María, vencedora de las lágrimas

María, María, caminando hoy por el bosque, rodeado de árboles caducos que confían sus hojas al sendero que piso y recordando la constante transformación de todas las cosas que vemos y sentimos, incluidas las criaturas humanas, me acordé de ti. No importó que estuviera rodeado de la más bella Naturaleza ni que el aire resultara tan puro; de repente, aunque continuaba mi trayecto solitario por un paisaje de ensueño, fui transportado a una habitación oscura donde un pequeño tragaluz aportaba a la estancia la claridad justa para no permanecer en la ceguera.

Instintivamente, me senté sobre el suelo, crucé mis piernas y dirigí mis sorprendidos ojos hacia el destello blanquecino proveniente de aquella reducida ventana, situada tan alta que casi tropezaba con el techo. Desde la tranquilidad de mi postura, supe desde mis adentros que anhelaba hablar contigo, pues tienes tantos oídos escuchando como poros en tu piel de algodón; son los nobles espíritus que cooperan tiernamente bajo tus directrices, a la espera de cualquier voz que pida auxilio en un mundo ahogado de constantes sombras.

María, María, debes perdonarme, te pido mil disculpas y aún más, ya que durante mucho tiempo no sabía dónde estabas ni qué hacías y por ello te ignoré desde mi inconsciencia. Fueron tantas primaveras bajo el peso de la tradición, que al pensar en ti ya no distinguía entre tu esencia y la voluntad de aquellos que pretendían nombrarte bajo el prisma de sus propios intereses. Pasearon por tantas esquinas tu silueta y te apodaron de tantas formas, que yo simplemente no acertaba a percibir tu verdadera condición pues mi racionalidad concurría en las antípodas de lo que escuchaba sobre ti.

No fue hasta hace unos años cuando conocí de boca de gente sabia, quién eras y a qué te dedicabas. Lloré entonces de emoción; de tristeza, por mi desgana al no haber apartado antes el tenue velo que retiraba de mí tu blanca luminosidad. De júbilo, porque a pesar del tiempo transcurrido, había descubierto la figura de alguien tan noble y elevado como tú que endulzaría todas las amarguras de mi venidera senda. Tal es la potestad de tu presencia, que con tan solo imaginar la sonrisa de tus delicadas manos señalando nuevos rumbos a los que te llaman, me siento tan pleno como un niño abrazado por la mirada almíbar de su madre.

De bienaventurados labios, oí decir tan grandes cosas de ti que me puse a palpitar de arcoíris sentimientos. Tú, la que albergaste en tus entrañas a la más grande criatura que haya conocido este tosco planeta; tú, que debiste acariciar, mimar y amamantar al ser más sublime que hayan parido los tiempos; tú, que debiste enjugar océanos de lágrimas al contemplar cómo el ser que era carne de tu carne te decía en el paroxismo del madero “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y a Juan, “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). ¿Acaso alguien en la crónica de los pueblos ha podido lanzar al eco de las montañas enseñanza tan sublime justo antes de expirar?

María, María, ¿cómo iba Dios a confiar la misión de llevar en su seno al perfecto niño a alguien que no tuviera tus méritos? ¿Quién, si no tú, conoce el motivo de tan celestial encargo? Dime, por favor, ¿quién te anunció tan maravillosa noticia, la que cambiaría el discurrir de las naciones y el transitar del ser humano por la Tierra? Cuéntame, rosa del desierto, ¿cuál fue tu gesto al recibir la novedad de tu encomienda? ¿Cómo brillaban las pupilas de Jesús cuando te reveló que dormiría nueve meses tan cerca de tu alma?

María, eres rocío de primavera en una mirada que destila gotas de amor. Siendo tú embajadora del Reino de los Cielos, elegiste viajar a la delegación del inframundo, allá donde las tinieblas fantasmales habitan por doquier. Supe que en esa región bajo tu autoridad abunda la sordera indiferente, la de aquellos que no quisieron aceptar sus pruebas, los que quebraron el tronco de sus sufrimientos cortando el lazo fatídico que les unía con el traje corporal. Pero ¿no oísteis que Dios no otorga a ninguno de sus hijos más pruebas de las que pueden soportar?

