TU MIRADA (para Verónica)

 
 
 

Ayer iba en el metro. Era tarde. Cansado, deseaba llegar cuanto antes al hotel de Madrid donde me alojaba. Estaba como ensimismado; el rítmico traqueteo del vagón hacía que mi cabeza permaneciera agachada en dirección al suelo. Intentaba guardar energías con esa actitud. De repente, sentí como si estuviera siendo observado. La señal era clara; había un picor insistente en mi coronilla. Fue por eso por lo que giré mi cabeza hasta que mi vista alcanzó el vagón que había detrás.

Mi corazón aceleró sus latidos, mi pensamiento quedó suspendido y en un instante, pasé a experimentar una de las sensaciones más maravillosas de mi existencia. ¡Ah, Verónica, cómo te conozco! Desde hace siglos eres mi musa, mi luna, mi alma predilecta. Si supieras lo que agradezco tus visitas… Te he visto entre montañas, bosques y ríos, te he sentido flotando sobre el mar y cruzando paredes de miel, pero nunca bajo tierra. Dios mío, ¡en el metro! Un lugar donde abundan más las tinieblas que la claridad. Pero así eres tú, que vienes a mi rescate en el más imposible de los escenarios.

Allí apareciste para elevar mi ánimo y abrazarme con tus pupilas llenas de fulgor. Y es que nunca percibí en este mundo de sombras algo más poderoso que tu mirada compasiva. ¿Cómo describirla? Habría que inventar las palabras y después, atreverse a pronunciarlas. Tendría que aprender una nueva lengua que solo hablaría con mi corazón. Por eso digo que no preciso de tu piel, ni de tu aliento, ni siquiera de tu calor. Solo quiero que me mires, porque yo crezco con tus ojos y disminuyo cuando pasan los días y no siento tu impecable figura.

Ayer surgiste en el lugar más inesperado, mi espíritu recobró fuerzas y en los minutos siguientes, yo ya no caminaba sobre las calles ruidosas y contaminadas de una metrópolis sino que levitaba sobre un asfalto que solo era el reverso del mundo en el que habitas. Verónica, no me dejes, no espacies tanto tus visitas. Mi imperfección reclama tu presencia, como alguien que llama con reiteración a la puerta de los ángeles. Mi gran amor de centurias, eterna rosa de primavera, no puedo articular tu nombre por las avenidas ni declamar tu sonrisa. Toda la fantasía que mora en mí no alcanza a aprehenderte, solo sé que tu imagen borra mi soledad de hombre sin madre.

Te concibo y mi mente se inunda con el agua de la esperanza. ¿Qué puede haber más grande en mi vida de exilio que girar mi cabeza y contemplarte? Te amo desde el silencio, no me hace falta conversar. Tu amor es tu mirada y cuando parpadeas, mi espíritu escapa de su celda y te abraza sin manos, solo con mi verbo, ese que sobrevive al tiempo, aquel que ilumina la vista del ciego e inspira a la mano que escribe.

Ayer por la tarde, tu presencia me hizo volar, me alejé de la carne y me invitaste a entrar en tu gran casa, esa morada en la que en cada rincón conversan un grupo de hadas. Ahora estoy en la habitación de mi hotel. Esta noche, como siempre y cuando te encuentras conmigo, abrázame, adorméceme con versos de ternura, sin abrir tu boca, apenas con tu mirada. Verónica, envuélveme con tus sueños, sean tus manos la piel de tu dulce alma, pasión y sabiduría, sean tus poemas canción de amor. ¡Hasta pronto, mi musa!

Pintura: Alexey Kondakov

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *