En defensa del romance espírita (y II)

Aunque seguramente me he dejado en el tintero alguna crítica más, creo que he citado las más importantes de entre todas las que atravesaron mis oídos. En este sentido, mi opinión personal es la de que el romance espírita puede servir de complemento ideal, que no sustituir, a todo aquel que desee profundizar en el análisis y estudio de la Doctrina. Creo que es hora de admitir un matiz importante: hay compañeros que no solo buscan en el Espiritismo una serie de principios fundamentales debidamente razonados y explicados sino que también gustan de leer relatos en los que más allá de la enseñanza magistral, desean encontrarse con historias cercanas, dramas que de alguna forma les resultan familiares por su contigüidad, o porque de algún modo residen en algún punto de sus recuerdos inconscientes bien de esta o de anteriores existencias. O porque de alguna manera, la raza humana comparte muchas preocupaciones comunes que la han hecho distinguirse como tal: el nacimiento, la muerte, las relaciones familiares, las enemistades  ancestrales, los odios, las envidias, las pasiones, las caídas y los ascensos  sociales, la riqueza y la pobreza, el poder, los abusos, la locura, las  enfermedades y cómo no, el factor que más une a los habitantes de este
pequeño planeta llamado Tierra, el amor.

Si a ello le añadimos, que en ese tipo de textos siempre se hallan presentes conceptos esenciales tan conocidos como el de la comunicación con los espíritus, los médiums, el fenómeno de la reencarnación, la intervención de las leyes de causa y efecto y del progreso, la discusión sobre la evolución intelectual y moral del hombre, la descripción de la otra dimensión, el más allá de las criaturas tras su fallecimiento, la estrecha relación entre encarnados y “desencarnados” y por supuesto, la vinculación existente entre el ser humano y su Creador, habremos completado un perfil bastante aproximado del carácter inherente a ese tipo de obras.

Como expongo a todos aquellos que me conocen o que me preguntan por esta cuestión, bajo mi punto de vista, el romance espírita es algo hasta sencillo de definir: una historia o un relato de algo que ha sucedido y que se halla pleno de dramatismo y de interrelaciones entre personas de carne y hueso como nosotros y los espíritus. Atendiendo al nivel evolutivo en el que todavía nos desenvolvemos, yo me pregunto, ¿qué es la vida sino un drama, un proceso de constante interacción entre el plano físico y el invisible, un intercambio incesante entre almas, unas con sangre circulando por sus venas y otras liberadas del peso de la carne? ¿Qué es la existencia sino un firme proceso de autodescubrimiento, una tenaz actualización del socrático “conócete a ti mismo”, un camino perseverante de aprendizaje en el que se mezclan las caídas con los levantamientos, un viaje en el que el sujeto debe aprender a erguirse para retornar a su andadura de progreso?

Los moradores de este planeta retornan una y otra vez al vientre de sus futuras madres concedidas en préstamo divino. ¿Acaso no reiniciamos nuestro trayecto donde lo habíamos dejado desde que inhalamos nuestra primera bocanada de aire nada más romper a llorar tras abandonar el útero materno?  ¿Acaso no reemprendemos nuestra ruta desde que exhalamos nuestro poster suspiro y entramos en esa conocida turbación, más o menos larga o penosa acorde a los méritos acumulados en nuestra última existencia? Subsistimos por tramos ordenados en los que se alternan las vivencias como espíritus y como almas asociadas a un cuerpo. Llevamos acumuladas a nuestras espaldas experiencias de años, siglos o tal vez milenios. ¿Qué es la vida del ser humano sino un minúsculo grano de arena extraído de la inmensidad que supone la extensa playa de todas las criaturas concebidas por Dios?

En el punto tercero del “Dicionário Priberam da Língua Portuguesa” se recoge la siguiente definición del romance: “narraçao em prosa, de aventuras imaginárias, ou reproduzidas de realidade, combinadas de modo a interessarem o leitor” (creo que no hace falta traducir al idioma español).

Pues bien, con todo lo dicho hasta ahora, me atrevo a afirmar lo que sigue: construyamos nuestra casa sobre buenos cimientos, asentemos nuestra morada sobre fuertes pilares para que se cumplan las palabras de Jesús, aquellas que hablaban del hombre sensato que edificó sobre roca y cuya casa no se derrumbó cuando cayeron las lluvias y soplaron los vientos (Mt. 7, 24-27). De este modo, ese lar levantado sobre el soporte de los buenos conocimientos permanecerá para siempre. Esta imagen sugerida equivaldría a introducirnos en el Espiritismo a través de sus fundamentos, los mismos que el Espíritu de Verdad y sus colaboradores proporcionaron al maestro de Lyon. Empezando así, jamás nos equivocaremos.

A continuación, alcemos sólidos muros sobre los que se apoyen todas las estructuras y fabriquemos resistentes tejados bajo los que cobijarnos. En esta operación incluiríamos la investigación de las obras inmortales de autores de la talla de Bozzano, Denis, Flammarion, Amalia Soler, Crookes, Wallace, Delanne, Quintín López, Dickens o hasta el mismísimo Víctor Hugo, por citar algunos muy conocidos.

