El día de los muertos (II)

Lo primero que hice fue fijarme en una estrecha vereda que apareció ante mi vista. Llamó tanto mi atención que anduve unos metros y me interné a lo largo de ella. Al poco, comprobé la presencia de una abundante y espesa vegetación y de múltiples recovecos que le daban a aquel camino una apariencia siniestra. De repente, me llevé un susto tremendo. Una mano que juraría no sabía de dónde había salido me agarró con fuerza de la rodilla, por lo que tuve que efectuar varios tirones con la pierna para desprenderme de aquella “zarpa” que me pinchaba hasta lastimarme.

—¡Ayúdame, extranjero! —exclamó aquel hombre de forma semihumana que intentaba una y mil veces levantarse del suelo sin conseguirlo—. Estoy condenado a arrastrarme por el barro toda la eternidad. Por favor, las llagas consumen mi piel de reptar tanto por esta maldita tierra. Los bichos, los insectos de la vegetación se me pegan a la carne y no puedo librarme de ellos, me despellejan. Es agobiante… piedad, piedad… por favor… señor…

—Pero, buen hombre ¿qué fue lo que hiciste para verte en esta terrible coyuntura? —pregunté a aquella criatura casi desollada.

—¡Ay, si yo lo supiera! Ten por seguro que entonces escaparía de esta jungla infernal donde solo puedo hablar con otros seres rastreros como yo. Ah, lo intento pero no puedo pensar, no puedo recordar nada, mi mente se halla embotada y solo veo negrura en mi pasado. Anda, intruso, tú que puedes moverte erguido, cúrame, palpa mi frente y sana mi ayer, por favor te lo pido…

Cuando me concentré en la cabeza de aquel desdichado que besaba mis pies como si yo fuera una especie de ídolo, me di cuenta de que innumerables gusanos blancos se movían por entre sus cabellos. Sentí arcadas y en un acto reflejo salí corriendo hacia delante para quitarme de encima tan repugnante presencia.

Al acelerar mi ritmo me alejé de aquella zona de riesgo, aunque seguí transitando por el mismo sendero. ¡Pasó el peligro, menos mal! – me dije para intentar tranquilizarme un poco tras aquel lamentable episodio. Reinaba en el ambiente un silencio cuando menos escalofriante, el cual fue roto por una voz lamentosa que poco a poco se fue incrementando tanto en volumen como en su tono de queja.

—Perdón, señor, perdón… escúcheme, se lo imploro – se oyó entre las sombras de la noche.

—¿Quién anda ahí? No intentes asustarme al esconderte. Da la cara y muéstrate.

—¡Ah, maldiciones! Usted es forastero aquí y tampoco puede verme. Todos me ignoran al no poder contemplarme. ¡Qué desgraciado soy! Ver sin ser visto. ¿Habrá mayor padecimiento para alguien pensante como yo, que saber que no puede recabar la atención de ninguno de sus semejantes?

—Por Dios, hermano, estés donde estés, ¿tú también olvidaste tu pasado?

Ay, joven, solo recuerdo trazos, fotos, cortos pasajes… Buaaaa, buaaa, buaaaa… – lloró como un crío aquella figura invisible. Ignoré a muchos, desprecié a tantos… pero ¿tan grave fue mi falta? ¿Qué delito cometí? A ver, ¿dónde están mis libros de cuentas? Espero, visitante, que no vengas también a pedirme prestadas unas monedas que algunos ni siquiera me devuelven. Si es así, ya puedes marcharte a tu casa y no molestarme más con tu absurda conversación. No, pero tú no eres de esos, tienes otro aire, un porte más señorial. Acércate, por favor, al menos déjame tocarte, saber cómo es la piel de alguien de fuera que no sufre condena, como yo… hace tanto tiempo que no siento el calor de otro ser…

—¡Aaaaahhhh!… Pero, pero, ¿estás loco? ¿Qué pretendías hacer, salvaje? Me has atacado, has intentado arrancarme mis ojos con tus dedos… menos mal que me he apartado pronto de ti… no te distingo, pero sí puedo sentir tus intenciones traicioneras…

—Claro, estúpido… no quería que escaparas indemne a mi amargura. Si ninguno puede observarme, que nadie pueda ver a nadie… ja, ja, ja… ese es mi lema… Anda, ven, chico, aproxímate… era tan solo una broma… De verdad, ¿creías que te iba a hacer daño? Venga, hablemos de temas más formales como los negocios, ¿necesitas algún dinero? Podemos discutir las condiciones… en serio. Entra conmigo en mi cueva y allí seguiremos charlando como caballeros educados que somos…

Si antes había salido disparado ante aquella criatura animalesca que se arrastraba por el lodo, ahora me esfumé de aquel aterrador sitio como si tuviera alas en mis espaldas, escapando de aquella invisible presencia que enloquecida por su incapacidad para comunicarse con otros y vivir en un insufrible aislamiento, había pretendido dejarme a mí sin ojos, buscando una macabra reparación a sus padecimientos.

