Conciencia clara, avance seguro

La conciencia es el instrumento que Dios ha dispuesto en el interior del hombre para que este pueda distinguir entre el bien y el mal, entre lo acorde a la legislación divina que le permite progresar y lo que le aleja de ella empujándole al estancamiento. Para que nadie tuviera dudas, las leyes de Dios se hallan inscritas en la misma conciencia del ser humano, proporcionando a este la posibilidad de actuar de forma libre en su camino de perfeccionamiento   (artículos  621 y 630 de “El libro de los espíritus”).

Sin embargo, como todas las herramientas puestas a nuestro servicio como el organismo o la inteligencia, es necesario cultivarlas a fin de que operen de la mejor manera posible, todo ello con miras a nuestro avance. En otras palabras, no basta con tener un cuerpo para moverse o una mente para pensar sino que hay que cuidar del primero y entrenar a la segunda, para aprovechar de este modo todos los recursos que el Creador ha puesto a nuestra disposición, ya que como todos sabemos, una vez separados del envoltorio carnal y llegada la hora de valorar nuestro paso por la dimensión física, se nos van a pedir cuentas conforme a los instrumentos que han sido puestos en nuestras manos. En este artículo, vamos a centrarnos únicamente en el adiestramiento de la conciencia, al tratarse del elemento primordial que nos va a permitir acelerar o enlentecer la marcha perenne de nuestro vehículo a través del sendero evolutivo.

Aproximémonos a la cuestión. Cuando deseas leer un libro de tu interés, procuras buscar un buen sitio, con luz, silencio y agradable temperatura, de forma que puedas disfrutar del mismo al máximo. Tampoco en casa uno come en cualquier lugar, sino en el espacio en el que se siente más cómodo para saborear lo que previamente ha cocinado. Pues lo mismo debe ocurrir con el cultivo de la conciencia. Aunque estamos hablando de una acción que compete al plano psicológico o del pensamiento, lo cierto es que hay que buscar la coyuntura más conveniente a nuestra intención.

Aunque cada individuo conoce más que nadie el instante idóneo para efectuar su propio examen (pudiendo realizarse a cualquier hora siempre y cuando las circunstancias acompañen), lo cierto es que existen dos momentos al día que podemos catalogar como ideales. Estos son: por un lado, los minutos que transcurren desde que nos hemos introducido en la cama hasta que nos dormimos y por otro, los instantes que pasan desde que nos despertamos hasta que recuperamos completamente la condición de lucidez.

Sin duda, cualquier observador puede advertir rápidamente cómo existe un punto en común muy importante en ambos tiempos. En efecto, se trata de estados de transición tanto de la vigilia al sueño como del sueño a la vigilia. Mientras que la primera fase se conoce como estado hipnagógico, a la segunda se la denomina hipnopómpica. Lejos de abundar en tecnicismos, lo usual de estas breves etapas por las que atravesamos a diario es que el sujeto se halla en situación de semiinconsciencia, justo el factor que necesitamos para proceder con nuestro análisis. Acercándonos un poco más a la filosofía espírita, caemos en la cuenta de que nos encontramos con las condiciones ideales para tal ejercicio. ¿Por qué?

Justo antes de dormirnos pero aun conservando un mínimo de claridad, el espíritu puede reflexionar perfectamente sobre lo sucedido durante la jornada. Es el punto apropiado de convergencia entre una conciencia que se debate entre el adiós temporal a la dimensión física y su entrada al plano espiritual. Por la mañana, recién despiertos, sucede ciertamente el fenómeno opuesto. Acabamos de salir del paraje espiritual y poco a poco, aunque no de golpe, volvemos a la franja material.

Muchas personas no se percatan de la importancia que ambos períodos tienen para abordar dicha reflexión, aquel ejercicio que diariamente debe efectuar la conciencia para delimitar y sobre todo, actualizar el estado en el que se halla. Aunque permanezcamos como almas unidas a un cuerpo a lo largo de toda la existencia, curiosamente y siguiendo el plan divino, en todas las ocasiones en las que caemos en el sueño, aflojamos los lazos de la carne. Así, nos desprendemos de los mismos a fin de ofrecerle una “tregua” al espíritu, de modo que cada noche compruebe que su “encarcelamiento” es tan solo temporal, que el organismo se constituye únicamente en un vehículo de expresión aunque necesario para nuestro desarrollo y que estamos en disposición de conectar con el otro plano y con sus habitantes todos los días de nuestra vida.

En esos ciclos intermedios que ejercen labores de frontera entre las dos caras de la realidad, es cuando podemos cumplir con el trabajo propiamente asignado a la conciencia. Son los instantes nocturnos en los que todavía tenemos frescos los recuerdos de la jornada vivida en la “carne”, pero por otra parte, nuestra alma se asoma ya a la vista de lo inmaterial. Por la mañana, invertimos los términos de la ecuación; comienzan a brotar las primeras señales de vivencia en lo físico como la alarma del reloj que oímos, el tacto de los pies en el suelo o simplemente el agua que humedece nuestro rostro al asearnos, pero todavía el pensamiento conserva el recuerdo agradable de la libertad de movimientos que implica la etapa del sueño.

Una vez establecidas estas consideraciones teóricas pero necesarias, vayamos a lo práctico. Veamos algunas de las preguntas más importantes que podemos hacernos durante la hipnagogia:

&¿Cuáles han sido los hechos más relevantes acaecidos durante el día?

&¿Qué parte de responsabilidad he tenido en los mismos?

&¿Cuál ha sido mi reacción ante esos eventos?

&¿Ha resultado mi acción conforme a los dictados de mi conciencia?

&¿Qué sentimientos he percibido con respecto a lo que ha ocurrido?

&¿Podría haber actuado de diferente forma a como he respondido?

&¿En qué manera ha afectado mi reacción a las personas involucradas?

&¿Qué aspectos cambiaría de los mismos para sentirme mejor?

&¿Qué aprendizaje o qué lecciones he extraído de lo ocurrido durante el día?

&En definitiva ¿he actuado conforme a los preceptos de mi conciencia o me he dejado llevar por otros impulsos ajenos a esa voz interior que me hace distinguir lo apropiado de lo inadecuado, lo correcto de lo erróneo?

Fijémonos bien: son estos minutos hipnagógicos los más oportunos para introducir el debate sobre lo acontecido, a través de la conciencia, en el mundo onírico, el de los sueños, fiel reflejo de nuestro componente espiritual. Expresándolo de otra manera: se trata de la mejor coyuntura para traer a colación temas o ideas (como los sucedidos durante la jornada) que en breves instantes pueden ser analizados en profundidad por el alma, pero ahora separada por unas horas del aturdimiento propio que sobre ella ejerce el armazón orgánico durante la vigilia. Las diferencias entre efectuar este estudio ahora, en la penumbra del espíritu, con hacerlo en estado plenamente consciente distan tanto como el día de la noche (nunca mejor dicho).

Vayamos ahora al otro momento: el hipnopómpico. Con los ojos todavía medio cerrados y el espíritu pendiente aún de acoplarse completamente a la estructura orgánica, es la ocasión ideal para “programar” la conciencia para toda la tarea del día que tenemos por delante. Consideremos algunas de las cuestiones que podemos realizarnos en tan esenciales momentos:

&¿Cuáles son mis planes para esta jornada?

&¿Responden dichos planes a la buena fe de mi conciencia?

&¿Qué personas se van a ver afectadas por mis actos a lo largo del día?

&En función de lo que haga ¿qué efectos se producirán sobre ellos?

&¿Servirá mi actuación para atraer el bien, para progresar, o por el contrario me sumirá en el estancamiento?

&¿Qué consecuencias a medio y largo plazo se derivarán de lo que yo actúe?

&Si las condiciones esperadas no se dan ¿qué otro tipo de intervención tengo prevista?

&En definitiva ¿resultan mis propósitos acordes a la ley natural o me estoy dejando arrastrar por tendencias que separan en vez de unir, que persisten en el error en lugar de abogar por el avance moral?

La trascendencia de lo que “programemos” en esos instantes es seguro que marcará el desarrollo de la jornada. Como muestra de ejemplo, pruebe el lector a introducir en su mente una simple melodía tarareada a esa hora. Os aseguro que tendréis la música en vuestra cabeza buena parte del día. La explicación es muy sencilla: en esos momentos y tras el descanso onírico, el pensamiento está en calma y receptivo. Por eso, cualquier instrucción o mensaje que introduzcamos en esa fase nos seguirá durante horas, como si fuera la huella de nuestra mano marcada sobre el barro fresco.  Ahí reside la importancia de plantar semillas de buenas intenciones al iniciarse el alba, de modo que germinen en generosas actuaciones conforme recorra el sol el horizonte. Sembremos pues designios de optimismo y recojamos frutos de mayor ilusión.

¿Por qué no probar? Ningún efecto negativo puede derivarse del examen de la conciencia, máxime si lo hacemos en las etapas del día que se han propuesto. Es más, dicha labor se conforma como tarea fundamental en la rutina cotidiana del espírita. Sin embargo, ningún resultado se apreciará si no seguimos un orden, si no insistimos en la praxis de esta habilidad.

Recordemos las doctas palabras que dirigió André Luiz a Chico Xavier en sus comienzos: “disciplina, disciplina, disciplina”. La mejor forma de apreciar el impacto de la ley divina de causa y efecto así como la del progreso sobre nosotros mismos, es permanecer en silenciosa soledad, buscando la disposición idónea tal y como se ha mostrado y practicar aquella cualidad de la que Dios dotó con su sabiduría al ser humano: la inteligencia de su espíritu, revelada en su conciencia.

2 Replies to “Conciencia clara, avance seguro”

  1. Escribo unas palabras para animarte a que sigas con tu blog, porque mantenerlo al día es una tarea muy complicada, porque siempre vamos justos de tiempo. Por eso te felicito por tu trabajo y te animo a seguir los consejos que tu mimo nos recuerdas: disciplina y más disciplina, acompañados de ese trabajo,trabajo y trabajo que es el motor de nuestra evolución, tanto la física como la intelecto-moral.
    Felicidades.

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