Por qué me hice espiritista ( y II)

          

¿Fue entonces porque a través de la enseñanza doctrinaria me di cuenta de lo que sucedía tras el óbito? Al retornar al mundo invisible, el espíritu se muestra feliz o infeliz en función del bien o el mal que haya hecho durante su periplo físico. Después, se estudian las causas de esas actuaciones y si estas nos han empujado hacia el estancamiento o por el contrario, han contribuido a nuestro adelanto. En este sentido, la Doctrina aclara como ninguna otra lo que habremos de hacer en nuestra siguiente vida para acelerar nuestro progreso corrigiendo los errores cometidos. Al envolverme en la introspección, me doy cuenta de que no pierdo nada de lo que fui al nacer de nuevo, que esas tendencias acumuladas en el tiempo persisten en mí a la espera de ser reconducidas y que si estas son positivas se mantienen, para que se consoliden y me ayuden a avanzar. Pese a los escépticos, he comprendido por qué no tengo recuerdo de esas existencias pasadas. Al ser la mayoría de ellas penosas, pues vivimos en un mundo de pruebas y expiaciones, es un regalo de Dios no tener esa memoria pues constituiría un pesado lastre sobre mis espaldas que retardaría mi progreso. Al estudiar el Espiritismo me hice libre, en el sentido de que tomé plena conciencia de que yo sería lo que hiciera de mí, ni más ni menos. Y pese a este hallazgo tan genial, no fue por ello por lo que me decidí finalmente por la Doctrina kardeciana.

¿Sería entonces que me hice espírita porque caí en la cuenta de que las recompensas y las penas no eran más que la consecuencia natural de los actos del ser? Fue así como aprendí a distinguir que eran el egoísmo y el orgullo los dos factores más perturbadores de la existencia humana y las dos variables que estaban más presentes en el origen y el mantenimiento de tantas calamidades que nos afligen. También descubrí que la persona poseía frente a estos elementos tan disonantes el antídoto perfecto: la caridad y la humildad. Esos serían los auténticos artífices de un reino de concordia y justicia en el futuro. Así, a través de estas explicaciones, pude comprender cómo el Espiritismo facilitaba a pasos agigantados el adelanto en nuestro quehacer diario, impulsándonos a soportar las pruebas de la vida con paciencia y resignación y entendiendo que la importancia atribuida a los bienes materiales resultaba inversa a la fe en la vida espiritual. De pronto, me di cuenta cómo en el ayer, cuanto mayores eran mis dudas, más me daba a la satisfacción de las pasiones, incluso las que podían perjudicar al prójimo con mis actuaciones. Esta consideración puso su grano de arena en el platillo de la balanza que me inclinó a dirigir mi mirada hacia la Doctrina, pero no resultó suficiente.

¿Fue tal vez el concepto de evolución infinita, el de la comunión universal de los seres, el de la solidaridad? No podemos oponernos al progreso pues se trata de una disposición natural concebida por el Creador. Nadie puede sustraerse a esta ley. Siendo este uno, se subdivide en el intelectual y en el moral, aunque se trate de caminos que no siempre pasean de la mano. Como expresó Kardec en numerosas intervenciones, «sin la caridad no hay salvación» y es precisamente esta la que empuja a la criatura humana hacia su avance definitivo. Es esa caridad del pensamiento que se muestra indulgente con las faltas ajenas, la caridad de palabras que impide dañar al otro o sencillamente, aquella caridad de acciones que permite la asistencia al hermano en la medida de tus fuerzas. Saber, creer y querer. He ahí la clave de nuestra obra, la huella de nuestro paso por este planeta de pruebas. Saber que contamos con recursos a nuestro alcance, creer en que con nuestras acciones podremos influir sobre el mundo que pisamos y por último, querer el bien, dirigiendo nuestras actuaciones hacia los fines del trabajo, la justicia y el amor.

No estamos solos. La solidaridad rige nuestro devenir. Estamos conectados, somos seres en interacción que dependemos los unos de los otros. Hasta la acción más simple influye en los demás y viceversa. Cuando el individuo mejora a través de su labor, mejora también la sociedad en la que se relaciona, el grupo humano en el que se desenvuelve. Al final, siempre nos queda la maravillosa frase que sintetiza todo el saber espírita: “nacer, morir, renacer y progresar siempre, tal es la ley”.

