El olvido del pasado

Dada la importancia capital que tiene para el ser humano el fenómeno de la reencarnación, es lógico que los que nos interesamos por ella, nos preocupemos por explicar uno de sus puntos más esenciales. En este sentido, una de las críticas más frecuentes en boca de sus detractores es que si esta existiese, tendríamos que poseer forzosamente recuerdos de nuestras existencias anteriores.

Este argumento tiene su raíz en el sentido común, al igual que cuando has visitado un lugar, por muy lejano que esté o mucho tiempo que haya transcurrido, siempre guardas una cierta imagen en tu mente de cómo era ese sitio, de sus gentes o de qué impresión te llevaste.

En esto como en otras cosas de la vida, hemos de romper con el encasillamiento al que a veces nos somete la tosca dimensión material en la que nos desenvolvemos y tratar de “ver” un poco más allá con nuestro razonamiento. Vamos a comprobar de este modo cómo, a pesar del supuesto misterio, las piezas del rompecabezas encajan con gran precisión.

Antes que nada y ateniéndonos a la clasificación de los diversos orbes que efectúa el Espiritismo, nuestra Tierra se sitúa en la actualidad en el segundo escalón evolutivo, empezando por abajo, es decir, lo que denominamos planetas de “pruebas y expiaciones”. Una vez superado el ancestral período de la etapa primitiva con mucho aprendizaje y sacrificios, la raza humana logró introducirse en el presente período. A lo largo de siglos y siglos, este fenómeno se ha constituido en un gran examen de purificación para todos nosotros, prueba necesaria e ineludible por la que todo espíritu debe atravesar y en la que se hace preceptiva, por voluntad del Creador, la necesidad de paso por las diversas encarnaciones físicas.

Pensemos por un momento qué ocurriría si pudiéramos tener acceso a esa “base de datos” que supone la memoria de todo el conjunto de existencias anteriores por las que hemos transitado.

Un buen ejemplo para conocer ese “pasado” remoto que nos antecede es el estudio de nuestras tendencias. Cualquiera que realice un pequeño esfuerzo intelectual, se dará cuenta de cómo personas sometidas a idénticas condiciones estimulares de aprendizaje, familiares o sociales, presentan sin embargo notables diferencias en cuanto a la forma de encarar dichas circunstancias. Surgen, en este sentido, sujetos totalmente diferentes procedentes de parentescos, sin embargo idénticos.

¿Cómo explicar entonces la diferencia abismal entre hermanos gemelos criados por los mismos padres, educados en el mismo colegio e incluso vinculados a las mismas amistades? Su aspecto físico puede que resulte similar pero el “alma” que llevan dentro es completamente distinta y han llegado a la actual existencia trayendo un bagaje de experiencias pasadas probablemente muy diferente la una de la otra. Llegará el día pues en los que aquellos que incluso han compartido el vientre materno durante nueve meses se separen, porque cada uno de ellos ha llegado al plano físico conretos y misiones dispares. Puede que no y que sigan juntos a lo largo del periplo físico, pero en este caso, es muy probable que haya sido determinado de esta manera desde antes de “descender” a la dimensión material por el compromiso de trabajar unidos.

En cualquier caso, y esto ha de quedar meridianamente claro, una cosa son las tendencias y otra el libre albedrío. Aunque a veces nos veamos inclinados a realizar determinada clase de actos, la libertad de decisión siempre estará presente y nunca se pierde. Uno de esos hermanos puede terminar en prisión pagando deudas con la justicia mientras que el otro puede elevarse hacia las más altas cotas del esfuerzo y el sacrificio por los demás. La distinción radica tanto en el bagaje con el que reaparecemos en la Tierra (experiencias acumuladas por el espíritu desde que fue creado) como en el proceso continuo de toma de decisiones que llevamos a efecto en cada momento (libre albedrío).

Muy bien, pero aparte de las “tendencias” del alma que me empujan a desempeñar ciertos trabajos o a vincularme con determinadas personas o lugares ¿por qué no se manifiestan esos recuerdos del pasado?

La respuesta es muy sencilla. Dado el nivel evolutivo en el que se halla actualmente el ser humano, la convivencia entre nosotros resultaría insoportable, por no decir imposible. Veamos un ejemplo conflictivo para entenderlo mejor.

“Tengo un compañero de trabajo al que no soporto. Es tan solo mencionar su nombre o contemplarlo desde la distancia y empiezo a sentirme nerviosa, incómoda, como si temiera el que fuera a realizar algo en contra de mis intereses o de mi integridad. Procuro evitarlo a toda costa y él hace lo mismo aunque cuando no queda más remedio y debemos coincidir se muestra de lo más sarcástico conmigo y procura ridiculizarme con sus comentarios”.

Retrotrayéndonos en el tiempo, contemplamos a la actual mujer como esposa de ese individuo en otra encarnación, habiendo ejercido este sobre aquella un cruel acoso que desembocó en su separación tras años de sufrimiento. En este caso, las tendencias están claras y con un mayor o menor grado de conciencia de esa antipatía (en este lance muy evidente), los implicados propenden a evitarse o cuando coinciden, las predisposiciones de ambos continúan intactas.

Tal vez ya hayamos tomado conciencia de por qué el Creador ha corrido el velo de la “ignorancia” sobre nuestros recuerdos del pasado. En el actual estado evolutivo de las personas, su conocimiento tan solo haría imposible en muchos casos la convivencia con los que nos rodean y muy probablemente dificultaría tanto nuestro aprendizaje como nuestro progreso evolutivo. Preguntémonos: si pudiéramos reconocer a nuestro asesino en otra vida ¿quién golpearía primero ahora? ¿Sería yo el que primeramente ejecutaría mi venganza o tal vez él volvería a rematarme de nuevo? La existencia se convertiría en un dislate y el reconocimiento del “ayer” se constituiría en un grave obstáculo para seguir avanzando.

Ahora sí que les diría a los escépticos que “gracias a Dios” y a su perfecta sabiduría, tengo “olvido” del pasado y que ya considero suficiente tarea el esfuerzo por concentrarme en el presente y seguir aprendiendo, como para preocuparme en exceso por quién fui o dónde estuve antes. Lo curioso es que pese a esa “amnesia”, el Padre no hiló la cortina del pasado con un tejido demasiado grueso, ya que sigo encontrándome con personas que nunca antes había visto y que sin embargo me perturban con su presencia. En cambio otras, con tan solo mirarlas, despiertan en mí la mayor de las simpatías. ¿Por qué será?

No pretendamos recorrer a excesiva velocidad el camino evolutivo. Todo a su tiempo. Además, no resta mucho para retirar la cortina. Pues ¿qué es una vida en la inmensidad de la historia? Tan pronto como abandonemos la envoltura física, nuestras preguntas serán desveladas. ¿A qué tanta prisa?

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