La conciencia en acción

Tras reflexionar acerca de los momentos más adecuados para efectuar un buen examen personal así como las cuestiones generales a valorar en esos instantes, conviene hacer ahora una apreciación sobre los diferentes campos de acción en los que puede actuar la conciencia. Como no somos islotes ni vivimos incomunicados con los otros, en este análisis siempre acaba por surgir no solo el carácter de nuestra actuación diaria sino también los efectos que se generan sobre los que nos rodean. Esto ha de ser tenido en cuenta siempre, si queremos entender la verdadera naturaleza del instrumento que Dios ha puesto en manos del hombre y que supone su conciencia. A fin de trabajar con ella y desarrollarla, veamos tan solo, a modo de ejemplo, algunas de las consideraciones que podríamos plantearnos en diversas áreas de la existencia.

Estimado hermano: ¿cómo tratas a tu pareja? En la intimidad del hogar se generan aquellas situaciones especiales que sacan a relucir lo peor y lo mejor de nosotros mismos. Estamos tan cerca que las mentiras se “huelen”, aunque haya algunos que pretendan confundir y otros que se dejen engañar. La lealtad del uno al otro se respira, pues bajo la convivencia se absorbe el mismo aire y si brotan dudas o inquietudes se habla para aclararlas, pues resulta mejor construir la casa del entendimiento sobre los cimientos de la autenticidad que sobre los pilares de las apariencias. No existen los malentendidos cuando se apuesta decididamente por navegar en el río de la verdad, pues es caudal que desemboca en el ancho mar, el que se constituye con la sinceridad de nuestros actos e intenciones.

¿Te preguntas con frecuencia por lo que le gusta a la persona con la que convives? ¿Sabes que lo que más une a los seres es el existir por compartir? No es preciso que se trate solo de fiestas, porque la vida alterna los regocijos con las aflicciones y en esos momentos de alegría o pena lo primordial será una mirada de complicidad entre ambos susurrando un “estamos juntos”.

¿Sientes a menudo el calor de la asidua compañía? No son tan solo las cálidas caricias las que nos acercan sino la impresión de que no transitas en solitario por el extenso páramo que supone el periplo evolutivo. Habéis de saber que vuestro afecto prolongado ya lo elegisteis antes de unir vuestros espíritus a la ligazón de un cuerpo, mas aunque la intuición empuje a arrimaros, es el libre albedrío el que abraza o separa a los intérpretes del lazo conyugal.

¿Te anticipas a sus preocupaciones? ¿Te muestras solidario en sus momentos de turbación? ¿Sonríes con sus alborozos y te apenas en sus desconsuelos? Convivir no es tan solo estrechar manos o fundir pieles sino aunar corazones en la convicción de que no existe el progreso sin el otro, con la certeza en el pensamiento de que sumamos más unidos que alejados.

Parejas: no confundáis el vínculo con la dependencia, el nexo con la sujeción, porque al fin y al cabo, libres somos y libres fuimos engendrados. Como entes soberanos por voluntad del Creador, habremos de dar cuenta de nuestros logros y reveses ante los tribunales celestiales que moran en lo espiritual. Cumplamos pues con el hermoso adagio del hermano Khalil Gibran, cuando en su maravilloso libro de “El profeta”, exclamó: “Sed como las cuerdas de la guitarra, que cada una vibra y cumple una misión aisladamente, pero que en conjunto, ejecutan el Himno”.

Queridos padres: ¿qué atención ponéis en la educación de vuestros hijos? Ellos, bien aconsejados por la invisible sabiduría de nuestros hermanos, os escogieron de entretantos, a vosotros precisamente, para que les proporcionarais cuidado y sustento, pero sobre todo alimento espiritual, aquel con el que uno se guía en la vida, aquel que discrimina lo verdaderamente importante de lo accesorio, aquel que en suma, nos ayuda a convertirnos en seres humanos plenos de responsabilidad y nos permite tomar decisiones acordes a las leyes divinas.

¿Les dedicáis el tiempo necesario o tan solo el indispensable? ¿Escucháis con atención sus relatos fantasiosos producto de su mentalidad infantil o simplemente no sois capaces de abstraeros de vuestras mundanas preocupaciones? No hay mayor servicio que el de prestar oídos a los mensajes nobles e inocentes de los hijos que nos han elegido para que ejerzamos sobre ellos tan alta labor. Ayudémosles a optar por el camino correcto, pero no anulando su voluntad ni deseando que sean copia fiel de nosotros o de lo que pretendimos ser, sino incitándoles con esmero a adoptar resoluciones por sí mismos, pues libres nacieron y así anhelan continuar.

