SOMBRAS DE DIOS (52) Beatriz de Silva en acción

—Entonces, Verónica, ¿te atreves a hacerlo? Estoy contigo y te acompañaré hasta la muerte si hace falta —dijo la enfermera emocionada mientras que se persignaba tres veces.

—Eres mi sostén, hermana. Gracias. No podemos decaer en estos momentos de zozobra. La fe implica creer sin límites. Para Dios no hay nada imposible, tampoco para nuestra Señora ni para su enviada, la madre Beatriz. Venga, ven conmigo. Yo le impondré las manos por todo su cuerpo y que sea lo que el Señor quiera.

—Estamos locas, Verónica —comentó con una sonrisa nerviosa la enfermera—; que viva esta bendita locura si es el instrumento de Dios para curar a las almas que lo necesitan.

—Pues que así sea, Concepción. Hemos de creer hasta el fin.

Entre las lágrimas y la esperanza, las dos amigas se abrazaron, como si se enfrentasen al desafío más importante de sus vidas. A continuación, ambas se acercaron a la novicia enferma…

—Ven, Consolación. Túmbate en la camilla y cierra tus ojos. Será la mejor forma de ayudarte —indicó Concepción mientras que sujetaba a la joven con su mano.

—¿Qué vais a hacer conmigo? —preguntó la novicia medio mareada—. Cada vez me siento peor, madre. La tos persiste, me está matando. Sí, me voy a tumbar porque si sigo en pie, creo que me desmayaré. No puedo más…

—Es cierto, Consolación. Será bueno para ti. Confía en Dios Todopoderoso.

Antes de imponerle las manos, Verónica cerró sus ojos y concentrándose, se abandonó a las alturas. Justo en ese momento, arrebatada por una fuerza invisible, la vista de su alma pudo contemplar la silueta majestuosa y brillante de una bella mujer con un hábito blanco y un manto azul. Una estrella amarilla, de aspecto áureo, resplandecía sobre su frente.

—Está aquí, Concepción. Ella está aquí —acertó a pronunciar conmovida y en voz baja Verónica.

—¿Nuestra amada y benefactora madre Beatriz?

—Es ella, sin duda; tiene el mismo rostro que la mujer del cuadro de la entrada. Que Dios la bendiga.

De pronto, la voz de la superiora se escuchó de un modo diferente al habitual, en medio de las tinieblas de la media noche, solo aliviadas por la luz tenue de las velas encendidas. Fue así como se oyó…

—«Señor, mi Dios. Te pedí ayuda y me sanaste. Tú, Señor, me sacaste del sepulcro y me hiciste revivir de entre los muertos».

La hermana Concepción, al recibir las palabras que salían de la boca de Verónica, se arrodilló y se puso a repetir en voz alta aquel mensaje que parecía darle toda la fuerza celestial a las manos de la madre, quien, concentrada, aplicaba sus dedos y sus palmas por todo el cuerpo de la novicia que se hallaba echada sobre la camilla, ya sin conocimiento.

Pasado un breve intervalo, Verónica pudo abrir sus ojos.

—Creo que ya he terminado. Me noto agotada…

—Verónica, dime, ¿cómo puedes saber que ya has acabado?

—Es pura intuición, hermana. Ya lo experimenté con Damián, el franciscano. Cuando mis manos empiezan a enfriarse es señal de que ha sido suficiente, porque cuando comienzo, las siento calientes y luego, cesa el flujo de energía. Es una sensación extraña, pero que ya empiezo a controlar y, sobre todo, a entender.

—Gracias a Dios, nuestra madre Beatriz actúa plenamente a través de ti. Es como si después de siglo y medio, ella hubiese regresado a dar testimonio presentándose siempre con la recitación de un hermoso salmo. Que Dios te bendiga, Verónica. Eres su instrumento.

—Por favor, acércame aquella silla o seré yo la próxima en caer desmayada. Me pesa hasta el alma. Tengo que descansar. Uy, mira la pobre Consolación. Nuestra novicia se ha quedado dormida. Parece un ángel.

—Es cierto. Lo más importante es que sus toses han desaparecido, lo que supone una excelente noticia, aunque parece exhausta. Si la energía de Beatriz ha atravesado su cuerpo para realizar la sanación, eso también debería haberla dejado sin fuerzas, al menos hasta que las recupere. Verónica, ¿no habrá sido demasiada la luz para ella?

—No, esa claridad era solo para curarla. No puede hacerle daño; esa es la impresión que yo tengo, tal y como sucedió con nuestro confesor. La fundadora sabe lo que hace y seguro que regula sus intervenciones para el propósito del bien, nunca para perjudicar a los seres sobre los que actúa.

—Sí. Bueno, madre, ¿qué se supone que vamos a hacer ahora?

—Por lo pronto, ser agradecidas. Voy a invocar a nuestra señora María Inmaculada para agradecerle que se haya fijado en nosotras a través de su noble hija Beatriz de Silva. Seguro que este «Ave María» me recompondrá por dentro.

—Bien; entonces, si me lo permites, me sentaré a tu lado y así haremos la oración juntas.

Tras un rato de plegarias…

—Virgen Santa, qué cansada me noto yo también —confesó la enfermera dando un largo suspiro—. Verónica, ¿me dejas apoyar la cabeza sobre tu hombro? Busco tu cobijo. ¿Te molesta?

—En absoluto. Somos hermanas para todo. Tú confías en mí y yo confío en ti y ambas en nuestra Virgen Inmaculada que, a su vez, le permite actuar a nuestra fundadora.

—Bellas palabras que proceden del cielo —añadió sonriente Concepción, aunque medio adormecida.

…continuará…

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