EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (28) Cirugía espiritual

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—Ah, empiezo a entender. Lo que yo soy, es eso. ¿No es así? Mi alma está rodeada de un campo energético a través del cual me manifiesto. Una vez muerto, lo que resta es ese periespíritu. Desaparece la carne, lo otro, no.

—Bien, me alegro de tus progresos técnicos sobre el conocimiento del más allá, querido amigo. Tu envoltura semimaterial, esa con la que te identificas y por la que también me ves a mí, es lo queda tras romperse el lazo que te unía a la materia.

—Bueno, no profundicemos ahora en aspectos tan complejos y sigamos con lo que me interesa. Entonces, le interviniste… ¿para qué?

—Sí, le abrí un canal de acceso en su cerebro para que, a partir de ese instante, te percibiese a ti y solo a ti. Quiero decir que a nadie más, a ningún espíritu más. Eso hubiera sido peligroso. Se trataba de realizar una cirugía selectiva. No deseábamos que tu paciente saliese perjudicado. Por ese motivo, no me puede ver a mí ni a otros, solo a su terapeuta, que eres tú.

—Pobre criatura. Él creía que estaba siendo víctima de una horrible alucinación. Después de todo, me da hasta pena.

—No, pena, no. Alonso va a recibir una acción terapéutica por parte de un cualificado profesional. Me refiero a un tal David Sánchez. ¿Te suena ese nombre?

—Anda, encima bromista. Entonces, deduzco que su mujer y su niña tampoco pueden verme.

—Así es. Pudiste comprobarlo in situ. Ni la niña ni su madre se percatarán de tu presencia.

—¡Ah, qué alivio! De otro modo, hubiera resultado un lío. Menos mal.

—Por lo que observo, tengo la impresión de que vas a volver a la carga con tu cliente.

—No seas irónico conmigo. ¿Acaso dispongo de otra opción? Sé del acuerdo al que llegamos y mi intención es cumplirlo. Insisto, si quiero reunirme con los míos, he de tratar a Alonso.

—No seas tan quejica, psicólogo. Mi impresión es que él no renunciará a tu terapia. Yo le veo ilusionado, pero ya se sabe, hay que disimular. Es como alguien que anhela mucho algo, pero que no lo puede mostrar abiertamente. Te diré una cosa: tu amigo Andrés, al que tengo en gran estima, te proporcionó la pasada noche una buena pista.

—¿Pista, Viktor? ¿A qué te refieres?

—Él te habló del maravilloso mundo de los sueños y de todas las actividades que se pueden llevar a cabo durante esa etapa. En fin, no te digo nada más, porque eres tú el que desea ardientemente comunicarte con tu mujer y tu hija. Si quieres algo, tendrás que luchar por conseguirlo. Es la conocida ley del merecimiento. Medita, amigo; cuando las cosas resultan demasiado sencillas, da la impresión de que poseen menos valor. Sin embargo, cuando cuestan, cuando el esfuerzo invertido es grande, la satisfacción personal es mayor. ¿Lo compartes, David?

—Sí, pero no. Estoy hecho un lío.

—Anda, no empieces de nuevo con tus agobios. Date una vuelta por la ciudad, despeja tus pensamientos y verás cómo se te ocurre algo constructivo.

—Entonces, ¿otra vez te vas a largar? ¿Me vas a dejar solo de nuevo? No serás capaz…

—Ya te he dicho que no dispongo de todas las horas para ti. No tienes preferencia ni trato especial en mi agenda. Has de comprenderlo. Veamos, cuando tú trabajabas, no tenías solo a un paciente. Tenías que dividir tu tiempo de forma ponderada entre todos. ¿No era así? Ahora estás en este mundo, pero te advierto que hay cosas que no cambian, con independencia del plano en el que te muevas. Venga, no te hagas el tonto. Tú puedes con eso y con mucho más… Hasta pronto, mi distinguido alumno.

De repente, se repitió la escena de otras ocasiones. Viktor desapareció y David se quedó en soledad en una de las calles de Madrid.

—Pues ¿sabes lo que te digo, Viktor? —exclamó David con ironía mientras que alzaba su voz—. Que te vaya bien, admirado profesor. Que disfrutes de tu ronda nocturna. Escúchame bien, que sospecho que estás por aquí, aunque no pueda contemplarte. No te vendría mal dormir un poco, como hice yo. A lo mejor, eso te hace renovar tus planteamientos. No ignores mis consejos, no eres el único que puede hacerlo. No dudo de tu paciencia, pero, entiéndeme, más paciencia estoy teniendo yo. Y ahora, otra noche para aburrirme, vagando por estos barrios de Dios. Qué asco, con lo bien que yo estaría en mi casa, con la calefacción puesta y junto a los míos, abrazado a mi Sandra y teniendo en mi regazo a mi niña preciosa, a mi Paula. Bah, me consume por dentro pensar en ello, no quiero empezar con la cantinela de siempre, de lo que pudo ser y no fue, o me volveré majareta. Me daré una vuelta. Ahora tengo que pensar en un nuevo abordaje. A ver si me calmo y se me aparece una luz que me inspire. ¡Tranquilo, Viktor, que tu apreciado alumno no volverá a meterse en líos! Me despido, por si estás ahí. Ah, y aparece cuando te dé la gana, faltaría más. ¡Tú mandas!

Así, de nuevo, con su ánimo confundido entre el enfado y la ligera esperanza, David comenzó a moverse por aquellas largas avenidas cada vez menos transitadas según avanzaban las horas. Múltiples reflexiones llegaban a su mente…

…continuará…

5 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (28) Cirugía espiritual»

  1. David, Vicktor y Alonso…Interesante! De pronto me dan ganas de saber mas de la vida de Vicktor, buscando ayudar a David y a Alonso.y así como aquí hay que ganarse todo, en el mundo espiritual se vé prioritario el ganarse las cosas. expectacion por como recibirá Alonso a David la proxima vez, sabremos el jueves!!!

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