ESPÍRITUS EN ACCIÓN

© 2018 Foto: Marta Cuesta

Qual é a distância entre a dimensão material e a dimensão espiritual? Não existe, a questão é ilusória; não há nenhuma distância entre os dois mundos, porque eles estão ligados e vivem juntos. Separação só existe na mente dominada pela ignorância. Abra seus olhos e alargue seu coração; a Verdade, vestida de amor, chama humilde à sua porta e entre sussurros, pede entrar na morada da sua alma…

¿Cuál es la distancia entre la dimensión material y la dimensión espiritual? No existe, la pregunta es ilusoria; no hay distancias entre los dos mundos porque están unidos y juntos conviven. La separación solo existe en la mente dominada por la ignorancia. Abre tus ojos y ensancha el corazón; la Verdad, vestida de amor, llama humilde a tu puerta y entre susurros, pide entrar en la morada de tu alma…

—¿Cómo te llamas?

Mi nombre es Rosa.

—¿Por qué estás aquí?

Necesito orientación.

—¿Qué tipo de orientación?

Un buen consejo para tomar una decisión.

—Entiendo. ¿Qué sabes de tu situación actual?

Hace algún tiempo supe que vivía donde tú estás ahora pero a la vez, sabía que no pertenecía a tu mundo…

—Entonces, ¿tienes conciencia de que ya no tienes un vínculo con el plano material?

Vínculo sí tengo, pero creo que he de mirar a otro lugar.

—¿Cómo has llegado a esta situación?

Hace un tiempo era una mujer feliz en compañía de mi esposo y de mi única hija.

—¿Y qué sucedió?

Lo imprevisto. Fue una desagradable sorpresa que devastó mi vida y la de mi familia.

—¿Puedes concretar más?

Yo era joven y me encontraba en plenitud de facultades, pero las toses continuas, una sensación de ahogo y los dolores en el pecho confirmaron lo que nadie esperaba: tenía cáncer de pulmón y yo lo ignoraba por completo.

—¿Fue todo muy rápido?

Más que rápido. Como nunca fumé, el diagnóstico se retrasó y cuando se confirmó, ya fue tarde. El cáncer se había extendido.

—¿Cómo fue el desarrollo de la enfermedad?

No estoy aquí para hablar de eso. Fue doloroso, especialmente porque veía que me alejaba de mi familia. Te aseguro que esa sensación era más perturbadora que la propia dolencia.

—¿Puedo saber a qué te dedicabas?

Desde muy joven mi vocación fue la enseñanza. Me encantaban los niños y siempre quise ser maestra. Fui feliz durante años desarrollando mi labor educativa, era tan reconfortante… pero tuve que dejarlo por mi enfermedad.

—¿Recuerdas algo de tu paso a la otra dimensión?

No tengo problemas en hablar de mi “muerte”. Es curioso que alguien que está muerto pueda hablar y pensar como lo harías tú y que está vivo.

—Ya veo.

Realmente tengo recuerdos vagos. Fui sometida a cuidados paliativos. Fue como despertar de un largo y profundo sueño sin dolor, pero con una sensación desconcertante de no saber exactamente lo que ha ocurrido.

—¿Y qué pasó después?

Multitud de recuerdos acudían a mi mente de forma atropellada. Era como si mi memoria no cupiese en mi cabeza. No podía evitarlo ni tampoco lo pretendía, pues era lo que me mantenía viva. Era como si mi pensamiento hubiese desarrollado una fijación única: permanecer con mi familia. Me sentía tan despierta y tan rebelde ante la idea de mi desaparición que una y mil veces miraba al suelo para comprobar que aún tenía sombra. Eso me agarraba a la vida, pues trataba de buscar un elemento material que me acompañase.

—Sí, el pensamiento se adapta en muchos casos a los deseos y ve lo que realmente anhela. ¿Estabas con tu marido y tu hija todo el tiempo?

Imposible. Había momentos en los que me aburría porque no me escuchaban ni atendían mi mensaje repetitivo acerca de que yo estaba allí acompañándoles.

—Debió ser una dura experiencia.

Así es. La impotencia te domina y la sensación de ser una extraña incluso con los tuyos resulta muy amarga.

—¿Podrías especificar el tiempo transcurrido desde tu tránsito hasta hoy?

No podría, lo siento. No controlo el tiempo “oficial” como el tuyo, solo el de las estaciones o la diferencia entre el día y la noche, pero he perdido las cuentas. Tampoco lo necesito ni me preocupa.

—¿Cómo es tu comportamiento cuando estás con tu familia?

Una vez que tomé conciencia de que no podía intervenir, me dedico a observar y eso me satisface porque una parte de mi ansiedad se mitiga.

—Supongo que ahora me dirás que eso no es una solución a largo plazo.

Exacto. De eso quería hablar. Noto la necesidad de planificar mi futuro, pero siento tanta pena…

—Claro, imagino que no deseas abandonar la presencia gratificante de tus seres queridos.

Desde luego. Sé que mi marido se abrirá camino. Es una persona fuerte y además, no le falta sensibilidad. He estado pensando y he llegado a la conclusión de que él rehará su vida con otra mujer y créeme que ello no me importa, porque él debe luchar por su felicidad y por lo que le conozco, esta se le hace difícil sin alguien a su lado.

—Una reflexión muy lógica y que enaltece tu alma, Rosa.

Mi mayor temor viene de mi hija, es solo una niña.

—Aunque sea una cría, ella también crecerá y vencerá sus dificultades.

