¿Un Espiritismo sin Jesús? (y II)

No hay manera de desmontar ninguna de sus enseñanzas. Y es que da la impresión de que algunos, en su afán de acabar para siempre con los tintes religiosos de la humanidad, están dispuestos a arrasar con la doctrina del ser más extraordinario que hayan contemplado las aguas de los océanos y las cimas de las montañas. ¡Y eso que el Maestro no fundó ninguna religión!

Mas no nos confundamos. Jesús no descansa sus espaldas sobre ningún trono, ni exige adoración ni sacrificios en su nombre. Debe resultar un fenómeno curioso contemplar la sonrisa exhibida por él cuando observa los rituales que en su nombre efectúan muchos hombres sobre la superficie de este planeta. Es la estrecha mente humana, gobernada aún por los impulsos salvajes del pasado, la que ha tergiversado y apostado por las mayores aberraciones sirviéndose para ello del contenido de una obra en la que solo se aprecia la compasión para con el prójimo. No deja de ser algo paradójico, pero admitamos que muy propio de los espíritus atrasados que han dejado su huella sobre la Tierra.

Algunos pretenden reescribir la historia a través del alejamiento o la separación de la figura de Jesús. Pero el pasado no puede ser modificado. Tan solo se extraen de él las lecciones necesarias para no incurrir en más errores en el futuro. Esto sería similar a la interpretación que alegan aquellos que niegan la existencia de Dios porque el mal existe sobre el mundo. Como si el ser humano no tuviera voluntad para tomar las decisiones adecuadas a sus propósitos. ¿Cabe atribuir a Jesús alguna responsabilidad porque el hombre haya dañado o matado a otros en su nombre? ¿No sería mejor arrancar las páginas de aquellos libros donde se registran tales fechorías para que nuestras conciencias durmieran más tranquilas en el seno de la ignorancia? El Maestro hizo del amor a Dios y al prójimo su mandamiento principal. ¿Cómo vamos a pretender desvincularnos de sus sabias enseñanzas porque algunos o muchos se hayan servido de su pedagogía para consumar sus retorcidas metas?

Y digo yo ¿cómo es posible desligar al Espiritismo de la personalidad del Maestro si aquel edifica sus cimientos sobre el mensaje, la vida y la predicación del galileo? ¿Qué decir de aquellos que buscan prescindir de la oración porque se la asocia al fenómeno religioso? ¿Qué es la oración sino saber hablar con Dios, con Jesús o con los espíritus? No. No puede eliminarse esa comunicación porque fue el propio hombre de Nazaret el que nos propuso la más bella plegaria que hayan contemplado los tiempos. “Padre nuestro que estás en los cielos…”. No. No pienso borrar de mi pensamiento la imagen de Jesús porque algunos hombres hayan creado mucho después una religión con base a sus preceptos.

Hasta los mismos espíritus nos advirtieron en la pregunta número 3 de “El libro de los espíritus” de la pobreza de nuestro lenguaje por resultar este insuficiente para definir las cosas superiores a la inteligencia humana. Por desgracia, hasta nuestra penuria moral e intelectual se traduce en las trabas que provocan unas palabras que según quién las escuche pueden interpretarse de múltiples maneras. ¿No sería mejor ponernos de acuerdo con respecto a las mismas para evitar conflictos innecesarios provenientes de nuestras debilidades? ¿No son los principios del Maestro los más adecuados para aglutinar voluntades y caminar juntos en vez de estancarnos y lanzarnos golpes a causa de la pretensión orgullosa de quedar por encima del hermano?

¿Quemamos también los Evangelios en la plaza pública para permanecer más satisfechos al igual que hizo el obispo de Barcelona en 1861 con los primeros textos espíritas? Después de todo, los Evangelios contienen la obra y vida de Jesús, aunque algunos los hayan utilizado para fines espurios.

El Maestro no cierra ninguna puerta ni limita el alcance de la Doctrina en el corazón de los hombres. Su presencia abre todas las entradas por donde se cuelan aquellos que se preguntan por el sentido de la vida. ¿Cómo iba él a ignorar nuestra naturaleza imperfecta? Resulta imposible, simplemente, porque él pasó por todas nuestras vicisitudes y etapas de crecimiento, porque sintió en el pálpito de su alma todas las oscuridades, dudas y luchas por las que nosotros hemos atravesado y habremos de atravesar. Algún día lejano llegará nuestro turno. Mientras tanto, cada cual es libre de imprimir mayor o menor velocidad a su peregrinaje, pero no cabe duda de que Jesús, con su misión entre nosotros, puso nombre a esa ruta del conocimiento y de la ética por donde todos hemos de transitar en avance victorioso por el discurrir de la evolución. Aunque haya quien piense lo contrario, él es uno más entre nosotros y ondea al recibirnos la bandera de la sencillez y la humildad. ¿Cómo el Padre en su infinita sabiduría iba a otorgar a alguno de sus hijos trato de favor? No. Jesús tiene lo que se merece, lo conseguido por su propio esfuerzo, al igual que nosotros contamos con idéntica posibilidad. ¿Existe aseveración más justa y reconfortante que esta?