Todavía no repuesto del último susto, una mujer con aspecto de mendiga, muy desaliñada y vistiendo harapos se me cruzó en mitad de mi ruta, la cual se parecía cada vez más a una película de terror. Al menos a esta podía verla cara a cara. Pensé en que si intentaba hacerme daño, en este caso tendría más capacidad para reaccionar y evitar su ataque.

—Y a usted, señora ¿qué le pasó? —expresé en tono de desconfianza, por si acaso—. Dios, qué aspecto tan lamentable, pero ¿cómo pudo alcanzar ese estado de abandono, de indigencia? Perdóneme, pero ahora que me fijo, tiene usted unos ojos azules preciosos, como el cielo despejado de la montaña.

—Belleza tuve, riquezas atesoré, mas nada compartí, creyendo que algún día podría faltarme lo justo para sobrevivir. Pero es que mi vida resultó muy dura, muchacho. Nadie me regaló nada salvo la proverbial hermosura con la que salí del seno de mi madre. Una noche, engalanada con alhajas y envuelta en sedas del lejano Oriente, unos seres deformes y sin boca me raptaron a la fuerza de mi hogar y me trajeron aquí. Todavía me pregunto el porqué. Desde aquella infausta fecha, moro aquí con estos andrajos, sin brillos ni espejos en los que mirarme pero siempre entre estas terribles penumbras que me consumen por dentro como la polilla carcome a la madera. Y ahora, ya ves. Aquí nunca amanece, jamás he visto la luz del sol, no me extraña que no haya médicos que puedan operarme para estirarme el cutis o hacerme una cura de rejuvenecimiento. Diablos ¿quién iba a querer trabajar aquí en medio de tanta oscuridad? En cuanto a mi modo de vestir, joven, tienes toda la razón. ¿Y qué puedo hacer yo salvo afligirme? ¿Sabes una cosa? Te contaré un secreto. He perdido la cuenta del número de veces que he intentado no ya despojarme, sino arrancarme esta pestilente ropa de mi cuerpo y jamás he podido. Dios, qué asco, es como si estuviera pegada a mi piel y me resultara imposible desprenderme de ella. Pero, dime, chico, tú eres nuevo por estas tierras. ¿No serás doctor por casualidad? Se te ve con maña y buena planta. Estoy pensando en que quizás tú, si lo intentaras, tal vez podrías quitármelas. Por compasión te lo pido… hazme ese favor…

—Pero señora, yo no sé nada de ese asunto que usted me cuenta…

—Te lo imploro, por caridad…no seas indolente, chico, insensible con mi grave problema… ya no recuerdo los años que llevo vestida con los mismos harapos. ¿Sabes lo que es eso para una persona como yo que brillaba entre las demás por su esplendor? ¿Es que no lo comprendes? Si te encontraras en mi situación, te sentirías desesperado. ¿Acaso no solicitarías ayuda al primero con quien te tropezaras? Cuando me deshaga de esta vestimenta seré una mujer nueva y podré recuperar mi perdida hermosura… Anda, joven, inténtalo solo una vez… al menos… Si no puedes, prometo dejarte en paz para que prosigas con tu camino…

—Está bien, pero un único intento, señora, ya llevo esta noche varias sorpresas de lo más desagradables.

Sin embargo, cuando intenté acercarme a aquella dama de tan deplorable aspecto, un olor nauseabundo, hediondo, me echó hacia atrás, casi desmayándome. Me aparté unos metros y cuando comprobé que la mujer deseaba lanzase hacia mí para abrazarme, como si yo fuera la salvación a sus obsesiones, salí huyendo despavorido a toda la velocidad que pude. Juro que en toda mi vida había percibido un olor tan repulsivo como aquel a carne podrida, capaz de espantar hasta a un hombre curtido en mil batallas.

…continuará… 

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