—Es cierto todo lo que dices —corroboró la superiora—. Yo sí que no puedo creer que estés aquí, mi niña. He de pellizcarme las mejillas para demostrarme que no se trata de un sueño. Lamento decirlo, pero tu vuelta era un regalo que el cielo me debía. Dios me bendijo con tu nacimiento y el Señor me ha vuelto a ensalzar con tu visita.
Beatriz no sabía ni lo que decir, solamente acertaba a rozar con los dedos el rostro de su madre y a apretar suavemente su mano. Incluso colocó su cabeza sobre el pecho de Verónica para que esta pudiese acariciarle sus largos cabellos.
—Fátima, ¿dónde estás? Ven aquí, por favor.
—Aquí estoy, su merced —expreso la monja arrodillándose ante la enferma—. Decid, ¿qué queréis?
—Dile al resto de la comunidad que recen en voz alta un Ave María en señal de agradecimiento a nuestra Virgen Inmaculada Concepción. Quisiera escuchar la plegaria en voz alta. Y tú, Beatriz ¿te unes a nosotras?
—Faltaría más. Por supuesto, madre —respondió la hija de la abadesa juntando las manos.
Tras la más sentida de las oraciones…
—Madre, ha sido el «Ave María» más hermoso de mi vida y gracias a vos. Mirad, os presentaré a mi querida familia. Han venido conmigo para conoceros. Para ellos es un gran honor. Este es mi marido, Gaspar Fernández, juez de Granada y sobrino de quien me adoptó, don Juan Fernández, escribano real de la misma ciudad. Ahora ya lo sabéis, madre: mi abuelo fue muy cuidadoso al elegir a mis padres adoptivos. Confió en personas de bien que me dieron la mejor educación cristiana.
—Mi señora, encantado de conoceros. Es una gran honra para mí y para nuestros hijos —expresó el marido de Beatriz mientras que hacía una pequeña reverencia—. Ahora ya sé el aspecto que tendrá mi esposa cuando llegue a los sesenta. Observo a Beatriz y es como si un gran pintor hubiese dibujado una réplica más joven de vos en un lienzo. Vuestra serenidad os describe, su merced; la verdad es que no salgo de mi asombro. Resulta admirable.
—Mi querida Beatriz —añadió Verónica templando la voz—, quiero que sepas que te puse tu nombre como homenaje a nuestra fundadora, la insigne Beatriz de Silva, esa mujer de vida virtuosa que fue íntima de nuestra reina Isabel la Católica y que fundó esta noble orden concepcionista a la que todas las presentes pertenecemos. Quiero que sepas también que, con el paso del tiempo, perdoné desde el corazón a mi padre, el conde de Valcárcel, por haberme impedido educarte y tenerte junto a mí.
—Cómo me alegro de eso, madre. No veo en vuestra alma ningún sentimiento de venganza o resentimiento por aquella acción de mi abuelo.
—Sin duda, mi niña. Viéndote, estoy orgullosa de ti y alabo a quienes te educaron. Se ve a distancia que eres una mujer culta y refinada. Y ahora, por favor, preséntame a mis cuatro nietos.
—Desde luego. Mirad, el mayor se llama Gaspar, como su padre y se halla estudiando en la universidad para licenciarse en leyes.
—Uy, qué bien. Lo mismo que mi hermano Francisco.
—Los dos gemelos se encuentran en plena adolescencia y son buenos estudiantes. Veamos, Fernando, Diego, saludad a vuestra abuela. Y la pequeña, mi única princesita, es mi única niña y adivina, se llama como tú: Verónica Fernández de Nebrija. Han conservado tu apellido, lo que para ellos constituye una gran dicha.
—Ya veo. Qué hermosos son todos y cómo me alegro de que por vuestras venas corra la sangre de mi padre y del actual conde de Valcárcel, mi hermano mayor. Sabed, queridos nietos que vuestro abuelo fue un fiel y leal servidor del rey Felipe IV y que murió como un héroe dando su vida en lucha con los portugueses.
—Madre, esto ha sido un acto de justicia. Hubiera supuesto una iniquidad por mi parte no visitaros antes de vuestra despedida. Yo misma habría muerto con esa deuda alojada en mi corazón.
—Y yo te lo agradezco, hija; como madre, como religiosa y como ser humano. Es imposible imaginar mi sufrimiento cuando te arrancaron de mis brazos. Lo que son las cosas: por esa decisión de tu abuelo al arrebatarte de mí fue por lo que me decidí a quedarme aquí de por vida. Sin tu presencia, la existencia mundana dejó de interesarme por completo. Aquí he completado mi ciclo. Mira, te diré algo, porque el destino suele establecer unos extraños equilibrios que compensan los sinsabores del camino.
Tras señalar con su dedo índice, una de las monjas se acercó hasta la cama.
—Te presento a la que considero mi hija adoptiva. Le puse mi apellido gracias a tu tío letrado que realizó las gestiones necesarias. Ella es Fátima de Nebrija. Hace más de treinta años que una mañana nos dejaron en la puerta del monasterio a un bebé abandonado a su suerte. Esa recién nacida a quien ves ahora, creció y se educó aquí, bajo mi tutela y la compañía del resto de hermanas. Ella, usando su libre albedrío, tomó la decisión de convertirse en monja y de continuar aquí, entre nosotras. Ella está destinada a regir este convento, pero deberá ser la comunidad quien ratifique esa elección una vez que yo ya no esté.
—Virgen Santísima, hermana Fátima, es un honor conoceros. Permitidme que os diga que parecéis extraída de un cuadro de la historia. Cuánto tiempo sin conocer a una mujer tan bella y… tan peculiar. Al cruzarme con vos, pensaría que no habláis mi lengua y que procedéis de las lejanas tierras del norte de Europa. Esa tez tan clara, esos ojos entre verdes y azules que iluminan vuestra mirada y esos cabellos que parecen tallados por el Creador en oro…
—Mi señora Beatriz, me abrumáis con vuestros elogios —reaccionó con rapidez Fátima—. Solo soy una mujer normal llena de debilidades y que apenas desea servir al resto de hermanas.
—Hija —intervino la superiora—. Considera que ella no conoce a su familia ni nosotras sabemos los motivos por lo que fue dejada aquí. Este es su auténtico hogar y nosotras somos realmente sus verdaderos padres, hermanas y resto de parentela.
…continuará…

