Lucio y Reinaldo: dos caminos diferentes, un mismo destino (y II)

Transcurrieron los días, después de aquel lamentable suceso en el que Reinaldo pudo ver y sentir de cerca las consecuencias del escaso desarrollo moral de algunas personas de su entorno. Tras ser dado de alta del hospital, se llevó consigo a casa dos recuerdos que sellarían su futura vida. Por un lado, una pronunciada cicatriz en su frente que marcaría el discurrir de sus pensamientos cada vez que la palpara con sus dedos o se mirara en un espejo. Por otro, el recuerdo de las enigmáticas palabras que aquella figura extraña y desconocida, espiritual sin duda, le había susurrado en sus adentros a modo de consejo. Debido a este último factor, Reinaldo, al ser interrogado múltiples veces por las autoridades sobre el altercado, declaró con rotundidad que nunca antes había visto ni a su agresor ni a quienes le acompañaban. No dejaba de ser una buena muestra de su deseo de pasar página de aquel lance doloroso, aunque felizmente superado.

Pasaron las fechas y aunque la distancia emocional con los hechos ocurridos se agrandaba, para nuestro personaje era difícil olvidar la imagen de su antiguo amigo Lucio. No pudiendo soportar tal incertidumbre ni la falta de noticias, una tarde se armó de valor y con la clara intención de obtener alguna novedad, se acercó al domicilio de los padres de su viejo camarada, allí donde había permanecido tantas jornadas de su infancia jugando como niño.

Una vez cruzó el umbral de la vivienda, la sonrisa amable de la madre, que era la única persona que se encontraba en esos momentos en aquella morada tan repleta de evocaciones, se tornó en llanto inconsolable y desgarrador, pues la presencia de Reinaldo sirvió de espoleta para activar inmensas remembranzas en el tierno corazón de aquella buena mujer. Era tanto lo que había sufrido por el mal camino adoptado por su hijo, que las lágrimas se vertían por sus mejillas humedeciendo la blancura del vestido que portaba. No cabía duda de que la estampa del muchacho sentado frente a ella, la sometía a recuerdos tan especiales que le golpeaban la conciencia con latigazos de dolor y con heridas que no dejaban de sangrar desde hacía ya años. ¡Cómo se hubiera intensificado hasta el paroxismo el sentimiento que albergaba aquella tremenda escena, si Reinaldo le hubiera confesado a la respetable señora que su propio hijo era el que había propiciado ese costurón grabado en su frente!

Transcurridos unos minutos desde que en aquel salón se iniciara aquella fuerte turbación, al fin, nuestro personaje pudo oír de labios de la desventurada madre lo que había sucedido con su vástago. Había sido arrestado tiempo atrás por unos robos cometidos en la ciudad, en conexión con una pandilla de jóvenes de reconocida conflictividad social, por lo que fue ingresado en un centro para menores a las afueras de la localidad, a fin de permanecer interno en dicho establecimiento por largo período.

La sorpresa de Reinaldo resultó mayúscula. No podía dar crédito al triste relato que había escuchado y aun así, resonaban en su interior las palabras cuasi proféticas que le había dirigido a su antiguo compañero de niñez, cuando en el escenario del incidente en la avenida, pagó con el daño recibido la sinceridad de una advertencia que ahora se mostraba como de lo más clarificadora. ¡Cuánto hubiera dado el chico por haberse equivocado en sus predicciones! Y sin embargo, se sentía atado e impotente frente a la película exhibida de los hechos, pues nada puede esperarse de quien no atiende las francas sugerencias transmitidas por un verdadero amigo.

La entrevista no pudo acabar peor, ya que la infortunada mujer, lejos aún de haber llenado la alforja de sus desdichas, le habló a Reinaldo sobre los peligros que acechaban a Lucio en su estancia en aquel centro de reclusión. Los contactos con otros chavales de peor condición y especialmente el acceso al consumo de sustancias tóxicas como modo de evasión de una deprimente realidad, presidida por la falta de libertad, no hacían presagiar nada bueno en el ánimo de su progenitora.

Nuestro personaje se sintió abatido, sin fuerzas para consolar a la dulce mujer, porque carecía de energías para consolarse a sí mismo. Con la cabeza cabizbaja y despidiéndose en silencio, atravesó el acceso de salida de una otrora acogedora casa, ahora henchida de malas vibraciones y funestos pensamientos, todos ellos provocados por la voluntad de un ser que había apartado de su mente el cálculo de las consecuencias de su conducta. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta angustia se detectaba nada más volver el rostro hacia aquella puerta que escondía el padecimiento atroz de unos padres que nunca hubieran podido imaginar la catástrofe que se abatía sobre sus espaldas!

Avanzaron los años. Perdido el rastro de Lucio en la penumbra de las sombras, nuestro personaje se propuso impulsar la senda de su ser hacia las más altas metas y que no eran otras que esparcir su natural bondad hacia los demás a través de un trabajo servicial. Para completar un destino que le sonreía a base de esfuerzo y compromiso, conoció a una mujer que le permitió aunar anhelos en el discurrir de un trayecto compartido, donde la palabra amor reinaba con justicia en los dominios de su realidad.

