—Muchas gracias, su merced. Espero estar a la altura de vuestras expectativas sobre mí. He aceptado mi reto y ahora se trata de ir cumpliendo con mi tarea en el día a día. Me siento fuerte y segura, porque no es fácil olvidar la experiencia del reencuentro con mi madre que me invitó con todo su amor a volver a la vida. Y en cuanto al desafío que me planteó la excelsa fundadora, solo puedo decir que, para consumar esa misión, necesito permanecer entre estos muros. ¿Comprendéis lo motivada que me siento?
—Bien, se trata de un buen razonamiento. Todavía recuerdo el primer día de tu ingreso aquí, cuando viniste acompañada del brazo de tu padre. Siendo hija de un conde, renunciaste a tu tratamiento como noble señora, aunque por sangre te correspondiese. Fue un detalle que te agradecí. No solo no ibas a ser un estorbo en mi gestión, sino que, además, colaboraste en todo lo que pudiste.
—Ni que decir tiene que deseo conservar esa actitud, madre.
—Lo que prometiste a tu entrada aquí lo has mantenido y en ningún momento he tenido queja o decepción por tu comportamiento. Eso me empuja a creer de nuevo en tus palabras, pues ya has demostrado tu actitud positiva con la Orden, conmigo y con el resto de hermanas. Insisto: te doy mi enhorabuena, Verónica y te admito en este convento como una novicia más que, henchida de amor y de vocación, se atiene a nuestra regla y a todo lo que conlleva, incluido el seguir el ejemplo precioso de vida que llevó nuestra querida y admirada Beatriz de Silva. Hoy es un día esencial, aquel en el que sellas tu entrega a la orden concepcionista. Te doy las gracias, pues creo que hoy has tomado la decisión más valiente e importante de tu existencia.
—¡Qué inmensa alegría, madre! —respondió entusiasmada la joven—. Cuento con su bendición y con su ayuda. Que la Virgen Inmaculada nos ilumine y que la madre Beatriz me acompañe en mi camino.
—Ahora veo claro que el nacimiento de tu niña y la experiencia espiritual que tuviste no fueron en vano, sino que respondían a un propósito de arriba que ya tendremos ocasión de entender conforme transcurra el tiempo. Hoy, a la hora del almuerzo, le trasladaré al resto de hermanas tu voluntad. Todas se alegrarán de tu decisión, sin duda.
Pasaron varias jornadas y una vez que la carta llegó a manos del conde de Valcárcel, este se vio empujado a acudir al monasterio de las concepcionistas para confirmar in situ la resolución de su hija. Ya en la sala de visitas…
—Padre, cuánto os agradezco este encuentro. Ha sido una gran idea que vengáis. Después de tantos meses de ausencia, era bueno que nos viésemos cara a cara. Solo así nuestros corazones podrán hablar abiertamente.
—Comparto tu criterio, Verónica. He leído tu misiva unas cuantas veces, porque quería asegurarme de la veracidad de su contenido. Lo cierto es que no he dejado de asombrarme y creo que lo entenderás. Me parece que has aprendido mucho durante esta última etapa, una vez que abandonaste la comodidad del palacio y toda la seguridad que te proporcionaba tu antiguo hogar. Te observo y como espejo del alma, tu mirada es el reflejo fiel de tu madurez. Caramba, ya eres toda una mujer; por eso respeto tu decisión. Seguro que haberle dado la vida a una niña preciosa ha contribuido enormemente a asentar tu buen juicio. En fin, solo pretendo saber de viva voz que tu intención es la de quedarte a vivir aquí, consagrándote a Dios y tomando los hábitos.
—Padre, si me vais a preguntar por mi «repentina» vocación, no tengáis temor.
—Exacto, hija. Te lo digo, porque durante tu infancia y tu pubertad, jamás mostraste una tendencia hacia la vida religiosa. ¿Ha sucedido algo que yo no sepa o has sufrido algún tipo de revelación en tu alma que te haya empujado a desarrollar esta actitud? Mira bien, Verónica, que estamos en un siglo de penurias y necesidades. Perdona por mi sinceridad, pero es que hay gente que ingresa en estos establecimientos apenas para tener algo que llevarse a la boca y poseer un lecho en el que dormir. Y, sin embargo, mi niña, ese nunca será tu caso.
—Claro que no, padre. Quizá todo obedezca a una razón más simple, como haber escuchado esa llamada a ingresar en esta orden en mi corazón. ¿Por qué no pensar que durante los meses que he vivido aquí se ha despertado mi vocación religiosa? ¿Sabéis el motivo?
—Quisiera conocer esas razones.
—Todo este tiempo, a pesar de haber estado embarazada, he procurado integrarme en el día a día del convento y en su rutina, he tratado de adaptarme por completo a las costumbres y a los esquemas de convivencia de esta noble comunidad. He sido aceptada como una más y he gozado con ello al notarme como una hermana más. Las mujeres con las que coincidido trabajan por su propio progreso, por avanzar en su evolución, aspectos que siempre se reflejan en las enseñanzas de nuestro señor Jesucristo. Solo en comunidad se puede desarrollar ese amor que Dios quiere ver realizado en cada uno de sus hijos.
—Qué bello, aunque es un sorprendente mensaje. Hija, a pesar del percance absurdo que te ocurrió y del que espero hayas sacado conclusiones, la vida fuera de aquí aún presenta numerosos alicientes. ¿No te atrae la idea de enamorarte de algún caballero de noble linaje que te quiera desde la honestidad? ¿No te seduce el proyecto de formar tu propia familia y de disfrutar de tus hijos, esta vez nacidos dentro del sagrado matrimonio? Soy tu padre, querida; yo te cedería alguna de mis haciendas como dote, la que más te gustase, aquella donde tú te sintieses cómoda para vivir con tu marido y criar a tu descendencia. Nada me haría sentirme más orgulloso de ti.
—Padre, con todo el respeto que os debo, pero eso que habéis comentado no forma parte de mis prioridades. Estoy muy bien aquí, he tenido una magnífica experiencia y apenas deseo conservar mi actual estado de felicidad. He comprobado por mí misma que la vida religiosa, aun siendo la de clausura, puede llenar la existencia de una mujer. Mi señor conde, he reflexionado en estos meses y quizá exageramos la importancia de todo aquello que sucede fuera de estos muros. Es posible que los asuntos mundanos no resulten tan trascendentes para satisfacer los deseos de Dios para con sus hijos. Os lo digo: aquí dentro tengo la sensación de estar más cerca de Él y de poder cumplir con los deberes que me pide.
…continuará…