No lo dudo, pero necesita tanto la figura de su madre… Le pregunta tantas veces a su padre por mí que el corazón se me parte en pedazos. En esos momentos lloro sin parar y desearía tener una piel como ella para tocarla y unos brazos “de carne” para estrecharla y besarla hasta el infinito…

—Rosa, no existen milagros ni aquí ni en el lugar en el que vives. Me estás hablando de un problema de actitud. Solo una reflexión profunda y sincera contigo misma te hará cambiar de perspectiva. Es muy probable que ahora necesites un cambio. Ya que me pides orientación, te recomendaría que meditaras sobre esta cuestión. Dada tu situación, permanece tranquila. Tu niña crecerá y madurará y tendrá buenos consejos de otras personas que bien la quieren. Cada alma tiene su tiempo y su lugar. Tendrás que buscar los tuyos.

Me agrada tu consejo. Por eso y por haberme escuchado, te contaré una experiencia íntima. Hace un tiempo, una persona me visitó. Resultó una prueba más que gratificante. No he estado sola casi nunca. He visto a otros seres pero ninguno de ellos interactuaba conmigo, no sé si por sus ocupaciones o porque sencillamente, no me percibían. En cualquier caso, esa mujer que se me aproximó aparentaba unos sesenta años y su rostro denotaba una serenidad y una sabiduría que me impresionaron. Fue por ese motivo por lo que me sentí atraída por su mirada afectuosa y compasiva.

—¿Pudiste hablar con ella?

Yo diría que fue ella la que habló conmigo. Su mensaje me daba tanta paz que me limité a escuchar su dulce voz y a recrearme en el significado de sus palabras. Estaba allí, sin moverme, pero su presencia me hacía sentirme como delante de un ángel. Gracias a sus explicaciones, entendí bien lo que me sucedió y cuál era mi estado. También me comentó, con exquisita educación, que comprendía que quisiese permanecer tan cerca de los míos pero que había llegado el momento de pensar en otros temas que debían ocupar mi atención.

—Intuyo lo que le respondiste.

No estaba preparada para ese reto. Intuía en sus ojos un aviso claro: “ven conmigo y deja atrás tu pasado”. Sin pronunciar esa expresión, yo sabía que eso era lo que ella pretendía de mí, pero no me atreví a decirle nada. Estaba tan confusa que al poco, me retiré para volver con mi niña. Sin embargo, antes de perderla de vista, me dijo que cuando yo estuviese preparada que la llamase y que ella acudiría junto a mí.

—Me parece muy bien su disposición.

Volvamos al inicio de la conversación, por favor. Te preguntaba por un consejo. Ahora, creo que entenderás mejor mi petición. ¿Qué me aconsejas que haga?

—Rosa, con todo el respeto a tu coyuntura, yo te recomendaría que buscases a ese ser y que siguieses tu camino junto a su presencia. Haz lo que ella te diga y permítete la ocasión de experimentar otro tipo de sensaciones.

¿Cómo estás tan seguro?

—Porque todo en la vida posee su tiempo, su momento. Hasta esa mujer te ofreció la oportunidad de elegir tu plazo. Si no tuvieses dudas, no me habrías visitado. Esto quiere decir que te hallas preparada para lo que te espera.

¿Olvidar a mi hija no sería un gesto de mala madre, una irresponsabilidad con la criatura a la que más quiero?

—¿Por qué habrías de olvidarla? En absoluto, la podrás recordar en cualquier instante. El amor no conoce de límites, siempre está vivo dentro de nosotros. Ella seguirá con su existencia y tú con la tuya. Es ley de vida.

Comprendo. Un último aspecto. En caso de seguir tu indicación ¿cómo llamar de nuevo a esa mujer? Ni siquiera tuve tiempo para preguntarle por su nombre…

—Ay, Rosa. Esos son recuerdos de la carne. No precisas de un teléfono ni escribirle una carta para reclamar su presencia, ni siquiera su nombre. En tu nuevo hogar, todo ese proceso es mucho más sencillo. ¿Recuerdas su rostro?

Claro, es como si la tuviese delante. Jamás podría olvidar su mirada sensible y bondadosa…

—De acuerdo. Ahora, cuando nos despidamos, simplemente haz una cosa. Cierra tus ojos y evoca su maravillosa presencia. Concéntrate y llámala desde el corazón con absoluta sinceridad. Muéstrate receptiva a su encuentro. Yo no estaré allí pero juraría que no tardará mucho en volver y abrazarte. Te lo digo por experiencia.

¿Por experiencia?

—Sí, muchos antes que tú pasaron por la misma situación. ¿Sabes? Esto no es nada nuevo; forma parte del aprendizaje de cada criatura y así debe ser.

Muy bien. Vine aquí a pedirte consejo y ahora me gustaría seguir con mi camino.

—Claro, Rosa. Eres libre, solo tienes que elegir el lugar donde quieres estar y luego dirigirte hacia él. Parece sencillo de decir, pero hace falta mucha voluntad y disciplina para llegar a ese sitio. Depende de cada uno de nosotros. Tendrás que ser fuerte.

Gracias infinitas. Te recordaré en cuanto haya llegado a mi destino.

—Ve en paz y en buena compañía. Nada se para en la vida. Te deseo un buen viaje.

¡Quién sabe! Tal vez volvamos a encontrarnos y a hablar de esta experiencia… Sería maravilloso. ¿No te parece?

—Sí. ¡Quién sabe! El destino nos tiene preparadas tantas sorpresas… Adiós, Rosa.

Hasta pronto, amigo. ¡Dios te guarde!

F I N

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