SONIA Y LEÓN (69) Sublime trabajo

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—Y ¿dónde están sus hijos, señor? —preguntó con curiosidad la joven.

—Pues no precisamente cerca. Ambos son adultos y gracias a Dios, organizaron sus vidas de modo feliz. Ambos están casados y les va muy bien. Uno es funcionario y se halla destinado en Bilbao. El otro se dedica a labores comerciales, viajó hasta las Islas Canarias para trabajar y mira por dónde, allí se enamoró de una tinerfeña.

—Caramba, tiene usted a sus hijos a miles de kilómetros de distancia —añadió Sonia—. Supongo que solo se verán en contadas ocasiones.

—Así es. Tiene que ser por Navidad o en caso de vacaciones. A mí no me hace mucha gracia tener que coger un avión, por lo que son ellos los que se tienen que desplazar hasta aquí. Ah, por cierto, tengo ya dos nietos de los que me enorgullezco. Carmina se sentiría muy feliz con su familia y aunque su cuerpo no esté aquí, yo comparto toda esa alegría.

—Ah, qué bien. Me encantó eso último que ha dicho —expresó la dueña del Café Ágata mientras que juntaba sus manos—. Queda claro, que para usted, ella sigue tan viva como cuando la conoció por primera vez.

—Desde luego, no podría ser de otra forma. Me gustaría explicaros una cosa más. Lo que al principio para mí constituía una mera curiosidad, y estoy hablando de su condición de médium, fue ganando fuerza con el tiempo. ¡Qué grande era su figura! No sé cómo, pero ella sacaba tiempo para todo. Estaba en casa con sus dos críos, pero si lo necesitaba, se las apañaba para acudir adonde fuera a hacer su “trabajo”.

—¿”Trabajo”, jefe? ¿A qué se refiere?

—Pues a que Carmina no se conformaba con tener ese don que le permitía comunicarse con su espíritu guía. Era su propia abuela la que la impulsaba a transformar en buenas obras su increíble cualidad para escuchar las voces del otro plano.

—¿Podría ser más concreto? —indicó León.

—Mirad, siempre recuerdo gente en mi casa. Es verdad que en los inicios, esa coyuntura me incomodaba. Sin embargo, luego, me fui acostumbrando y llegué a aceptar ese ritual. Muchas personas venían a nuestro hogar en busca de consejo. Yo le decía a mi esposa que no sabía cómo mostraba tanta paciencia para “aguantar” las preguntas de tanta gente. Lo curioso es que ella jamás cobró ninguna cantidad por sus servicios y considerad que su labor era bastante delicada y no exenta de riesgos.

—Caramba, eso también me ha pasado a mí, don Hipólito. ¡Qué coincidencia entre nosotras!

—Es más. Si mi mujer tenía que desplazarse a otro sitio para charlar con la persona que precisaba de su ayuda, tampoco existía ningún problema. Era un sacrificio, pero no le importaba. Y un aspecto importante que no debo olvidar: no le temblaba la voz cuando le venían con tonterías o con asuntos livianos. Siguiendo las instrucciones que le daba Isabel, Carmina sabía perfectamente con quién debía hablar y con quién no. Algunos se enfrentaban a ella por este motivo, pero, claro, no les cabía más remedio que aceptar la seriedad que mi esposa utilizaba en su manera de conducirse. Y además de seria, era solvente. Se dedicaba a los casos que juzgaba como adecuados y no a perder su valioso tiempo con tonterías o cotilleos. Me he explicado lo suficiente, ¿verdad, chicos?

—Sí, claro que sí, señor —contestaron al unísono los dos jóvenes.

—Un día, llegaron unos dolores, unas señales que mostraban que algo malo estaba invadiendo su cuerpo. Los meses que estuvo con la terapia o ingresada en el hospital, no sirvieron para vencer su cáncer, pero sí para vencer mis últimas resistencias a creer en todo ese mundo que parecía sacado de su cabeza. Su enfermedad me trastornaba, sobre todo, porque me negaba a creer que estaba sucediendo delante de mis propios ojos. Notar cómo se iba apagando jornada a jornada y comprobar cómo nuestro amor tenía puesta una fecha de caducidad en el calendario, era algo difícil de sobrellevar.

—¿Qué decían los médicos de la enfermedad de Carmina? —preguntó Sonia.

—Los doctores fueron buenos profesionales y no me dieron falsas expectativas para suavizar el golpe ni el dolor que estaba sufriendo. Os revelaré un gran secreto, porque esta tarde están saliendo cosas a la luz que ni yo mismo podía imaginar. Cuando comenzamos a salir y pese a que éramos jóvenes, ella siempre me decía: “Hipólito, yo me iré antes que tú, lo tengo claro”. Yo me reía de su razonamiento y se lo rebatía, comentándole lo bien que la veía y que eso no eran más que tonterías que se inventaba.

—Increíble, señor. Hasta ella misma supo anticiparse a su propia desaparición —añadió León.

—Efectivamente. Ella me aseguraba que su abuela nunca le había hablado de esa posibilidad, sino que simplemente se trataba de una intuición permanente. Con esa previsión tan poco halagüeña, imaginad la alegría que tuvo al parir a sus dos hijos. Fue como la honra que sientes por el deber cumplido. Más de una vez me confesó que se sentía triste por dejarme en soledad pero que, como todo, esa noticia ejercería sobre mí un gran efecto positivo, ya que me daría “otra perspectiva de la vida como yo nunca había sospechado”.

—¿Y fue así, jefe?

—Acertó en su previsión, por supuesto. Y en esa tesitura es en la que me encuentro, sin duda. ¡Qué gran mujer, cómo intuía las cosas, incluso las más profundas, las más inesperadas, esas que resultan esenciales en el camino de las personas!

…continuará…

2 comentarios en «SONIA Y LEÓN (69) Sublime trabajo»

  1. Que Bello Capitulo! La Sensibilidad y Madurez espiritual de Carmina! Es Verdad, la Muerte de un ser querido, nos causa dolor al principio, los extrañamos, pero con su recuerdo nos dirijimos a otra perspectiva, sin la cual, no fuese posible!..Grandes enseñanzas en esta novela!

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TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—¿Por qué dice eso, don Hipólito? —expuso la joven con gran interés—. Intuyo que tiene que ver con el hecho de que usted nos haya citado esta tarde aquí. No creo en las casualidades y esa es la explicación que yo intento descubrir desde que me dieron ese mensaje, […]