SOMBRAS DE DIOS (45) Prudencia al límite

—Cuando hablaba antes de ejercer la prudencia, bien sé a lo que me refería. No deseo martirizarlas, pero hermanas, yo he vivido cosas muy negativas en otro convento cuyo nombre, por una cuestión de respeto, no voy a mencionar. He visto cómo, por unas simples llagas en las palmas de las manos de una monja, la madre superiora se ponía en contacto con el obispo y este, alarmado, avisaba al Santo Oficio con las consecuencias por todos conocidas. Es muy fácil hablar de las señales de Dios, mas también en sentido contrario. Y a la más mínima sospecha, donde se mezclan los intereses personales con el egoísmo y el orgullo, se coloca al diablo en medio de una coyuntura. Esta monja a la que me refería no acabó en la hoguera de milagro y eso que tuvo que soportar tormento y otras torturas sobre su debilitado cuerpo. No perdió la vida porque Dios no quiso y también porque su familia goza de algunos privilegios sociales en Castilla. Y, sin embargo, no fue nada fácil retirar las acusaciones sobre su persona a pesar de las influencias. Con sinceridad, desconozco si esas heridas eran de carácter sobrenatural o si se las hacía ella misma para ganar notoriedad o prestigio entre los muros de aquel monasterio. En cualquier caso y considerando todo lo que esa pobre hermana tuvo que pasar, creo que no le mereció la pena. Además, murió al año siguiente de todo aquello, consumida por la soledad de la celda y apartada de cualquier contacto con el resto de la comunidad o de su familia.

—Disculpad, padre, porque mientras os oía un escalofrío gélido me ha recorrido la espalda, pero… ¿adónde queréis llegar con esta siniestra historia? —interpeló con inquietud la enfermera.

—Solo hablaba de prudencia. Por no alargar la discusión, les expondré mi criterio, aunque luego sean completamente libres de comportarse de una u otra manera.

—Creo que sé a lo que os referís, su reverencia —añadió Verónica arqueando sus cejas.

—Exacto. Este hecho o milagro o como queráis denominarlo y que acaba de suceder entre estas paredes no debe salir de aquí. Es más, cuanto menos se sepa, mejor. Somos tres los testigos y esa cantidad no debería aumentar. Que el gozo interior por lo acontecido viva en nuestros corazones y sueñe en nuestras almas, pero nada más. Demos gracias a Dios, a la Virgen y a vuestra fundadora por esa gracia que nos va a permitir vivir. Ya sé que en cuanto me vaya lo más fácil para sus mercedes sería compartir esta experiencia milagrosa con el resto de hermanas, pero les prevengo de los efectos de semejante acción. Más temprano que tarde, el pueblo entero sabría que en este convento se producen curaciones milagrosas. Siento ser duro en mi planteamiento, pero… ¿se dan cuenta de la dimensión del escándalo?

—Yo, sí, padre. Y vos, ¿hermana Concepción? Venga, hablad y dejad atrás esa cara de extrañeza. Nos conocemos desde hace años y sois mi principal apoyo y colaboradora en esta comunidad. ¿Qué pensáis acerca de la reflexión del padre Damián?

—Mi señora, sé perfectamente lo que ha ocurrido apenas hace un rato porque he sido testigo directo de ese fenómeno. Mis ojos lo han contemplado y mis oídos han escuchado lo que se ha dicho. Por supuesto que me encantaría darles esa buena nueva a todas mis hermanas, saber que contamos con la inestimable ayuda divina y de nuestra fundadora para seguir subsistiendo, pero admito lo que su reverencia afirma. Hay que establecer la conveniencia o no de una acción por sus consecuencias, para así no actuar a lo loco, como alguien que no se para a pensar sobre lo que puede ocurrir. Y lo que ha pasado aquí es muy serio y por eso mismo, hemos de ser muy sensatas.

—Así es, Concepción —afirmó la superiora con seguridad—. Se trata de un buen método con el que concuerdo. Hay que actuar o no en función de lo que se derive de ello. En mi opinión, no debemos ser foco de atención ni de nada ni de nadie, salvo de nuestro Señor. Vivimos en una población y aunque seamos de clausura, se quiera o no, nos relacionamos con otros seres humanos. Al final, una noticia de este tipo no puede mantenerse escondida eternamente, ni siquiera entre los gruesos muros de esta construcción. No obstante, si somos firmes y solo nosotros somos los poseedores de lo acontecido, no correremos peligro. Mi último deseo, como responsable de todas las hermanas, sería que se abriera un expediente de investigación sobre lo que acabamos de presenciar. No lo quiero ni imaginar. Nosotras rezamos, meditamos, nos apoyamos las unas a las otras y veneramos a nuestra señora, María Inmaculada. Incluso elaboramos pan y tortas, recogemos nuestra fruta y cultivamos hortalizas. Es bueno que sea así. Nuestra vida es humilde, no necesita de fama ni de reclamos, solo de discreción y de mucho silencio y amor. Con la mano en el corazón, no quiero por aquí husmeando a gobernadores, inquisidores o a otras autoridades. No deseo romper la paz ni la serenidad que inundan esta abadía. Hay que dar gracias a Dios por lo ocurrido en el templo de nuestro corazón y por la fortaleza de nuestra fe, nada más. En definitiva, la difusión de lo sucedido hoy nos perjudicaría más de lo que nos beneficiaría. Perdonen por lo que van a oír: sabemos que la Iglesia, al igual que otras instituciones, está regida por hombres y mujeres, no por santos. Mientras que la santidad no se extienda entre sus miembros y conociendo la naturaleza débil del ser humano, mejor será que permanezcamos en silencio. Como afirmaba el padre Damián, alguien que sea retorcido podría atribuir este milagro a las garras del diablo que ha penetrado en nuestra casa y se ha apoderado de la voluntad de unas pobres monjas. Está claro: no corramos riesgos. Yo sería la primera en compartir esta maravillosa noticia para alegría de nuestro grupo de mujeres, pero la más elemental cautela me mantendrá callada. Os invito a aplicar mi exhortación por el bien de todos. Si la peste se ha abatido sobre la comarca, regocijémonos por estar protegidos. Que Dios nos ilumine.

—Magnífico, madre —corroboró el franciscano—. La verdad es que hacía tiempo que no observaba a nadie hablar con tanta sabiduría. No sabéis cuánto me alegro. Por algo fuisteis elegida como abadesa siendo tan joven. Desde luego que la madre Juana estuvo muy inspirada al depositar su confianza en vos. Bueno, queridas hermanas ¿está decidido, pues?

—Por mí, sí. Estoy completamente de acuerdo con las palabras de la madre —respondió Concepción.

—Pues que así sea. Que el júbilo de la fe habite en nuestras almas —comentó Verónica.

—Muy bien, hermanas —confirmó el fraile sonriente mientras juntaba sus manos—. Entonces, oremos para dar gracias a Dios.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (46) El secreto de las monjas

Sáb Jul 12 , 2025
Aquella misma tarde, tras la cena, la hermana Concepción acudió a la celda de la superiora. Parecía claro que, tras aquellos excepcionales sucesos, ambas mujeres deseaban intercambiar sus puntos de vista sobre el tema. Tras llamar a la puerta… —Verónica, con tu permiso, creo que este es buen momento para […]

Puede que te guste