SOMBRAS DE DIOS (51) Es necesario actuar cuanto antes

—Lo siento, lo siento mucho, madre —contestó de repente la novicia agachando su cabeza—. Y os pido disculpas a vos también, hermana Concepción. Me he dejado arrastrar por el pánico y si me hubieseis dado un tortazo con la mano abierta, también habría sido un justo castigo por mi estúpida actitud.

—Entonces, tranquilizaos, Consolación, os lo ruego —afirmo la enfermera—. Es el momento de tener la mente fría. Ahora que habéis recuperado el control voy a efectuar el reconocimiento de vuestro cuerpo.

—Sí, hermana. Cuando queráis…

—Si pretendéis salvaros, debéis seguir mis instrucciones. ¿Estáis de acuerdo?

—Por supuesto. Confío en vos.

—Levantad los brazos, Consolación. Tengo que revisar vuestras axilas. Madre, por favor, ¿podéis acercarme aquella vela?

A continuación, la monja enfermera examinó con cuidado las tres partes de la joven donde podían haberse desarrollado los bubones típicos que marcaban la aparición de la terrible plaga en las personas.

—Madre, si os fijáis con atención, no hay nada raro en las ingles de la novicia ni tampoco en sus axilas, pero se observa cómo en el cuello surgen pequeños bultos que pudieran avisar de posibles inflamaciones en esas zonas. Os seré sincera, su merced: si no hacemos nada, es posible que mañana mismo Consolación haya desarrollado esos mismos bultos en los espacios que ya conocemos. Esa es mi impresión.

—Entonces, madre… ¿debo prepararme para lo peor? —expresó la novicia con lágrimas asomando por sus ojos.

—Y yo insisto, muchacha. Aquí nadie va a morir, salvo de vejez. Y de eso, vos no tenéis. Estad segura de ello y creed con toda la fe del mundo. Dios no permitirá que ninguna de las hermanas se vea afectada por un brote de la maldita peste. Y la Virgen Inmaculada no dejará que la vida en este convento se interrumpa por esa enfermedad. Ahora, miradme directamente a los ojos, que os daré una orden: dejad de obsesionaros con la muerte y confiad. ¿Me habéis entendido?

—Sí, madre —afirmó con rapidez la novicia, entregada a la intensa mirada que Verónica le estaba dirigiendo.

—¡Más alto, jovencita! No os he oído bien. Aún no es vuestra hora, sobreviviréis.

—Sí, madre. Confío en Dios y en vos —asintió la chica elevando el tono de su voz, como si estuviese bajo los efectos de la sugestión.

—Así me gusta —confirmó la superiora—. Ahora comenzad a recitar en voz baja el «Ave María» más intenso de vuestra corta existencia. Y concentraos en la imagen de nuestra fundadora, tal y como aparece en la entrada de nuestro monasterio. La hermana Concepción y yo vamos a hablar durante unos instantes. Permaneced aquí y no os mováis.

Las dos monjas se retiraron a una pequeña distancia para conversar y así tomar una decisión acerca de cómo actuar en aquella delicada situación. Mientras tanto, Consolación sufrió un acceso de tos persistente, lo que aumentó la presión sobre las dos mujeres para hacer algo cuanto antes.

—Estoy pensando con celeridad, Verónica —discurrió la enfermera mientas que se apretaba la frente con los dedos de sus manos—. Aquí ha debido entrar alguien al convento que ya traía la enfermedad consigo y que se la ha transmitido a esta muchacha.

—Pues claro, ya lo tengo. Debió ser el padre Damián ayer, pero no cuando salió, que ya estaba curado, sino cuando penetró en el monasterio. Vamos a saberlo de inmediato. Ven.

Mientras que Verónica y Concepción se aproximaban a la novicia…

—Veamos, Consolación. ¿Visteis ayer por casualidad al padre confesor cuando llegó aquí?

—Sí, su reverencia. Fui yo quien le abrió la puerta para que entrase cuando vino por la mañana.

—Bien. ¿Y recordáis si estuvisteis cerca de él o tuvisteis algún contacto a través de la ropa?

—Pues, ahora que lo mencionáis, madre, recuerdo que, al verle, le invité a pasar y me incliné para besarle la mano. Como él es mi primo segundo por parte de madre, me preguntó por mi familia y por cómo estaban. Es que yo ingresé aquí hace solo unos meses y me acuerdo mucho de ellos. Mis padres se sienten muy orgullosos de él, de que venga aquí a darnos la santa misa y a confesarnos.

—¿Y qué más ocurrió?

—Nada más, madre. Le acompañé por el pasillo hasta dejarle en la capilla porque me dijo que tenía cita con su merced.

—Gracias por la información. Por favor, continuad con la oración a nuestra Santa Virgen. Aguardad unos instantes.

De nuevo, las dos monjas se retiraron a prudencial distancia para continuar con su conversación.

—Está más que claro, Concepción. Ya sabemos dónde se sitúa el origen de los síntomas de la muchacha. Por ahí penetró la peste en el convento. Sin embargo y que yo sepa, aparte de ti, de mí y de la novicia, nosotras fuimos las únicas personas que tuvimos contacto físico con él.

—En efecto, Verónica. Estás en lo cierto. Te diré mi opinión con el corazón en la mano: es necesario actuar con ella antes de que empeore y de que desarrolle la enfermedad. Ha empezado a sentirse mal esta misma noche y luego ha ido a verte a la celda, es decir, no ha estado en contacto con ninguna otra hermana. Y si no intervenimos, el diagnóstico está claro: morirá en horas o quizá en una semana, envuelta en una terrible agonía. La letalidad de la plaga está más que demostrada, madre. No podemos demorar la ayuda. Hay que actuar o nos arrepentiremos por el resto de nuestros días.

—Tienes toda la razón, Concepción. Es urgente hacer algo cuanto antes. ¡Dios mío, asístenos! ¡Virgen Santa, danos fuerzas!

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (52) Beatriz de Silva en acción

Dom Ago 3 , 2025
—Entonces, Verónica, ¿te atreves a hacerlo? Estoy contigo y te acompañaré hasta la muerte si hace falta —dijo la enfermera emocionada mientras que se persignaba tres veces. —Eres mi sostén, hermana. Gracias. No podemos decaer en estos momentos de zozobra. La fe implica creer sin límites. Para Dios no hay […]

Puede que te guste