El Espiritismo en su más pura esencia

 

Como decíamos en el anterior artículo, cuando queremos aclarar lo que es un concepto (en nuestro caso hablamos del Espiritismo), está bien empezar por acotar lo que NO es como una primera forma de evitar posibles confusiones. Mas cualquier descripción que pretendiéramos efectuar acerca de un tema, quedaría coja si después no estableciéramos de forma diáfana lo que ES y lo que implica. Numerosos espíritas de la época, a finales del siglo XIX, se reunieron en Barcelona (España) durante el Primer Congreso Internacional Espiritista (13 de septiembre de 1888), bajo la presidencia del inigualable José María Fernández Colavida, llamado el Kardec español, pues fue el primero en traducir las obras del codificador al castellano. Más de 125 años han transcurrido desde aquella memorable fecha y no obstante, las conclusiones allí recogidas parecen haberse firmado ayer mismo. Y es que como afirmó el insigne poeta Antonio Machado, “la Verdad es lo que es, y sigue siendo la Verdad aunque se piense al revés”.

Existencia de Dios

Dios existe, hermanos. Sin este enunciado, no podríamos seguir adelante y todo cuanto quisiéramos explicar carecería de sentido. Él, como Inteligencia Suprema, es la causa primera de todas las cosas. Como Espíritu universal, se expresa y manifiesta en la Naturaleza y en el hombre, señal más alta de la vida. Dudar de la existencia de Dios es tanto como negar que todo efecto proceda de una causa y por tanto, asentar que la nada ha podido hacer algo. La inteligencia reside en el hombre y como este es parte integrante del universo, lo que existe en la parte debe encontrarse también en el Todo.

Apreciamos la armonía que regula el funcionamiento del universo, es decir, el poder inteligente que existe detrás de este fenómeno. La inteligencia está reñida con el azar ya que este es ciego y no se puede atribuir a la suerte el cometido del intelecto. Por ello, una inteligencia divina rige los mundos y establece una ley, inmanente, eterna y reguladora a la que los seres y las cosas están sometidos.

Infinidad de los mundos habitados

Dios pobló los mundos de seres vivientes, concurriendo todos ellos al objeto final de la Providencia. Nuestra racionalidad nos impide pensar en que la Tierra tenga el privilegio de ser el único lugar habitado con exclusión de los demás. Es por ello por lo que los espíritus encarnados que forman la humanidad no pueden circunscribirse solo a nuestro planeta sino que pueblan todos los mundos diseminados por el espacio.

Las condiciones de existencia de los seres que habitan los diferentes orbes son apropiadas al medio en que están llamados a vivir, por lo que contienen, sin duda, elementos desconocidos para nosotros. Esos mundos son diferentes y se hallan adaptados a los distintos grados de perfeccionamiento de los espíritus por lo que la vida corporal puede darse en formas muy diversas. El cuerpo del espíritu será más pesado y material cuanto menos adelantada sea su condición.

Preexistencia y persistencia del espíritu

El espíritu contiene el principio inteligente, individual e inmortal. Fue creado simple e ignorante, pero contiene el germen de todas las facultades superiores, por lo que se halla en disposición de desarrollarlas a través de su esfuerzo y trabajo. El alma no es más que un espíritu encarnado. Posee una envoltura temporal que es el cuerpo físico y que se abandona en el momento de la muerte y otra permanente que es el cuerpo “fluídico” del que es inseparable y que progresa y se purifica con ella.

Tras el óbito, el alma viaja de nuevo al mundo de los espíritus. El perfeccionamiento de estos es fruto de su propio esfuerzo, resultando imposible en una sola vida adquirir todas las cualidades morales e intelectuales que implica el camino del progreso, por lo que debe alcanzarlo en sucesivas existencias, en cada una de las cuales da algunos pasos en su evolución.

Cuanto más trabajosa resulta la tarea que debe abordar el espíritu en su vida física, mayor será su mérito. Por tanto, cada existencia lo acerca un poco más a su objetivo final. El número de estas resulta indeterminado, aunque estará en función de la voluntad del espíritu el abreviar o alargar su ruta en el perfeccionamiento moral. Esto va a depender directamente de las decisiones que tome según su libre albedrío. Por último, la vida espiritual es la vida normal del espíritu y resulta eterna; la corpórea es transitoria y pasajera: en otras palabras, un instante en la eternidad.

Demostración de la supervivencia del alma humana por la comunicación “medianímica” con los espíritus

Los espíritus actúan sobre la materia a través de su periespíritu (envoltura “fluídica”) y esta acción es inteligente, pues lo que han perdido no es más que su cuerpo pero conservando la inteligencia que es su esencia. Los fenómenos “mediúmnicos” tienen por principio la existencia del alma, su supervivencia al cuerpo y sus manifestaciones.

El alma es de una naturaleza diferente al organismo, goza de la conciencia de sí misma y experimenta sentimientos poblando el espacio. Los espíritus no son pues otra cosa que las almas de los hombres despojadas de su envoltura corporal. Esto es lo que se observa en las comunicaciones con ellos, tratándose de un fenómeno natural que el Espiritismo alcanza a explicar. Estos hechos, sus causas y sus consecuencias morales, constituyen toda una ciencia y una filosofía que precisa de un estudio serio y profundo.

El verdadero espírita no es aquel que cree en las manifestaciones, sino el que aprovecha la enseñanza impartida por los espíritus. La creencia en el Espiritismo solo es beneficiosa para aquel de quien se puede afirmar: “es mejor hoy que ayer”.

Infinidad de fases en la vida permanente de cada ser

Cada existencia es una prueba y aquellas pueden acortarse o alargarse según el esfuerzo realizado por cada espíritu en su camino de perfeccionamiento. Al retorno al mundo invisible, el espíritu se muestra feliz o infeliz acorde al bien o el mal que hizo. A continuación, entra en la fase en la que estudia las causas que apresuraron o retardaron su adelanto y toma las resoluciones que procurará poner en práctica en su próxima encarnación. El espíritu, al encarnar, no pierde nada de lo que trae consigo de experiencias anteriores siendo esta la razón por la que los hombres muestran, indistintamente, actitudes o inclinaciones buenas o malas que parecen innatas en ellos. Por la bondad de Dios, no podemos recordar las existencias anteriores pues estas remembranzas son en su mayor parte penosas. En cada nueva vida, el hombre es lo que se ha hecho de sí mismo, suponiendo aquella para él un nuevo punto de partida.

Recompensas y penas como consecuencia natural de los actos

Con frecuencia, el hombre es el causante de su propia desgracia. Al practicar la ley de Dios se evitan los males y se proporciona la mayor felicidad de la que es susceptible en su grosera existencia. La mayor parte de los males que afligen al ser tienen su origen en el egoísmo y en el orgullo así como en el predominio de las malas pasiones. Son la caridad y la humildad las que deben sustituir a aquellos, de modo que se respeten los derechos de cada uno y reinen entre ellos la concordia y la justicia.

Una vez “desencarnados”, los espíritus conocen acercan del mal y el bien que han realizado. El que ha hecho el mal no puede sustraerse a la mirada de sus víctimas con el consiguiente castigo y remordimiento que supone, mas el hombre de bien hallará por doquier miradas amigas y benévolas.

La creencia en el Espiritismo ayuda a mejorarnos aclarando nuestras ideas sobre el porvenir, al tiempo que apresura el progreso de las personas. La Doctrina nos enseña a soportar las pruebas con paciencia y resignación, por lo que su práctica nos acerca a la dicha presente y futura. La importancia atribuida a los bienes materiales es inversa a la fe del hombre en la vida espiritual. Son precisamente estas dudas las que le llevan a buscar su alegría en este mundo a través de la satisfacción de sus pasiones, incluso a expensas del prójimo.

Progreso infinito. Comunión universal de los seres. Solidaridad

El progreso resulta infinito, es condición de la naturaleza humana y uno no puede oponerse a él.  Existen dos clases de progreso que se prestan apoyo mutuo, aunque a veces no caminan de la mano y que son el progreso intelectual y el moral.

La caridad no es solo limosna sino que puede ser de pensamiento, palabra y acciones. La caridad del pensamiento es indulgente con las faltas del prójimo; la caridad de palabras es la que no dice nada que pueda perjudicar al prójimo; la caridad de acciones es la que asiste al prójimo en la medida de sus fuerzas. La obra a realizar por cada uno de nosotros se sintetiza en tres palabras: saber, creer y querer. Saber que tenemos recursos inagotables a nuestro alcance, creer en la eficacia de nuestra acción sobre el mundo material y del espíritu y por último, querer el bien en base a dirigir nuestras acciones a las leyes eternas del trabajo, de la justicia y del amor.

El universo entero está sometido a la ley de solidaridad. El progreso de uno se refleja en todos. Mejorar la sociedad es mejorar al individuo. Por eso es necesario conocer las leyes superiores de progreso y solidaridad así como la revelación tanto de nuestra naturaleza como la de nuestros destinos. Este conocimiento solo puede proporcionárnoslo el espiritismo. Nacer, morir, renacer de nuevo y progresar sin fin, tal es la ley.

Queridos hermanos: resulta asombroso estudiar los textos de la reunión de Barcelona y pensar que han transcurrido más de 125 primaveras desde aquello. Es imposible encontrar un solo punto o coma que sobre de la declaración. Todo esto nos debe llevar a tomar conciencia de que tenemos en nuestra mano el instrumento perfecto para evolucionar: la Doctrina y todo lo que supone. Si nuestra meta suprema es el progreso, hay que instruirse adecuadamente, a fin de que conozcamos todos los mecanismos que intervienen en nuestra existencia para luego, acorde a los principios de la coherencia y la responsabilidad, traducir esos conocimientos en acciones que nos acerquen a la excelencia moral. Para ello vino Jesús a la Tierra, para esto apareció el codificador en el momento justo, compilando la sabiduría esencial necesaria para el ser humano y ya lo que resta, es que nos pongamos todos a trabajar juntos en ese camino de perfeccionamiento al que estamos gloriosamente destinados por voluntad del Creador. Que así sea.

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