Por último, una vez finalizado el proceso de cimentación y de estructuración de la vivienda, nuestros esfuerzos se dirigirán a acondicionar la bella mansión erigida en el interior de nuestra alma. Para ello, qué mejor que adecentarla con los más bellos muebles, utensilios y demás complementos. De este modo, adquiriremos los elementos y objetos más hermosos pero al tiempo los más prácticos, aquellos que aseguren que nuestras condiciones de vida en el interior de nuestra recién construida casa sean las óptimas.

Como resulta obvio, no puedo enumerarlos a todos porque me perdería en medio de tantos nombres y títulos. Por este motivo, solo mencionaré los ejemplos purificadores que constituyen las obras de los dos gigantes del Espiritismo más contemporáneo: el uno, continúa con su ingente labor desde la espiritualidad, Chico Xavier, y el otro, todavía mantiene su vitalidad a pie de obra terrenal, Divaldo Pereira. Con sus escritos inspirados, contamos con un inmenso material de estudio de incalculable valor, un auténtico tesoro de sabiduría por redescubrir cada vez que se lee. De este modo, habremos completado la tercera y última fase de arreglo de nuestro querido hogar.

Así pues y respetando todas las opiniones vertidas sobre este asunto, yo digo: ¿por qué renunciar a erigir nuestro templo sobre la más robusta base, con las mejores piedras y tejas y adornarlo con el más bello mobiliario? ¿Quién de entre nosotros pudiendo prosperar se conformaría con chapotear en la mediocridad, con permanecer en las aguas del estancamiento, con la parálisis que impide un sano avance moral e intelectual? ¿Por qué abdicar del estudio de unos textos tan intensamente vinculados con la Doctrina?

Insisto por si todavía no me he explicado lo suficiente: la función del romance no es la de sustituir el estudio de la Doctrina kardeciana sino la de complementarla. Solo eso, ni más ni menos. Los que deseen encontrar la perfección en un libro van a quedar decepcionados porque sencillamente no existe, aunque bien es cierto que hay obras que se aproximan a ese concepto como las ya enumeradas de la Codificación.

Solo la propia persona puede poner límites a su crecimiento o frenar su avance cayendo en el anquilosamiento. ¿Dónde están la ilusión por renovarse, la esperanza por la reforma íntima o como decía Kardec, el ansia por la propia transformación moral, o sea, la señal más evidente que nos identifica como espíritas? Es evidente que Dios creó a todos los espíritus sencillos e ignorantes, lo contrario sería poner en duda su ecuanimidad, pero no es menos cierto que a todos nos dotó de una maravillosa cualidad: la libertad de elegir la velocidad de nuestro progreso, a fin de superar ese vacío de conocimientos y de virtudes morales con el que inauguramos por primera vez nuestro peregrinaje.

Precisamente por ese motivo, por el hecho de que vamos aprendiendo reencarnación tras reencarnación, prueba tras prueba, acumulando experiencias en el zurrón que portamos, es por lo que yo, hoy y aquí, defiendo la vigencia y la validez del romance espírita. No estoy dispuesto a desistir ni a apartar de mi vista esas historias que versan sobre la vida misma, la de aquí tan palpable y la del más allá tan intangible pero tan real. Doy mi más firme apoyo a esas crónicas de nuestro día a día y que desde mi mesita de noche y antes de cerrar mis ojos físicos, tantas buenas enseñanzas me han aportado. Su lectura ha estimulado mi desarrollo y me ha ayudado a profundizar en la prístina sabiduría que hace ya bastantes años me deslumbró en cuanto mis manos hojearon las primeras páginas de “Le livre des esprits”.

Muchos romances han sido editados. Yo, en vez de lamentar esa suerte, me alegro de ello pues creo que es de inteligente saber separar el grano de la paja. La perfección, entendida como concepto absoluto, no existe salvo en Dios. Todo es susceptible de mejora (menos mal, qué alivio). Esta es la razón por la que me gusta escoger qué tipo de obra y a qué autor leer. El Creador nos regaló para ello un valioso instrumento: la razón. Ah, sí, siempre la razón. Sea por tanto mi conciencia y la vuestra, queridos amigos, la que decida qué libro analizar y no la imposición dogmática de algunos que dicho con todos los respetos, se creen en posesión de la Verdad. Dios mío, yo te pregunto ¿es posible que los paladines de la apertura mental en la Doctrina se constituyan en los más firmes apóstoles de la intransigencia? Mientras tanto, mantengo mi devoción por el Espiritismo, voy a seguir estudiando sin descanso las enseñanzas de Kardec y la de otros autores espíritas y por supuesto, pienso continuar escribiendo romances, eso sí, con la inestimable ayuda de los buenos espíritus.

P.D. Por cierto, ya podemos llenar nuestras cabezas de todas las obras de Kardec, de sus seguidores y de miles de romances, que mientras que no cambiemos por dentro, de nada nos servirá. De todos resulta conocido que las palabras se las lleva el viento pero que los hechos permanecen, afirmación que nos advierte del peligro de llenar la mente de conceptos sin su traducción al campo de la acción. Por algo afirmó el Maestro de Nazaret que “por sus obras los conoceréis” (Mt 7, 15-20), situando a la misma altura el amor a Dios y al prójimo (Mt 22, 36-40). Por si fuera poco, Pablo nos lo volvió a recordar en su Carta a los Romanos (Rm 13, 8-10): “el que ama al prójimo ha cumplido la ley. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”. Esto me demuestra, en definitiva, que entre los espiritistas existen debates más importantes que la conveniencia o no de leer romances.

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