Sus jornadas laborales resultaban interminables pero cuanto más largas aparecían más dichoso se mostraba, pues su gran ilusión había sido siempre disponer de un taller en el que él fuera a la vez su propio organizador y empleado, disfrutando de una libertad de actuación en su negocio de fontanería que ya otros quisieran. Trataba con amabilidad a su cada vez más amplia clientela, jamás engañaba en sus actuaciones, pues ello hubiera sido contrario a su escala de valores y su destreza en el manejo de las herramientas era tal que nunca le faltaba una llamada demandando su asistencia. Se levantaba temprano con el más elevado ánimo, intentando realizar su trabajo del mejor modo posible. Al tiempo, agradecía la llegada del fin de semana para disfrutarlo compartiendo momentos y vivencias con su afable esposa, atravesada por tan nobles sentimientos que constituían entre los dos un hogar donde la armonía y la paz gobernaban los designios de una dulce andadura.

Mas como los propósitos del plano superior determinan muchas veces el enfrentamiento del espíritu con pruebas más drásticas y de mayor calado, nuestro amigo nunca pudo figurarse cómo un destino vital, aparentemente tan tranquilo y alejado de peligros, iba a verse de pronto tan arrastrado hacia demandas tan extremas y exigentes para con uno mismo.

De este modo, una tarde hermosa, cayendo la noche y agonizando el verano, Reinaldo echó las llaves a su taller para dirigirse a su casa. Sin embargo, la jornada había resultado ardua de trabajo y dado el calor que aún se notaba en el ambiente, nuestro personaje decidió darse un paseo por las cercanías del puerto de camino a su hogar, con el fin de relajarse en agradable caminata y sentir el frescor de las aguas cercanas del mar.

Enfilaba andando el trayecto de uno de los muelles, cuando en mitad del creciente crepúsculo, pudo divisar en la lejanía lo que parecía una extraña sombra apoyada en un noray (poste o cualquier otra cosa que se utiliza para afirmar las amarras de los barcos). Aunque no le dio más importancia, lo cierto fue que conforme se aproximaba al lugar, la borrosa silueta se erguía y se sentaba cada vez más deprisa, hasta que en una de las ocasiones, cuando ya se hallaba más cerca de la zona, pudo ver perfectamente cómo aquella forma se precipitaba hacia el mar desde el cemento, escuchando al segundo el sonido de un zambullido en el agua.

Fue en ese momento de tensión cuando Reinaldo escuchó en su interior una potente voz que le dijo “llegó el momento” y sin pensarlo, corrió con todas sus fuerzas hacia el área donde había oído aquel golpe. A continuación, se lanzó de pie y en vertical hacia el agua con el firme ánimo de ayudar o rescatar a quien en décimas de segundo, presumía se trataba de un ser humano que accidentalmente había caído hasta la profundidad de unas aguas que brotaban como negras dada la oscuridad ya reinante. Hasta dos veces se sumergió en medio de la confusión para intentar hallar a la figura objeto de sus pesquisas, pero sin resultado.

Cuando ya había perdido la esperanza y no se explicaba lo ocurrido, escuchó un tenue lamento, una especie de gemido atormentado a tan solo unos metros de su nuca. Fue entonces cuando en la espesura pudo distinguir la forma de una cabeza y de unos brazos que se agarraban con grave dificultad al casco de un gran barco que allí se hallaba fondeado, a escasa distancia del muelle de hormigón. Cuando aquellas manos temblorosas, víctimas del cansancio, se desasían de la mole, iniciando un descenso hacia el abismo, Reinaldo logró dar un potente impulso a su nado hasta que transcurridos unos segundos de angustia, consiguió sujetar la forma humana que se hundía sin remisión.

Extrayendo fuerzas de no se sabe dónde y por unos momentos, con la extraña sensación de flotar con relativa facilidad en el líquido elemento, alcanzó una estrecha escalera de hierro mohoso unida al muro de atraque a la que pudo desesperadamente aferrarse para no ser tragado por el mar junto a su inesperado acompañante. Tomó aire, contemplando un rastro de fluido rojizo sobre sus hombros, sin duda provocado por el contacto con las heridas del desconocido y notándose mareado por el considerable esfuerzo desplegado, pudo subir los peldaños que le restaban hasta alcanzar la superficie y dejarse caer sobre el suelo con su «huésped» a cuestas.

