tomar posesión y observa el corazón frágil de sus víctimas. Su objeto es perturbar y dividir, falsear testimonios para que no sospechemos de su oscura mano. Por eso, insisto: la abadesa y vos sois ahora sus siervas, sus esclavas del mal, mas por muy taimado que sea, no podrá conmigo. Sé cómo desenmascarar su maldita actuación. Y aún así, ¿todavía pensáis que estáis bendecidas por el poder de los santos? Por Dios todopoderoso, ¿no veis que estáis hechizada, entregada a la voluntad perversa de Satanás?

—Pero… ¡Virgen Santa! ¿Qué estáis afirmando? ¿Os escucháis, fray Bernardo? —balbuceó Concepción, pálida, con el ánimo otra vez golpeado por aquel discurso implacable.

…continuará…

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Sáb Dic 13 , 2025
—Callad de una vez, desdichada; el Maligno se ha aposentado en vuestro cuerpo y, lo que es peor, gobierna vuestro pensamiento —tronó el fiscal con voz acerada, mientras una sonrisa torcida le ensombrecía el rostro—. Él os ha inflamado de soberbia y os ha hecho creeros por encima de vuestras […]

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