SOMBRAS DE DIOS (29) Promesa de vida

Las dos mujeres jóvenes se miraron y tras unos segundos expectantes, asintieron con sus cabezas y expresaron en voz alta:

—Lo juramos, madre. Sea Beatriz de Silva testigo de nuestra promesa.

Al día siguiente, Verónica fue convocada por la abadesa a su despacho. Existía una cuestión importante en el ambiente, aún pendiente de resolución.

—Pasa, hija mía. Acomódate. A pesar de todo lo que hemos hablado y experimentado durante las últimas jornadas, aún me resta por saber un dato esencial sobre ti.

—Pues su merced dirá. Contad conmigo para lo que sea.

—Enlazando con ese emotivo y notorio discurso que te ha legado la madre fundadora, hemos alcanzado el punto de aclarar las cosas para definir tus metas. Líbreme Dios de agobiarte o de meterte prisas, pero te dejé toda la tarde de ayer para que reflexionases, si acaso no lo has hecho ya. En otras palabras: quisiera saber si has meditado sobre el desafío que se te planteó ayer. Has parido a tu hija y ya no tienes esa barriga prominente que fue tu seña más identificativa de tu estancia en el monasterio y el motivo por el que tu padre te trajo hasta aquí. Digamos que tu situación se ha «normalizado». Has vuelto a tu anterior coyuntura y sigues soltera y sin compromiso. La causa por la que el conde te ingresó ha desaparecido. Ahora ha llegado el tiempo de que adoptes una decisión definitiva sobre la actitud que vas a mantener. Creo que me estás entendiendo a la perfección.

—Desde luego, madre.

—En ese sentido, la que te habla ha de conocer tus intenciones. Por eso me pregunto si vas a permanecer entre estos muros o si, por el contrario, vas a retornar a tu antiguo hogar, a continuar tu vida en el palacio de tu progenitor. Ayer me revelaste una bellísima historia, pero yo tengo una grave responsabilidad no solo contigo, sino con el resto de miembros de esta comunidad. Como te adelanté al poco de ingresar, porque ese era el plan acordado con don Diego, posees total libertad para tomar tu propia decisión. Es cierto que no viniste aquí por propia voluntad y, sin embargo, en las actuales circunstancias, serás tú la que adoptes la resolución adecuada. Tuya es la responsabilidad, Verónica. Te escucho.

—Su merced, no sé si esta conversación trata sobre mi fe o sobre si estoy convencida de todo cuanto os relaté ayer. Es cierto, vuestra responsabilidad es grande, y por ello deseáis el mejor gobierno para esta comunidad de mujeres bajo vuestra dirección. Veo completamente normal que queráis saber el sentido de mi decisión. Ante este enorme reto y ante vuestra presencia, solo puedo ratificarme en el compromiso que os mostré ayer tras mi encuentro con mi madre y con la excelsa fundadora. Por eso os digo: mantengo mi postura con pleno conocimiento de causa. Creedme: lo he pensado bien y no cabe en mí ni la más mínima duda. Entonces, si su merced lo que pretende es conocer mi voluntad, yo se la manifiesto abiertamente. Madre Juana, quiero quedarme aquí, en este convento, bajo su mando y conviviendo con el resto de hermanas. Y si sois tan amable y me lo permitís, me gustaría que me facilitaseis la escritura de una carta que yo enviaría a mi padre, el conde de Valcárcel, donde le reflejaría por escrito mi intención de permanecer bajo vuestra tutela y junto a mis compañeras, las otras monjas.

—Caramba, jovencita —estableció la superiora un tanto emocionada—, hacía mucho tiempo que no observaba tanta seguridad y determinación a la hora de declarar un propósito. Qué argumentación tan diáfana. Entonces, Verónica, hija de don Diego de Nebrija y de doña Catalina de Guzmán, perteneciente a la casa de los Valcárcel ¿estás realmente segura de lo que manifiestas?

—Sí, madre. Así lo declaro. Mi visión, tras el abandono de mi niña, no resultó una alucinación ni una trampa de mi mente. Mi convicción es que lo sucedido fue tan real como esta charla que estamos teniendo. Me debo al compromiso que realicé cuando estuve a punto de dejar esta dimensión. Es probable que yo estuviera luchando contra la muerte, pero me hallaba despierta a la verdadera existencia, que una vez contemplada, es la espiritual.

—De acuerdo, muchacha —afirmó Juana impresionada por el tono convincente de las palabras pronunciadas por la joven—. No puedo sino alegrarme por tu importante decisión. Desde luego que necesitaré que escribas ese documento que le enviaremos cuanto antes al señor conde. De este modo, él estará tranquilo y sabrá que te quedas aquí por tu propia voluntad, libre de coacciones o de imposición alguna.

—Sí, madre. Hoy mismo me pondré a escribir la carta.

—De acuerdo. Pues entonces —dijo la superiora levantándose de su silla— bienvenida seas como miembro de pleno derecho a esta digna comunidad de la Inmaculada Concepción.

Mientras que le daba un intenso abrazo a la chica…

—Llevas aquí un período de casi un año durante el que has trabajado como una hermana más. Creo que has asimilado con toda normalidad los conceptos fundamentales de nuestra regla, así como nuestra forma de vida. No te voy a hacer pasar por todo el período de formación que cualquier novicia de nuevo ingreso precisaría para adaptarse a la vida religiosa. Sin embargo, hablaré con la hermana Consuelo, a fin de que adapte tu período de enseñanza a tus circunstancias personales y actuales. No existen ni deben existir los privilegios entre nosotras. Eso envenenaría la normal y adecuada convivencia entre las hermanas que es fundamental para la Orden. Tras tu etapa de estudios y tus prácticas, prestarás tus correspondientes votos de pobreza, castidad y obediencia. Tú misma, con tu promesa, has decidido formar parte de esta familia de monjas. Que Dios, su hijo Jesucristo y la Virgen Inmaculada te iluminen siempre en tu camino.

…continuará…

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Sáb May 17 , 2025
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