María, María. ¡Qué duro debe ser trabajar con los que enmudecen las palabras! Y sin embargo, no hay instante en tus horas en los que tus dulces ecos de auxilio no circulen por las cavernas de los abismos, de las simas creadas por los que se arrojaron hacia ellas cerrando sus ojos a la claridad. Mas el Creador desea envolverlos con su afecto y a través de ti, tiende su brazo redentor para todo aquel que retire sus manos grises de sus oídos de piedra, pues nuestro Padre no nos cierra puertas sino que nos las abre, para que su luz transformadora traspase a cada una de sus criaturas, estén donde estén, hicieren lo que hicieren. Esta es la verdadera misericordia de la que hablaban nuestros ancestros, la que tú pregonas con tu boca de miel.

Benditos sean tus obreros cualificados, los que descienden a las grutas más profundas del reino de tu jurisdicción. Ellos, al alumbrar con sus antorchas la noche de las almas, proclaman a los cuatro vientos que la oscuridad ha sido vencida, pues la caridad divina no realiza distinciones entre las comarcas por las que discurre. ¡A todos alcanza! Mas hay que abrazar la dignidad para girar un rostro ciego y pétreo hacia la luz que despiden tus emisarios. Y es que incluso en los territorios más tenebrosos y distantes, opera la ley que otorga el libre albedrío a sus habitantes, sin excepciones.

—“Saliste del sendero de la vida porque así lo decidiste. Tuya es la elección de retomar el camino” —manifiestan de viva voz tus nobles mensajeros.

—“Ora hermano, yergue tu semblante, tu voz dirigida al Señor de los cielos te ha liberado de la ciénaga de tus culpas” —susurran con dulzura tus artesanos del rescate.

María, María, ¿cuántas expediciones que rompen opacas servidumbres organizas cada día? ¿Cuántos seres que dejaron el dolor esparcido entre sus más fieles son recuperados de valles tan profundos? Cirujana de las almas, docta médica, humilde galena. A solas, en esta habitación de penumbra adonde he sido conducido, pero contemplando sin cesar el rayo de esperanza que penetra por el estrecho tragaluz y que se fija en mi frente, alcanzo a comprender la verdadera magnitud de tu misión. Tú no moras en catedrales, ni en pinturas, ni en las tallas que algunos mecen como si los espíritus como tú pudieran atraparse entre los dedos de las manos. Tú te hallas en los templos que constituyen los corazones de los hombres y tu consulado se extiende entre todos aquellos rotos de dolor, los que ansían en lo más hondo de su esencia ser auxiliados por la compasión de tu sonrisa.

María, María, hija adelantada de la evolución, me dirijo a ti desde esta estancia que flota en el ambiente de mi pensamiento. Pronto volveré a escuchar el sonido de mis pasos dejando huella entre la hojarasca de este bosque que descansa en el invierno. A mi memoria llegan las alentadoras palabras de Jesús: “Llamad y se os abrirá”. ¿Las recuerdas? Yo golpeo hoy suavemente con mis nudillos las puertas que componen la entrada a tu presencia y al tiempo, le pido al Padre que te bendiga por tus obras, por tu historia, por tus intenciones.

María, María, embajadora de la luz más purificadora, no te alejes de nosotros. Regreso a mis andares e inclino mi alma como señal de respeto hacia ti, vencedora de las lágrimas.

 

3 Replies to “María, vencedora de las lágrimas”

  1. Querido amigo José Manuel,seu texto" Maria, vendedora de lágrimas"é maravilhoso e emocionante.Que Deus te ilumine sempre em sua jornada.Um abraço de Ilka Igdal Almeida.

  2. Caro José Manoel Fernandes, gostei da leitura de seu texto 'Maria Vencedora de lágrimas'. O texto me lembrou um livro que li ano passado(Memórias de um suicida). Que Deus o abençoe nesta jornada, sucesso e parabéns pela iniciativa. Abraço, Maria Josete.

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