Quienes ansían reformar tanto el pasado nos dejan un presente vacío, huérfano de la enseñanza sublime aportada por el Maestro. Si lo que procuramos es alejar al Espiritismo del fenómeno religioso a cualquier precio también llegaremos a prescindir de Dios. ¿No se sitúa al Creador en el centro de casi todas las religiones? O ¿por qué no de la reencarnación? ¿Acaso no se halla vinculado este concepto con muchas creencias religiosas? Me temo que estamos asociando irremediablemente la palabra religión a los rituales, al culto, a una jerarquía de hombres. ¿Cuándo habló el carpintero de ceremonias o de ritos? ¡Si hasta nos aconsejó que habláramos con el Padre desde la profundidad de nuestros corazones y en la habitación más íntima! (Mt. 6,6) Podemos desmantelar todo en un frenesí transformador, pero nunca podremos borrar ese instinto o tendencia que yace en la conciencia del hombre. Esta no sabe mentir porque Dios la introdujo dentro de nosotros cual chispa que empuja al individuo por el buen camino, a pesar de sus continuas caídas. Es esa intuición más o menos manifiesta que nos impulsa a pensar que estamos en la vida para algo y que esta tiene un sentido último, más allá de las apariencias y que no es otro que la evolución. Claro que el Espiritismo no es una religión, al menos de formas, pero en su esencia no puede negarse que comparte con las mismas su fin último y que no es otro que acercar al ser a Dios a través del perfeccionamiento en su camino intelectual y moral.

¿Cómo se puede avanzar entre las tinieblas de este tosco mundo sin la luz que alumbra nuestra senda, sin el faro que impide un naufragio seguro en la tempestad de las pruebas por las que hemos de surcar? ¿Alguien es capaz de imaginar a un Dios misericordioso abandonando a su “suerte” a sus hijos, a esas mismas criaturas exhaladas de su propio aliento? ¿Para qué iba a venir entonces Jesús al mundo sino para indicarnos el desenlace, la finalidad de la existencia humana? El propósito en la misión del Maestro no podía entrar en contradicción con las directrices divinas, al igual que resultaría un contrasentido querer aislar a una Doctrina como la espírita de sus fundamentos y que no son otros que las enseñanzas del nazareno. Pero ¿con qué religión vamos a enfrentar a la Doctrina? No precisa de ello. Sus postulados resultan tan clarificadores que cuando sonescuchados, iluminan hasta los pasos más ciegos y calman la ansiedad del ser más atribulado. Detengámonos a reflexionar. ¿Qué expresión saldría por boca del Maestro si fuera convocado a una reunión con líderes judíos, cristianos, musulmanes, hinduistas, budistas…? ¿Acaso no los abrazaría a todos? ¿Alguien de verdad puede llegar a pensar que trataría de convencer a los otros para que se acercaran a su discurso? Queridos hermanos: Jesús es el camino porque en la palma de sus manos se halla inscrita la Doctrina. Procede de él, tanto como sus palabras que hicieron temblar los cimientos de este mundo. Insisto ¿cómo entender al Maestro sin el Espiritismo?

¡Ay, amigos! Empecemos por desvincular al Espiritismo del alma más perfecta que haya pisado este planeta de pruebas y expiaciones, después quitemos a Dios por las connotaciones religiosas tan evidentes que posee y quizá acabemos por apartar hasta al mismísimo Kardec, ya que sus postulados también nos molestan, sencillamente porque sus escrituras proceden de un siglo decimonónico y victoriano ya anticuado, ya superado. Así, llegaría el instante en que ya se habrían dado todos los pasos: elaborar una nueva doctrina o como se denominara, pero limpia de su sentido original, aquel que se conserva desde la noche de los tiempos porque se trata de una filosofía intemporal, la que habla del amor, pues este jamás pasará de moda. Así es justo reconocerlo: el Universo fue creado por un acto de amor, es su seña de identidad. Bien está remozarse, pero siempre y cuando lo nuevo supere a lo establecido. No me gusta lo que voy a decir pero al final tengo que recurrir a un símil de otros ámbitos: “lo que funciona, no se toca”. ¡Y vaya si funciona!

¿Un Espiritismo sin Jesús? ¿Qué nos quedará entonces? Yo os lo diré: un nuevo “libro de los espíritus” producto del orgullo humano, fruto de los renovadores de la nada. A quien le atraiga la idea que levante el brazo. Nadie puede anular nuestra capacidad decisoria. Conmigo que no cuenten.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *