Diario de un «obsesor» (5)

Una jornada, por fin vi la luz, la solución al tormento que me suponía no poder infligir daño a mi más odiado rival. Me fui con él al trabajo persiguiéndole como de costumbre. Justo en el edificio y en el ambiente donde yo había trabajado tantos años, caí en la cuenta de que podía leer el pensamiento de mis antiguos compañeros de oficina, de modo que empecé a “soplarle” a los demás lo que realmente pensaban las personas con las que se estaban comunicando. Comprobé cómo este fenómeno producía una enorme respuesta de confusión en aquel al que yo le transmitía ese pensamiento. Ja, ja, ja… ¡qué gracioso me resultaba! Por ejemplo, mi colega Pablo le decía a su socio Enrique que le agradecía mucho la asistencia que le había prestado para elaborar su última memoria de actividades, pero como yo podía saber perfectamente lo que en verdad estaba pensando Pablo, me dirigía velozmente hacia Enrique y le dejaba caer en su oreja lo que en realidad opinaba Pablo de él, es decir, que su presunta ayuda no le había servido de nada. Caramba, qué chistoso era observar la incoherencia que existía entre lo que había en sus cabezas y lo que al final salía por sus bocas. Qué ridícula hipocresía, pero que útil me resultó a la hora de crear discordia contra Roberto.

De alguna forma era como si lo que ellos tenían en su mente yo pudiera escucharlo o leerlo en la mía. Aquellos seres de carne y huesos no tenían acceso a la telepatía, por lo que evidentemente se encontraban en posición de clara desventaja con respecto a mí. Un “muerto” tan vivo como yo había descubierto por fin un arma de destrucción masiva, algo que me permitiría obtener mi propósito de vengarme de ese ser repulsivo que tanto daño me había hecho.

En aquella gloriosa mañana, todas las circunstancias fueron concurriendo a mi favor. Mi exjefe citó en su despacho a mi mortal enemigo para amonestarle verbalmente por un error cometido en un informe. Fue divertidísimo. Cuando el mandamás era el que hablaba, yo le recitaba a Roberto un mensaje demoledor acerca de que estaba siendo humillado al minusvalorarse su trabajo, mientras que cuando este le respondía, yo me acercaba rápido al oído de su superior para trasladarle que su empleado le estaba torpedeando su labor como supervisor. Además de reírme como nunca, para mí resultó un ejercicio muy instructivo, pues el lío que organicé en la cabeza de aquellos dos sujetos resultó monumental. Al final, la bronca entre gestor y subordinado fue de menos a más, incluso hasta llegar a las descalificaciones en el peligroso terreno de lo personal. Pude confirmar cómo el desgraciado de Roberto salió de aquel despacho totalmente enajenado, furioso y dando un portazo tremendo como nunca antes le había visto. Fue así como una leve sonrisa en mi rostro mostró mi más sincero goce interior.

Esa misma tarde y tras varias temporadas desempeñando sus servicios en la empresa, recibió una llamada telefónica del gerente en la que fríamente le comunicaba que a partir del día siguiente cesaba en sus funciones y en consecuencia, en su relación laboral. A la mañana, debería personarse en la oficina para recoger sus objetos personales y firmar su correspondiente finiquito. No pude contener mi alegría cuando escuché con atención el contenido de dicha conversación. Tras colgar Roberto el auricular, tuve la agradable sensación de que por fin se empezaba a alcanzar un poco de justicia.

Aunque mis expectativas habían mejorado, al haber logrado dar mi primer gran golpe con la rescisión de su contrato, la rabia más exasperante volvió a rebrotar en mí. La explicación era muy sencilla. Cuanto más deprimido le observaba, más apoyo recibía de mi amada Carolina. Debía ser que la influencia de este traidor sobre ella era tan enorme que incluso en las horas más bajas continuaba teniendo ascendiente sobre mi adorable dama. Como yo no podía hacer nada para hablar con mi esposa a fin de convencerla de que él había sido el causante de mi muerte, me sentía impotente y frustrado al no ser capaz de mostrarle la verdad de los hechos acaecidos.

Sin embargo, mi empeño era fuerte. Tras conseguir su destitución por el gerente, mi motivación no desfalleció. Me armé de valor y haciéndome la promesa de seguir intentándolo, centré todos mis esfuerzos en manipular como fuera la mente de mi excompañero. Examiné cómo su despido de la empresa le estaba marcando como una herida que no deja de supurar y de doler, sobre todo por la forma incomprensible en que se había producido. ¡Qué estúpido! ¡Qué poco sospechaba que su antiguo colega llamado Eusebio y al que había engañado, era el que estaba detrás de su hundimiento laboral! Bien es cierto que yo ya no pertenecía al plano físico, pero él iba a pagar un precio cuantioso por su alevosa actuación.

En las siguientes jornadas me encargué por todos los medios de aumentarle su sensación negativa, especialmente cuando se despertaba por las mañanas. Le insistía para que se sintiera un fracasado, para que se mentalizara de que nunca más volvería a encontrar trabajo y que había sido expulsado de la compañía por su falta de control de impulsos, por su escasa tolerancia a la frustración, por hablar más de la cuenta ante su antiguo jefe, por insubordinación… Ja, ja, ja… Todos esos mensajes se los machacaba una y otra vez en su cabeza al igual que el martillo del herrero percute sobre un yunque. Cada vez me notaba más orgulloso de mi cometido, de esa especie de veneno maligno que trataba de inocular en sus pensamientos a cada momento a través de mis maliciosas palabras y comentarios.

La amargura y el abatimiento de Roberto fueron creciendo conforme transcurría el tiempo. Este cruel personaje que había roto mi matrimonio y que me había llevado a la inconsciencia de la bebida para perecer en un accidente de tráfico, estaba recibiendo su propia medicina. Él había regado y abonado la planta de la discordia entre Carolina y yo y era lógico que empezara a sentir en sus carnes parte del sufrimiento que había ocasionado en los demás. Tras unos días de relativa calma, observé cómo mi víctima tomó renovados bríos y se juró a sí mismo salir a la calle y buscar a toda costa un nuevo puesto de trabajo. Lo cierto es que hasta ese momento había resultado un buen empleado y sus sólidos conocimientos de economía le habían supuesto múltiples beneficios y el elogio de sus antiguos encargados.

Como era lógico, a mí me favorecía que él permaneciera en el paro a fin de que sus energías se fueran consumiendo poco a poco, al no poder realizarse ni tener éxito en la esfera laboral. Me interesaba sobre todo que su autoimagen como alguien marginado y sin posibilidades se fuera consolidando cada vez con más intensidad. No obstante, confieso que en aquella época las sensaciones resultaban contradictorias en mi interior. Pese a los avances logrados respecto a mi objetivo final de destruirle, había oportunidades en las que la desazón se apoderaba de mi ser hasta hacerme explotar. Por ejemplo, saber que iban a tener relaciones sexuales me ponía de los nervios. Yo no podía ser testigo de tan vituperable acto ni tampoco asistir a ese tipo de escenas, pues lo consideraba una grave falta de respeto hacia mi persona. Además, lamentablemente, no podía hacer nada por evitarlo. Esta era la razón por la que en esos momentos optaba por retirarme al jardín de mi casa o darme una vuelta por los alrededores con tal de no escucharles. Imaginarme esa secuencia en la cama, visualizar a mi dulce Carolina en brazos de tan indigno protagonista me producía arcadas y una incontinencia emocional en la que mi espíritu se tensaba y sudaba sangre de la rabia que sentía.

…continuará…

 

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