SOMBRAS DE DIOS (38) ¿Dónde está Beatriz de Silva?

Tras unos instantes de oración…

—Querida Verónica, os diré algo antes de que me habléis sobre vuestras dudas. No supone ningún secreto que la vejez se me ha echado encima. No soy adivina ni pretendo serlo, pero es obvio que no me queda mucho tiempo en este mundo. Es más, y esto lo digo por la confianza que nos une: tampoco me importa mucho abandonar esta dimensión. Las personas nos cansamos de todo, incluso de vivir. Y esto lo afirmo sabiendo que la vida, gracias a Dios, es eterna y que mi camino fuera de aquí, de uno u otro modo, continuará.

—Madre Juana, vuestras palabras me embargan de emoción y no sé si me hallo preparada para recibir unas palabras tan emotivas de la mujer más sabia que he conocido.

—Tranquila, hija, porque si os revelo todo esto es por algún motivo. Sé que alguien aguarda por mí en el más allá. Por un lado, me da pena dejar todo esto, el convento, las obras realizadas y la compañía de mis hermanas. Por otra parte, tengo la intuición de que lo que me espera será mejor que esto. El cuerpo humano, ya lo ves, envejece y se estropea. En cambio, nuestra alma es inmortal y no posee límites en cuanto a su capacidad para actuar.

—Mi señora, no seáis tan pesimista. ¿Quién conoce los escrutinios de nuestro Señor? Tal vez os resten años de vida en este plano y tareas por hacer.

—Gracias por los ánimos, pero no resultan necesarios. En mí no hay dudas y eso se produce tanto por mi edad como por la experiencia que acumulo. Hay algo dentro de mí que me dice con claridad que me hallo próxima a extinguir mi compromiso, ese que firmamos con Dios y con nuestra Virgen cuando decidimos hacernos monjas. Estoy alegre, porque con el paso de las fechas, he aprendido a desprenderme de ese apego que implica el aferrarse a un organismo que va perdiendo facultades. Os lo digo con la cabeza fría y con todos los sentidos despiertos: me agobia el peso de la carne y como pensaría nuestro admirada Beatriz de Silva, que resucite mi alma y con ella, henchida de esperanza, atraviese yo las puertas del cielo.

—¡Qué bello discurso, madre! Hasta para despedirse hay que tener grandeza y amplitud de miras. A su merced le sobran las virtudes, todas esas que ha almacenado en lo más profundo de su ser y que ha denotado en su conducta ejemplar.

—Bien, hija. Lo que hay que ver: el desahogo de una vieja a punto de morir frente a una mujer que resuma juventud y templanza. Ahora, por favor, contadme qué es eso que os inquieta. Cuando terminéis, yo también os revelaré un gran secreto y una gran decisión a la que le ha dado muchas vueltas —comentó con solemnidad Juana mientras que situaba su mano sobre la de Verónica.

—Veréis, madre. ¿Por casualidad recordáis aquella conversación que tuvimos hace años cuando estuve a punto de morir después de que el médico enviado por mi padre me arrebatase a mi hija Beatriz para entregársela a una familia?

—Dios mío, me resulta imposible olvidar aquella crucial escena. También me resulta difícil de ignorar aquel relato en el que la madre fundadora se os apareció en compañía del espíritu de vuestra madre Catalina.

—Vaya, observo con regocijo que pese a lo que dijisteis antes, aún conserváis una memoria digna de envidia. Me centraré en lo más crucial. Es como si en estos últimos días hubiese escuchado de nuevo las palabras de la madre Beatriz exhortándome a una gran misión. Sin embargo, han transcurrido como unos diez años de aquella fecha, una época en la que reconozco que quise morir, pues no podía soportar el dolor causado por la pérdida violenta de mi niña. Había descuidado hasta el sentido de mi existencia y la verdad es que todo me daba igual. Tal era mi desesperanza.

—Sí, soy consciente de aquella terrible crisis que se apoderó de vos. Fue por ello que la ayuda celestial que recibisteis resultó acorde a las circunstancias tan traumáticas por las que tuvisteis que pasar. La inteligencia divina se mueve según la categoría de las dificultades por las que transcurrimos. ¡Qué gran sabiduría tuvo nuestro Señor cuando os envió nada más y nada menos que a nuestra insigne fundadora para que os replanteaseis todo y salieseis del aprieto!

—Pues a eso voy, madre. Si recordáis, pensad en las palabras que me dirigió Beatriz de Silva. Después de todo este tiempo, me han asaltado las dudas y yo ya no sé si aquel compromiso de ayudarme y de apoyarme que ella firmó conmigo, tal vez se haya disuelto.

—Claro, me parece normal que tengáis esa incertidumbre, Verónica.

—Es que… a veces me da por pensar… si yo estaré a la altura de ese compromiso. Quizá la madre Beatriz me haya estado observando todos estos años y haya llegado a la conclusión de que no estoy preparada para cumplir con la misión que ella quería encargarme. ¿Es posible, su merced?

—Tranquila, hija. Siempre os lo he dicho. Los tiempos de nuestro Señor y de toda esa cohorte celestial que tiene a su lado desarrollando sus planes no es nuestro tiempo. Los seres humanos juzgamos el paso de las horas según nuestro propio criterio. Ellos, los habitantes del cielo, nos contemplan desde arriba con su inmejorable perspectiva y saben bien cuándo es nuestro momento, cuándo llega nuestra ocasión.

—Será eso, mi señora. Mi falta de fe debe resultar exasperante para Beatriz de Silva. Seguro que por ello me tiene a prueba.

—Es posible. Ojalá lo supiera. Sin embargo, conociendo la biografía de nuestra madre fundadora, no creo que vaya a faltar a su palabra. Ella, precisamente, fue el más digno ejemplo de paciencia y por eso esperó por treinta años hasta fundar nuestra orden concepcionista. Si os prometió todo eso y os habló de una misión especial en la que os guiaría, es que así lo hará. Podéis estar segura. Un ser de su elevada categoría no os lanzaría un mensaje para luego desdecirse del mismo. Hermana Verónica, se nos escapan datos. No conocemos sus planes, simplemente; aun así, sus novedades se manifestarán en el momento oportuno.

…continuará…

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Mié Jun 18 , 2025
—Cómo se nota vuestra sabiduría y temple, madre. Vuestras palabras han calmado mi ansiedad interna, que es una muestra de mi inseguridad y posiblemente, de mi falta de fe en los asuntos del cielo. —Os diré algo, Verónica. Es probable que esa angustia que sentís constituya el preludio de algo […]

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