SOMBRAS DE DIOS (44) Milagro explicado

Entre los dos pudieron levantar a Verónica, la cual, una vez que se sentó y bebió un poco de agua, pareció recobrar por completo el conocimiento.

Durante un rato y muy emocionada por la increíble experiencia vivida, Concepción trató de explicarle a ambos todo lo acontecido hasta ese momento pues ella se había convertido en la testigo privilegiada del suceso. El franciscano, con gesto de completa sorpresa no daba crédito a lo que oía…

—Hermana, lo único seguro es que desde ayer notaba molestias y que no me encontraba bien. Incluso esta mañana, antes de venir para el convento, me levanté con dolor de cabeza, náuseas y fiebre. Sin embargo, no quise cancelar mi compromiso con vos, madre. Pudo más en mí el deseo de confesar a vuestras monjas. Pensé que con el paso de las horas mi cuerpo mejoraría y que ese mal sería algo pasajero. ¡Qué equivocado estaba!

—En fin, padre, ahora poco importa todo eso después de lo que hemos vivido —afirmó con seguridad la enfermera.

—Tengo como una laguna en la memoria que me impide saber lo que ocurrió exactamente cuando traté de salir de aquí para volver a mi iglesia. Luego, me desperté en el suelo y ahora estoy bien. Hermana, he de reconocer que todo ese relato que habéis contado resulta inaudito. Menos mal que soy hombre de fe. Lo ocurrido, tal y como lo habéis descrito, constituye un verdadero milagro de Dios que nos quiere bien y que pretendía evitar nuestra prematura muerte a causa de la peste. No hallo otra explicación que pueda satisfacer mi razón. Vuestra fundadora ha sido guiada por la santísima Virgen y a su vez, se ha valido de las manos de la madre Verónica para obrar y salvar nuestras vidas. En cualquier caso —expresó el fraile quedándose pensativo—, conviene ser prudentes con este asunto.

—¿Prudentes, padre? ¿A qué os referís? Yo he visto lo que he visto y líbreme Dios de haber inventado ni una sola palabra o imagen de cuanto mis ojos han presenciado. Y esto lo afirmo le guste a quien le guste y lo crea quien lo tenga que creer.

—Por favor, hermana, no os ofendais. Después os explicaré a ambas adónde pretendo llegar. Ahora considero necesario escuchar el testimonio de la madre, que según entiendo, es quien me ha sanado y, por tanto, ha resultado ser la protagonista principal de este verdadero acto de fe.

—Disculpadme. Todavía estoy un poco atolondrada. De todas formas, intentaré narraros cuanto recuerdo. Hermana, por favor, ¿podéis darme algo más de agua?

—Por supuesto, madre, aquí tenéis —comentó Concepción mientras que le vertía agua de una jarra para que pudiese beber.

—Mi querida hermana, os confieso que he pasado tanto miedo como vos. Antes que nada, en mi cabeza han desfilado unas escenas aterradoras sobre lo que ocurriría en el monasterio una vez que fuéramos alcanzadas por los efectos de la plaga. Al instante, he sentido cómo por mi espalda penetraban en mí un calor y una energía que casi me abrasaban la piel. Luego, sin pensarlo, me he dejado llevar. Solo así puedo entender cómo una fuerza extraña movió el hilo de mi voz y cómo esa energía guio mis manos hasta que se las apliqué al padre Damián.

—Bien, eso coincide perfectamente con el relato de la hermana Concepción. Dios mío, lo único que sé es que yo entré aquí esta mañana con el mal en mis carnes y que ahora, y si el Todopoderoso lo permite, saldré de este convento sano y salvo.

—Eso es lo más importante, su reverencia —añadió sonriente la enfermera—. Vuestra salud no está quebrada; solo hay que contemplaros.

—Me imagino lo que estará ocurriendo en Sevilla. Dado el número de gente que habita allí, muchos habrán muerto o estarán a punto de exhalar su último suspiro. Las autoridades no se demorarán mucho en cerrar la ciudad para evitar más y más contagios, que la enfermedad se extienda como una calavera armada de una guadaña que va segando vidas a su alrededor. En los próximos días… se oirán tantas cosas… que deberemos prepararnos para distinguir la verdad de las mentiras… todos esos malditos rumores que se producen cuando nos alcanza la peste. Por desgracia, no es la primera vez que nos ataca, ni será la última.

—Es cierto, padre —respondió Verónica—. Ese ruido de voces que se da en estas circunstancias puede acrecentar el terror entre nosotras y entre la población. De todo lo que se cuente sobre la enfermedad y sus efectos a partir de este momento deberemos creer la mitad de la mitad de lo que se diga y aún menos. Habrá que desarrollar la mesura en nuestros juicios y no dejarse arrastrar por el pánico. Eso nos perjudicaría y debilitaría nuestra moral. Y ahora, lo que más necesitamos es ser fuertes.

—Sin duda, madre. Esto será un duro reto para toda la comunidad, pero con la ayuda de Dios y de la Virgen Inmaculada, sabréis mantener la calma y extenderla al resto de hermanas.

—Su reverencia, solo sé que estáis curado y tengo la convicción de que nuestra fundadora, asistida por la madre de Jesús, impedirá que ese mal llegue hasta aquí y que perezcamos. Estaremos protegidas desde el cielo. Nuestra Beatriz de Silva se convertirá en nuestro ángel guardián velando por nuestra salud. Y para demostrarlo, siempre podremos recordar el milagro sucedido hoy y que ha venido a despejar por completo nuestras dudas. Mi señor Damián, habéis acudido a nuestra casa doliente, mas para cumplir con vuestro cometido y ahora, habéis vuelto a la vida desde las puertas de la muerte, lo que prueba la realidad de la benevolencia divina.

—Solo puedo confirmar vuestras palabras, madre. No obstante, y como os indicaba antes, quisiera compartir con ambas una inquietud que angustia mi espíritu.

—Os escucharemos con serenidad, padre. Contadnos.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (45) Prudencia al límite

Mié Jul 9 , 2025
—Cuando hablaba antes de ejercer la prudencia, bien sé a lo que me refería. No deseo martirizarlas, pero hermanas, yo he vivido cosas muy negativas en otro convento cuyo nombre, por una cuestión de respeto, no voy a mencionar. He visto cómo, por unas simples llagas en las palmas de […]

Puede que te guste