RECUERDOS DE UNA VIDA PASADA (5)

—Una vez que has salido de ese edificio —comentó el psicólogo —, ¿qué sucede?

—Llegamos a un pequeño montículo donde contemplo el palacio que hemos dejado atrás, donde he vivido casi todo el tiempo hasta mi muerte. Giro mi cabeza para recorrer el paisaje. Está oscuro, pero a lo lejos veo un lugar luminoso. Al concentrarme bien, distingo allí la entrada a una cueva de donde procede una gran luz. En compañía del monje, nos dirigimos hacia ese punto resplandeciente. Finalmente, nos acercamos a la entrada. Cuando estamos listos para penetrar en ese sitio, noto algo dentro de mí que me empuja a detenerme, aunque aquel hombre del hábito marrón sigue su camino hasta desaparecer dentro de la caverna.

—¿Por qué te has parado? ¿Percibes algo extraño?

Justo en ese momento, Juan, que se encontraba tumbado en aquel mullido sillón, empezó a alterarse. Una emoción muy intensa le envolvió y de repente comenzó a llorar. Numerosas lágrimas bañaron sus ojos mientras que se deslizaban por sus mejillas. Tendido en ese diván, se estremecía, temblaba, movía nervioso su cabeza de un lado a otro, lo que anunciaba que algo impresionante estaba sucediendo…

—Venga, vamos, saca todo lo que lleves dentro —le estímulo Vicente con su voz.

—Me he vuelto hacia el palacio que estaba a mis espaldas porque he presentido que una importante presencia venía detrás de mí… ¡Atención, alguien viene corriendo hacia donde me hallo… ! Un momento, pero… si es ella… ¡Dios mío, gracias! Se trata de María. Ahora entiendo por qué tenía esa fuerte intuición. Ha venido a despedirse de mí. No puedo describir lo que siento. Es sencillamente maravilloso. Ella se me acerca y me da el mejor abrazo de mi vida. Su beso en mi mejilla me colma de felicidad. Continúa con su hermoso vestido azul y blanco y me comenta: “¿Acaso pensabas que no iba a despedirme de ti?”. Ya no hay más palabras, simplemente un mensaje de paz y también de amor, la fascinante sensación de que volveremos a encontrarnos. Noto como si me pidiera disculpas por lo ocurrido en nuestra existencia, por lo que pudo ser y no fue, como si ella se sintiese responsable por no haberme podido corresponder y yo, yo… lo entiendo y desde mi corazón, le doy las gracias y le digo con el pensamiento que estoy lleno de gratitud porque sé que tarde o temprano, volveremos a coincidir en otro escenario, en otra época, donde esta vez, sí podremos estar juntos.

—¿Qué más sucede?

—María me está diciendo adiós con una amplia sonrisa. Sé que debe marcharse porque tiene otras ocupaciones. Comprendo su gesto. De nuevo, siento la necesidad de reemprender el camino hacia esa cueva iluminada. Sin esperar más, me introduzco en la oquedad. Percibo dentro una luz natural que no procede de la claridad de ningún fuego. Es asombroso, sale de las mismas piedras de las paredes. Recorro un largo pasillo y al final, accedo a una bóveda grandiosa en mitad de la cueva, de muchos metros de altura, donde existe incluso más luz.

—¿Hay alguien allí?

—Sí. Hay varias personas. Yo diría que se trata de un consejo de ancianos. Todos son como frailes que visten exactamente igual que aquel hombre alto que me recogió en la estancia donde morí. Sé que me van a enjuiciar, pero no se trata de un proceso inquisitorial sino de un análisis referente a lo que he hecho con mi vida.

—Y, ¿en qué consiste esa especie de juicio?

—Estoy sentado justo en medio de ellos, pues forman un círculo cerrado a mi alrededor. Unos me hacen preguntas, otros emiten comentarios. Sin embargo, a mí solo me preocupa una cosa: por qué no pude cumplir mi sueño de amar a esa joven mujer noble.

—Y… ¿te dan alguna respuesta a tu pregunta?

—Uno de los ancianos me mira largamente y con amabilidad, me indica que solo yo puedo contestar a ese enigma. Como pongo rostro de incredulidad, insiste y me expone que la respuesta a mi pregunta está en mi interior. Literalmente repite: “mira hacia dentro y conocerás la respuesta”.

—¿Y qué haces tú?

—Intento cumplir su consejo con todas mis fuerzas, pero no consigo nada. Creo que no sé mirar para adentro y percibo una gran frustración por ello, por no poder hallar una explicación a mi consulta.

Tras permanecer callado durante varios segundos, Juan, o Henry, pareció quedar meditabundo, como si no pudiese extraer más datos de aquella extraordinaria coyuntura que había experimentado gracias al proceso de regresión desarrollado. Tras un prolongado silencio, el psicólogo entendió que aquella situación había llegado a su fin, motivo por el que inició el procedimiento de salida. Fue así como Juan retornó a la escena de la pradera, contemplándose en esta ocasión desde un plano cenital desde el cual comenzó un descenso hasta penetrar en su figura actual que se hallaba sobre la hierba. Seguidamente, tras atravesar una puerta que existía a sus espaldas, comenzó el ascenso por los peldaños de una escalera que le llevaría a «despertar» lentamente a través del movimiento suave de las diversas partes de su cuerpo hasta que por fin, pudo mover las órbitas de sus ojos para abrirlos y volver a la realidad.

…continuará…

 

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