Tras resoplar, ya en el firme y de rodillas, le dio la vuelta a aquel cuerpo inmóvil, el cual no paraba de manar sangre de una brecha abierta en medio de su frente. Cuando por fin, a pesar de la penumbra, pudo vislumbrar el semblante de aquella figura que había salvado de una muerte segura, su mirada se heló y una angustiosa emoción le embargó. Avejentado, de aspecto casi irreconocible por el maltrato hacia su cuerpo y el abandono de su espíritu, allí en medio del muelle, inconsciente pero respirando y con un fuerte olor a sal en su piel, Reinaldo podía contemplar ahora el rostro de su antiguo amigo. Se inclinó sobre el pecho de Lucio, llorando amargamente su suerte mientras escuchaba el débil latir de su corazón, de aquel ser absolutamente sometido a la peor de las desidias. Mientras algunos operarios del puerto, testigos ahora de aquella inusitada acción, se apresuraban a ayudarles, el joven se sintió desfallecer y antes de perder la conciencia, se fijó con todo detalle, para no perder el recuerdo, en la brutal herida de su compañero, justo en el mismo lugar que la suya, como si la fatalidad pretendiera vincularla con aquella que años atrás aquel había propiciado con su irresponsable conducta.

A la mañana siguiente, como ya sucediera años atrás, el mayor de los jóvenes despertó de nuevo en la habitación de un hospital, aunque en esta ocasión, él no fue el golpeado, tan solo necesitaba recuperarse del tremendo lance en el que se había visto envuelto y que suponía la mayor de las dádivas que un ser humano puede ofrecer a otro: exponer su propia vida para salvar la del prójimo. La estancia, plena de flores y coloreada por un arcoíris de diversas plantas, constituía ese día el más noble de los aposentos y no dejaba de plasmar el más sincero homenaje a la acción emprendida por Reinaldo. Cuando nuestro personaje encontró la amable sonrisa de su esposa, padres, amigos y personal sanitario que conmovidos le observaban, estos estallaron en un sonoro aplauso, muestra inequívoca del tributo que se rinde a los grandes héroes, aquellos paladines de la Verdad que ganan las batallas al egoísmo y al orgullo, que se entregan a por todas sin exigir nada a cambio y que los demás contemplan entusiastas como resplandeciente fulgor que marca la senda del ascenso evolutivo.

Esa misma tarde, le fue autorizado a Reinaldo visitar a Lucio, el cual se hallaba ingresado en otra habitación del recinto, aunque este no pudo responderle debido a que se encontraba sedado por el fuerte traumatismo recibido, si bien fuera de peligro. Densas lágrimas se deslizaron sobre sus mejillas al rozar levemente la mano de su amigo, por lo que pudo pasar y no sucedió, porque ambos podían haber sucumbido, pero al poco suspiró de alegría, al tomar conciencia de la nueva situación. En aquel instante supremo de reflexión y al levantar la vista, no dio crédito a lo que sus ojos veían. Aquel ser luminoso, la figura espiritual que un lejano día se situó sobre su coronilla y le susurró un mensaje esperanzador, estaba otra vez allí pero en esta ocasión custodiando a Lucio. Al cruzarse las miradas, sintió cómo de nuevo le hablaba brevemente sin mover sus labios ni abrir la boca: “todo empieza ahora, Reinaldo. Felicidades”. A pesar del largo período transcurrido, en esta oportunidad nuestro amigo sí tuvo tiempo de hacerle una pregunta aún pendiente de respuesta desde el pasado:

—¿Quién eres tú?

—“Yo tan solo cuido de él, de Lucio” —declaró la entidad escuetamente sonriendo con dulzura a Reinaldo—, tras lo que desapareció con la misma rapidez que había surgido.

Tras salir de la estancia asombrado y todavía pensativo por aquel doble encuentro, pudo abrazar a la madre de su amigo de infancia, la cual parecía haber recobrado la perdida vitalidad en horas, tras la catarata de benditos acontecimientos que se había producido. En mitad de aquel cariñoso gesto, Reinaldo tuvo tiempo para deslizar en los oídos de aquella sufrida dama una frase acariciante: “mujer, tu hijo está en buenas manos”.

Un año después de lo relatado, la existencia de nuestros dos amigos había cambiado por completo. Reinaldo continuaba con su próspero negocio, pero ahora ampliado su campo de acción a través de la labor de su nuevo ayudante en el taller: Lucio, a quien le había sido transmitido el saber del oficio por su compañero inmortal. Aquel había superado su dependencia a las drogas, ya no se arrastraba por las calles, amaba con renovados bríos a sus padres y había vencido los deseos de autodestrucción, aquellos que le llevaron doce meses atrás a pretender acabar con su vida arrojándose de cabeza al mar tras una ingesta masiva de sustancias tóxicas. Pero sobre todo, adoraba a su “hermano” mayor por horas, un tal Reinaldo, el cual había trazado una nítida línea que delimitaba el discurrir de su destino con un antes y un después, tras los sucesos ocurridos en el muelle de una ciudad ahora más luminosa que nunca.

Nadie de los espectadores de esta historia, salvo aquella figura radiante que aparecía y desaparecía en los hospitales como por ensalmo, había advertido hasta ese instante que a voluntad humana, tributaria del libre albedrío, podía empujar a los seres a la más profunda de las simas o llevarla a escalar la más elevada de las cumbres.

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