Amados hijos: ¿honráis a vuestros padres tal y como recogen las más ancestrales tradiciones? Honrar no es tan solo guardar el debido respeto, es reconocer en tus progenitores a los vehículos que Dios ha dispuesto para ser transmisores de vida, el elemento más sagrado que el Creador ha donado a los espíritus para que estos evolucionen y se acerquen a Él a través de las vicisitudes de la reencarnación.

Enaltecer la figura de los padres es para un hijo corresponder con los esfuerzos realizados por ellos en pos de una enseñanza de valores, aquellos que nos facultan en la existencia para saber elegir el camino adecuado, esos que sirven de cadena de transmisión de la cultura generacional, la que nos concede acceso a la sabiduría de antaño, la que nos ha posibilitado continuar con el proceso de crecimiento moral e intelectual. Es en definitiva, sentirse en paz contigo mismo y con tus antecesores porque merced a sus desvelos, a la magia de sus palabras y al ejemplo de sus obras, ahora podrás ejercer tu tarea de padre o madre con la mejor disposición, cosecha de un talento bien adiestrado.

Queridos amigos: ¿cuál es la nota dominante en vuestras relaciones? ¿Os sentís a gusto cuando os encontráis o incluso cuando vuestros pensamientos se entrecruzan? La amistad es un don preciado en el viaje del hombre, pues demuestra al semejante que no solo los lazos de la sangre sirven para hacer causa común. Es un proceso por el que extendemos nuestro amor a personas que antes no conocíamos en la dimensión física pero a las que nos ofrecemos sin condición tras juntar nuestras ansias por medrar. Se trata de la confluencia de múltiples espíritus cargados de comunes ilusiones, tantos como nudos de alianzas se forman, aquellos que confraternizan por la similitud de pruebas y caracteres, señal intuitiva aunque inconsciente de que no es la primera vez que sus rumbos se entrelazan. Y es que son tantos los siglos que nos contemplan y la historia compartida, que las naturalezas afines terminan por entretejer sus destinos de dignidad.

¿Conoces el valor de los vínculos aprendidos en la forja del pasado, de los infortunios superados y de los triunfos celebrados? Percibes en tu interior al brazo que te ofreció auxilio cuando caíste en el fango de la iniquidad, mientras que el otro repara en sus profundidades y advierte que tus palabras de aliento le rescataron del lodazal en el que se había sumido. Así es la amistad, compendio de ligaduras inmortales a lo largo del eterno tiempo, aquel en el que hemos hincado la rodilla infinitas veces y nos hemos vuelto a levantar, porque una voz virtuosa nos reconfortó o un gesto afectuoso nos devolvió a la esperanza.

Amado espíritu, habitante del plano físico: ¿qué haces por tu progreso? ¿Te escondes de tus desafíos, aquellos a los que no puedes renunciar si pretendes labrar la transformación de tu alma o asumes tus retos mirando con pundonor al presente? Intuyes en tus adentros la naturaleza de tus pruebas, las que te llevan al crecimiento y algunas son duras, pero sabes que cuentas con las herramientas adecuadas para enfrentarlas con arrojo.

El cobarde se arruga y se hiere a sí mismo diariamente por obstruir el flujo de sus capacidades, se complace en el autoengaño, mas la intuición no es ciega ni sorda y cada segundo de parálisis que transcurre le asemeja más y más a las aguas estancadas que con el paso del tiempo se vuelven turbias e insalubres.

El valiente escapa de la atrofia. Conoce que ese no es su terreno y no gusta de las ciénagas pantanosas donde no pueden florecer sus habilidades. Presiente que para superar el sufrimiento de su destierro y retornar a su patria con honor, no puede guardar sus talentos bajo tierra sino que debe invertirlos en acciones que le lleven a avanzar en su aptitud para aprender y en actos que ensalcen su moral. No desea los halagos ajenos por muy bien que suenen en sus oídos sino el murmullo sereno de su voz interior, perfecto instrumento que le permite gestionar los derroteros de su vida.

Esta es la conciencia, hermanos, ingenio lúcido del espíritu, palabra interna que gobierna el timón de nuestra nave, mecanismo inteligente que nos posibilita ir cambiando de dirección conforme los acontecimientos se suceden y como remembranza divina oculta en el centro de nuestro ser, nos posibilita surcar en cualquier mar de adversidades, aquellas que elegimos antes del descenso desde el mundo de las Ideas al de las sombras.

Termino con una cita de Jesús a modo de esclarecimiento: “Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz” (Lc 8,16). Sea pues nuestra conciencia, luz que guíe en el candelero nuestro quehacer diario e ilumine nuestra senda y la de los que nos acompañan.

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