SOMBRAS DE DIOS (36) Un ángel recoge al médico

—Quién sabe, Alejandro. No estoy segura. Puede que diga una tontería, pero tal vez le viste al poco de morir y mi padre aún desconocía su verdadero estado. Todo es posible.

—Sí, podría ser, aunque no descarto que sean estos extractos de plantas que tomo para el dolor los que me causen semejantes visiones nocturnas. Estas cosas, como otras tantas, solo las distinguiré con claridad cuando me encuentre en el otro plano.

—Venga, amigo, no seas tan pesimista. Quién sabe si tu momento de la despedida aún no ha llegado.

El hombre se sonrió ligeramente, como restándole credibilidad a las palabras de la joven monja.

—No me gustaría marcharme de esta tierra con compromisos pendientes. Te lo digo por si aún me guardas rencor por haberte arrebatado a tu hija Beatriz. Para mí es muy importante conocer tu opinión.

—En absoluto. Cálmate, mi corazón es incapaz de albergar ni una pizca de resentimiento contra ti. Fue mi padre el que te obligó a ello y sé desde mi interior que te viste obligado a hacer eso en contra de tu voluntad. Debió ser muy duro para tu conciencia, pero ahora está olvidado. Han transcurrido cinco años de eso y sé que ella estará bien cuidada por su abuela Catalina.

—Qué gran consuelo para mi espíritu. Gracias, sé que expresas la verdad. ¡Espera, Verónica! ¡Aclárame algo, por favor! —exclamó con fuerza el médico sorprendiendo a la hermana por la intensidad de su voz—. Te vas a sorprender, pero es… como si me estuvieran llamando.

—¿Cómo dices?

—Lo que oyes, querida. He oído mi nombre en la oreja varias veces. ¿Me estaré volviendo loco o serán las alucinaciones de un moribundo que anticipa su final? Dime, ¿tú has notado algo?

—Yo no he percibido nada, pero creo que, ahora mismo, yo no estoy tan receptiva como tú a los sonidos del cielo.

—Bueno, será eso. Mi niña, si yo te solicitase un último favor ¿tú me lo concederías?

—Por supuesto, mi buen doctor. ¿Cómo podría yo negarte algo?

—Entonces, llama a esa monja tan buena que es tu amiga. Soy incapaz de recordar su nombre.

—Ah, estás hablando de la hermana Concepción, nuestra enfermera.

—Sí, eso es. Me gustaría verla antes de partir.

—Lo entiendo. Voy a salir y le pediré permiso a la madre. Te mereces irte como Dios manda. Has acumulado méritos más que suficientes.

Un rato después, la abadesa autorizó la presencia en la sala de visitas de la otra monja, a fin de decirle adiós a Alejandro Mendoza. Mientras que el galeno permanecía como adormecido, la enfermera penetró en la habitación seguida de Verónica. Tras observarle, cogió una silla y se sentó a su lado agarrándole de la mano.

—Descansad, mi señor —dijo Concepción concentrándose con los ojos cerrados—. Este final es solo el principio de todo, de algo grande que está a punto de iniciarse. Que Dios os bendiga.

Cuando la vitalidad del doctor parecía extinguirse como la llama de una vela que se apaga, este abrió sus ojos con lentitud y le sonrió a la enfermera.

—¿Dónde está mi niña? Decidle que venga, hermana.

Verónica, que estaba a los pies del enfermo, se aproximó a la cabeza de Alejandro y le agarró la otra mano.

—Mi niña, ¿cómo se llama tu amiga?

—Se llama Concepción y ha venido a verte y a ayudarte. Es la mejor de nosotras atendiendo al prójimo y también posee conocimientos de medicina, como tú.

Alejandro, muy tranquilo, giró su cabeza hacia el otro lado hasta enfocar su vista sobre el rostro de la otra monja.

—Concepción, tu belleza no está en tu hábito sino en lo que escondes en tu interior. Yo lo veo, os lo juro. Vos sois un ángel y como tal, cuidad de mi niña, apoyadla siempre y dadle ánimo. Dios os bendice a las dos.

—Así lo haré, señor. Cúmplase vuestra voluntad.

En pocos instantes, Alejandro Mendoza cerró sus ojos para siempre y en unos minutos, su corazón dejó de latir.

—Verónica, ¿por qué lloras? —preguntó Concepción mientras que situaba su mano derecha sobre el hombro de su amiga—. Tu querido médico, ese que te extrajo del vientre de tu madre, se ha ido, pero te aseguro que he escuchado una dulce melodía mientras que su alma salía con júbilo de su cuerpo. Creo que en cielo se hallan contentos por recibirle. Dios mío, si hubiese más hombres como él en la tierra…

—¡Ay, Concepción! —expresó con ternura Verónica mientras que enjugaba sus lágrimas de emoción—. Si todos fueran como tú y como mi buen Alejandro, ¿qué necesidad habría de vivir aquí, en este mundo, en medio de tanto sufrimiento y pesar?

—Ese dolor que mencionas es nuestra palanca para hacer el bien, para demostrar nuestro compromiso con las enseñanzas de nuestro Señor, aquel que dio su vida para mostrarnos el verdadero camino de salvación.

—Cuánta razón tienes, hermana. En verdad, solo le he pedido a mi madre que le saludase, porque fueron muchos años que él estuvo con nosotros, con mi familia, cuidando de nuestra salud. Eso es impagable; Dios se lo tendrá en cuenta. Que vaya en paz y con la conciencia tranquila.

…continuará…

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