El silencio cayó como una losa. Nadie respondió al desafío que Francisco de Nebrija había lanzado al aire con voz de trueno. El presidente del tribunal ordenó, con un gesto sobrio, que condujeran al arzobispo a una sala contigua para que se repusiera del trance. Durante aquella hora larga —el tiempo justo en que un prodigio empieza a parecer duda o recuerdo— los asistentes se desperdigaron en corrillos, cuchicheando sin atreverse a rozar con una sola palabra a Verónica de Nebrija, que permanecía erguida y blanca junto al estrado, las manos recogidas como en oración y los ojos fijos en un punto invisible.
En un rincón, el notario del Santo Oficio y el médico del castillo sostenían una discusión en voz baja, como si midieran cada sílaba para no invocar aquello que no saben nombrar.
—Doctor, su excelencia estaba muerto —insistió el notario, clavando las pupilas en un vacío que aún lo espantaba—. No me engaña la vista: ni pulso, ni aliento, ni latido alguno bajo la palma.
—No pongo en duda vuestra honestidad, buen señor —replicó el médico, ajustándose la camisola—, pero mi oficio me obliga a plantar cara a lo inverosímil. Decid lo que queráis: la muerte no desanda su camino… salvo que…
—Salvo que… ¿qué?
—Salvo que nos movamos en los dominios de lo extraordinario —concedió a regañadientes—. La Escritura habla de Lázaro. Yo soy hombre de ciencia, pero he leído los Evangelios.
—Yo también —dijo el notario con un suspiro—. Y, sin embargo, no gusto de llamar «milagro» a todo lo que no entiendo. Mas os juro que estaba sobrio, en mis cabales, con mis cinco sentidos tensos como un arco. Le tomé el pulso, pegué mi oído a su pecho, acerqué la mejilla a su boca: nada. Y fue entonces cuando ella —señaló a Verónica con un leve movimiento de barbilla— avanzó como si caminara sobre una claridad que no veíamos. Puso las manos sobre el pecho del prelado, murmuró en latín —palabras que parecían de otro tiempo— y… su excelencia volvió a abrir los ojos. Ahí lo tenéis, descansando en la otra estancia, con sus más de once arrobas a cuestas. Supongo que aún no se habrá repuesto del susto.
—Haré caso a vuestro testimonio —admitió el médico—. Aun así, desearía haber estado presente para certificar el tránsito. ¡Qué lástima!
Un rumor llegó desde el pasillo. El alboroto de botas, el roce de telas negras, un carraspeo solemne. Los jueces regresaban.
Se ocuparon los asientos. El presidente del tribunal se puso en pie, desplegó un pliego con manos ceremoniosas y, tras una breve pausa que heló la sangre a todos, leyó:
—«Este tribunal del Santo Oficio, después de amplia deliberación y en uso de sus facultades, dispone lo siguiente…»
Ni el zumbido de una mosca se atrevió a cruzar la nave. Los rostros, en alto; los pechos, contenidos.
—«Primero: lamentamos profundamente la muerte de una de las acusadas. No cabe atribuir responsabilidad a este tribunal por un acto dependiente de la voluntad de la difunta. Nuestra misión, que es reconducir almas, no nos priva de humanidad. Segundo: sobre el cargo de relaciones lujuriosas entre la priora y la hermana Concepción, la acusación se estima débil y carente de fundamento. No se admite la denuncia, y se absuelve de este punto a la madre Verónica de Nebrija. Tercero: respecto de los supuestos prodigios de curación atribuidos a la abadesa y a la enfermera, no se hallan indicios suficientes para afirmar inspiración diabólica en tales hechos. Este tribunal considera que se trató de afecciones menores y no de la peste. Por tanto, se juzga que la plaga nunca penetró en el convento.»
Un murmullo ahogado recorrió la sala como una ráfaga y se apagó enseguida. El presidente alzó de nuevo la voz, limpia y cortante:
—«Así, los datos aportados por la denunciante, hermana Martina Pina, se estiman apreciaciones erróneas, no necesariamente maliciosas. Se absuelve a la madre Verónica de Nebrija de todo cargo y se confirma su proceder conforme a la regla de su orden y a la Santa Madre Iglesia. En cambio, se impone a la denunciante pena de seis meses de reclusión sin vida comunitaria, a cumplir en su convento o donde disponga la superiora general. Finalmente, se reintegra de inmediato a la madre Verónica en sus labores de gobierno y se la autoriza a abandonar esta sede y regresar a su casa cuando lo desee.»
La sentencia cayó como una campanada. Verónica, que hasta entonces había permanecido entera, inclinó apenas la cabeza, más por gratitud que por alivio. Francisco de Nebrija, conmovido hasta la raíz, la envolvió en un abrazo limpio, fraterno, que dijo más que cualquier arenga. Nadie en la sala dejó de advertir que aquella victoria tenía una sombra: la ausencia de Concepción, que hacía de toda alegría un dolor educado.
A un lado, fray Bernardo de Quirós apretó la mandíbula. No hubo protesta. Su mirada se perdió un instante hacia el arquitrabe, como si midiera la altura de la derrota, y regresó enseguida al papel para pedir, con fría cortesía, que se agregara a los autos la «confesión» transcrita la víspera. El secretario asintió, obediente. El presidente, con gesto parco, permitió la incorporación «a efectos de archivo».
Francisco, aún con la emoción en la voz, pidió la palabra:
—Señor presidente, agradezco la rectitud de este dictamen. Permítaseme rogar —por memoria de la difunta— que conste en acta que ninguna sentencia terrena borra el honor de quien murió sin defensa.
—Constará —dijo el juez, y su tono tuvo un timbre humano que hasta entonces no había mostrado—. Id en paz.
Hubo entonces movimiento de bancos y el leve chasquido de las cuentas del rosario. El público comenzó a disolverse en un murmullo de alivio y asombro. Algunos se acercaron a besar el anillo del presidente; otros, a mirar de reojo a Verónica, con un respeto nuevo, casi temeroso. Nadie pronunció la palabra «milagro»; pero el aire olía a algo que no era de este mundo.
…continuará…