Muy bien, pues incluso considerando los puntos que hemos examinado, con ser consustanciales a la misma Doctrina, constituyendo el pilar sobre el que se asienta todo el saber espírita, ni siquiera en su conjunto sirvieron para convencerme de que estaba realmente ante la filosofía que cambiaría mi vida para siempre. Con el paso de los años y desde la mesura que aporta el paso del tiempo así como los acontecimientos que marcan el destino de una persona, puedo afirmar desde mi más íntima experiencia que el elemento clave que inclinó mi adhesión hacia la Doctrina fue un factor, que como comprobaréis, se halla presente en todos los párrafos expuestos con anterioridad: la racionalidad.

En efecto, fue la razón la que me convenció plenamente de que no me encontraba ante un modelo explicativo más de la realidad, fue la razón pensada y analizada la que produjo un efecto reparador sobre mí que me hizo replantearme por completo todo el conjunto de principios sobre el que me había movido hasta la fecha. ¿Cuál es la máxima herramienta del conocimiento de la que goza el ser humano? En efecto, la razón, y bien sé que el Espiritismo, a diferencia de otras filosofías no me pedía creer sino conocer, me invitaba a llegar a la Verdad a través del raciocinio, no me imponía, simplemente me exponía sus principios y me convocaba a aceptarlos pero solo y en el caso de que pasaran por el tamiz de mi razón. Ese es el hecho clave, pues no vi nunca que los espíritus de la codificación dijeran “cree en lo que te digo porque lo digo yo” sino acepta lo que te expongo si convence a tu razón. Eso sí que fue determinante en mi proceso de admitir los fundamentos de la Doctrina. No creí porque viera o escuchara, creí porque mi razón, conforme iba profundizando más y más en el estudio, me silbaba en el oído el siguiente mensaje: “esto me
convence porque tiene toda la lógica”.

¿Por qué creer en la existencia de Dios porque sí, cuando invocando el principio de causalidad podemos remontarnos a una Causa Primera inteligente que se halla en el origen de todo? ¿Por qué iba a aceptar que este planeta es el centro del Universo cuando mi razón me invita a pensar en que lo más lógico es que existan infinidad de mundos y de habitantes asociados cada uno a un nivel evolutivo distinto? ¿Por qué iba a admitir que solo existe una vida para el ser humano cuando al contemplar las injusticias y los desequilibrios de este orbe observo que todo ello está reñido con la armonía universal que todo lo preside? ¿Cómo iba yo a apoyar que el azar es el factor esencial que sustenta la vida cuando mi razón solo entiende de actos y consecuencias, de acciones y reacciones? ¿Cómo no iba yo a acoger el fenómeno de la reencarnación como aquel que permite explicar con sentido común el amplio camino de progreso que tiene la persona por delante de sí con todas sus caídas y ascensos? ¿Cómo no iba yo a aceptar que la vida continúa tras la muerte física cuando son los mismos habitantes del otro plano los que me dicen: “eh, tú, que sigo vivo, que puedo seguir pensando y sintiendo aunque no tenga cuerpo”? Y por último, desde niño jamás me he conformado con aceptar explicaciones parciales o fortuitas a los acontecimientos del destino. Desde que era un crío, los conceptos de quién era yo, qué hacía aquí y qué sentido tenía la vida, me golpeaban la conciencia hasta provocarme jaquecas. Buscando, investigando, desentrañando, un día conocí la Doctrina o los espíritus me condujeron a ella (o ambas cosas a la vez) y desde entonces, mi racionalidad estalló de júbilo. El oscurantismo, las medias verdades y las dudas se evaporaron y la razón se impuso por su propio peso cuando pude responder con la cara alta a los enigmas que atenazaban mi corazón. Al saber quién era, qué hacía en este plano y hacia dónde iría tras convertirme en polvo, supe que abrazaría el Espiritismo para siempre.

Desde esta tribuna, declaro que mi conformidad con los valores y principios proclamados por la Doctrina espírita es total. Entró en mí a través de la razón y se mantiene en mí por la razón. Si Dios dotó al ser humano de esa capacidad fue por algo. Y si mañana hallo algo mejor que me convenza mediante la racionalidad, lo aceptaré. Mientras tanto, nada más provechoso para terminar que la conocida cita del maestro Kardec: “Fe inquebrantable solo es la que puede encarar frente a frente la razón en todas las épocas de la Humanidad”.

 

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