Confesiones de un espíritu vulgar (III): todo un carácter

       

Más en concreto, existe una escena que me persigue como si resultara una sombra que se abalanza sobre mí. Cuando estaba entre vosotros, fui un buen padre y un buen esposo. Esa es mi opinión, jueces luego vendrán que se pronunciarán. Perdón por la broma, pero a la hora de dictaminar sobre el que os habla, supongo que uno tendrá algo que decir. Cuando accedí a esa Verdad a la que antes me refería, la dicha se apoderó de mí porque caí en la cuenta de que me había topado con el conocimiento más sublime al que cualquier ser puede aspirar. Pensemos en ello porque ¿acaso puede existir una ciencia más alta que aquella que nos permite conocer quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos? Sí, sí, por favor, tenéis que coincidir conmigo, no preciso ni siquiera miraros pues ya estoy escuchando dentro de mí los latidos de vuestra conciencia, esa voz irrenunciable que por más que lo pretendáis podéis bajarla en su volumen mas jamás silenciarla por completo.

¿No llevo pues toda la razón cuando os he planteado tan esencial pregunta? ¿Qué me decís? Bueno, habrá que respetar a los que piensen que el dinero, el sexo o las comodidades son más importantes. Os propongo un simple ejercicio de imaginación. ¿De verdad creéis que se os va a medir aquí, donde yo vivo, por la cantidad de romances vividos, por los números de vuestra cuenta corriente o por la magnitud de vuestras diversiones? He contemplado en esta escuela almas que me confesaron haber disfrutado de grandes responsabilidades cuando respiraban en la esfera material, tener bajo su mando a cientos o miles de individuos y fijaros bien, todo eso para terminar aquí en un colegio como niños sencillos en búsqueda de aprobar sus exámenes de parvularios. Aunque a algunos de ustedes les venga la risa a sus caras, y no les critico porque a mí me ocurrió al principio, lo cierto es que después dan ganas de llorar pues esa “grandeza” de la que disponían vestidos con la indumentaria de la carne, no les había servido absolutamente de nada aquí, despojados ya de los títulos de los que disponían en el pasado.

Uf, debéis disculparme, estoy tan habituado a pensar, a estudiar, a darle tantas vueltas a los asuntos que creo que me he desviado del tema del que os iba a hablar. Decía que en esa película de mi vida que me exhibían cada cierto tiempo estos señores profesores, aparecía yo como una persona de dotes intelectuales, aplicada en el discurrir de la mente, pero siempre surgía la figura de mi esposa acusándome de malos modos por el trato diario que yo le dispensaba. Como si esta escena no fuera ya suficiente, también emergía la figura de mi único hijo cuando era pequeño, criticándome a viva voz por mi escasa o nula disposición a jugar con él, a compartir momentos de diversión y desde luego por mi falta de ánimo para ayudarle en los estudios. ¡Ay, con el poco tiempo libre que una persona tan ocupada como yo disponía para sí! ¿Veis? Esta es una de las secuencias que más me repetían en esa sala de estudio, la que correspondía a mi relación con mi cónyuge y mi vástago.

En cuanto a mi mujer, la verdad es que nunca la entendí del todo, sus reproches, sus “discursos” plenos de argumentos un tanto retorcidos que siempre finalizaban como una especie de endiablado bucle, es decir y lo que es igual, dándose la razón a sí misma. Además, contaba con una extraña habilidad cual era darle la vuelta a sus premisas pero para inclinarlas hacia su favor, daba igual la situación o los hechos sucedidos. Confieso que a veces resultaba desesperante: en ocasiones y bajo su criterio, las formas resultaban más importantes que el fondo, justo porque yo había antepuesto el fondo a las formas. Mas si le cuadraba el momento, era al contrario. Lo más importante en esencia para ella debía ser el fondo pues las formas, aun siendo valiosas, no podían compararse con el peso definitivo de unos buenos fundamentos. Para volverse loco, exclamaréis algunos, y que conste que no exagero ni un ápice…en cualquier caso, complicado de sobrellevar, por decirlo con educación.

No era mala chica ni mucho menos aunque reconozco que ponerme en su cabeza, en unos pensamientos que cambiaban del gris cerrado al azul intenso como vuestra atmósfera en primavera, puede llegar a desesperar incluso al hombre más tranquilo. Además, nunca alcancé a comprender tanta queja; yo ocupaba bastante tiempo en algunas tareas de la casa cuando otros compañeros de trabajo detestaban ese tipo de labores arguyendo que se trataba de algo que debía corresponder a sus esposas. De este modo y en mi defensa, os diré que me encargaba de las cuentas de la casa, de hacer las compras y a veces hasta de cocinar, eso sí, platos sencillos.

Al recordarme en vuestro mundo, admito que era un personaje seco, de porte serio, poco dado a los chistes o a las bromas, pero convendréis conmigo que esa sonrisa estúpida que algunos portan en su cara, incluso aunque les vaya mal, no ha de ser sinónimo de felicidad. No me importa revelaros que con frecuencia, la brusquedad se apoderaba de mí y rápidamente pensaba que cuando mi consorte abría su boca era para pedirme algo. Total, teniendo un marido como yo que le solucionara los problemas cotidianos ¿para qué preocuparse? Que sí, que ya lo he dicho, que mis expresiones eran un tanto toscas, que a veces solía permanecer a la defensiva y que muchas de esas “amenazas” que yo consideraba como tales no lo eran tanto, pero estoy intentando ser todo lo objetivo que uno puede llegar a ser, lo cual requiere un esfuerzo considerable.

Un aspecto, ¿ninguno de vosotros no tiene su propio carácter? Pues claro, no el del vecino maravilloso que te saluda amablemente ni el de aquella estupenda amiga que aunque la molestes siempre te escucha. No, no, cada cual posee su correspondiente personalidad. Venga ya, no me diréis ahora que para quedar bien con vosotros mismos o con no sé quién, me vais a contar que tenéis un temperamento dulce y de lo más cordial. Habrá de todo, como en las mejores familias tal y como se suele expresar. Por favor, no lleguéis a conclusiones tan repentinas sobre mí que os conozco, que desde aquí las cosas se ven más claras y la perspectiva se afina mejor que cuando hay que arrastrar unos huesos que a veces hasta duelen.

La verdad, esto del carácter…dudo yo mucho que pueda cambiarse, a pesar del sorprendente optimismo que estos maestros denotan cuando me comentan que con tesón y sacrificio hasta las aristas más puntiagudas o las rocas más duras se suavizan en sus formas. No sé, a veces me resultan tan inocentes que desconozco la razón de cómo los han nombrado profesores, porque digo yo que alguna maldad debe morar en ellos. No me entendáis mal, no me refiero a la capacidad para hacer daño a otros sino simplemente a una aptitud para cuando menos, evitar que te engañen. Insisto: ellos sabrán por qué dicen eso y adónde quieren llegar…Después de todo, se supone que los señores docentes gozan de una mayor sabiduría que sus alumnos. ¿O no?

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *