Las leyes que nos gobiernan (II)

Hablaremos hoy sobre la segunda gran ley que rige el funcionamiento del Universo y que no es otra que la del progreso. Recordemos que junto a la de causa y efecto constituyen el eje fundamental alrededor del que todo gira, incluido por supuesto, la vida humana.

Podemos afirmar que la ley del progreso es un precepto establecido por Dios que empuja al crecimiento y a la evolución de todos los seres creados por Él. Refiriéndonos más en concreto al ser humano, decimos que es el impulso que reside en el espíritu de la persona y que le anima hacia el progreso, hacia su evolución. Se trata pues de un camino que tiene un inicio y un final, como cualquier otro trayecto que emprendiéramos.

¿Dónde podríamos situar la línea de salida de este largo viaje? En aquel lejano día en que por voluntad del Creador, fuimos lanzados como espíritus simples e ignorantes a un mundo primitivo. En esa fecha, perdida entre las brumas del tiempo, dimos comienzo a nuestra singladura a través del océano del conocimiento y de la moral.

En efecto, he empleado estos dos últimos términos con la intención de argumentar las dos grandes líneas que marcan ese infinito peregrinaje. Desde aquella natural sencillez en la que surgimos, se observan un par de renglones que a veces caminan parejos y otras descompasados y que hacen referencia, por un lado, al camino del discernimiento y por otro, a la senda moral. Nada establece que deban dibujarse de forma semejante quedando el boceto de los trazos a voluntad del artista. Cualquier espectador que prestara un mínimo de atención comprobaría cómo ese croquis de la vida tan solo depende del libre albedrío de cada cual y del peso de sus decisiones. Como la ley del progreso interactúa constantemente con la de causa y efecto, confirmamos que  desde los primeros instantes, nuestras acciones van generando un efecto  acumulativo, de modo que las determinaciones iniciales acarrean una serie de  consecuencias en uno u otro sentido empujándonos a enfrentarnos a uno u otro tipo de coyunturas y así sucesivamente.

Parece complicado pero no lo es. Sería como iniciar una andadura ilimitada donde cada uno pone el ritmo que le conviene, nadie te impone la velocidad de tus pasos, unos van más lentos, otros más rápidos y en el peor de los casos, algunos se estancan y se detienen para tomar aire ya que ese peregrinaje supone un gran esfuerzo. Pero de nuevo y guiados por lo más profundo de su inconsciente, el impulso hacia delante surge de nuevo e impele al sujeto a reanudar su marcha evolutiva. ¿Es que acaso no vemos cómo el estímulo al crecimiento es la directriz que empuja a cualquier forma de vida inteligente? ¿No buscan las plantas la luz para completar su fotosíntesis? ¿No se lanzan los inocentes pajarillos a surcar el espacio con sus incipientes alas a pesar del riesgo que supone para ellos? La tendencia a volar que presentan esas aves no es más que una manifestación evidente de su instinto hacia el progreso. ¿Por qué nosotros, espíritus dotados de razón y de libertad, no íbamos a sentir también esa llamada hacia la evolución? Los ciclos constantes de la Naturaleza no hacen distinciones con ninguna de las criaturas que habitan en ella. El ser humano no iba a ser la excepción.

Aunque partimos desde un mismo lugar, rápidamente el espíritu (unido a un cuerpo), se da cuenta de que aunque el camino sea único, este debe recorrerse de dos formas o perspectivas.

Por una parte, contamos con el progreso intelectual, aquel que nos empuja a crecer desde el punto de vista del conocimiento. Gutenberg cuando concibió la imprenta o Newton cuando descubrió la ley de la gravedad, son claros ejemplos de los saltos que la humanidad experimenta cuando el impulso del saber remueve el espíritu que todos llevamos dentro y nos arrastra a hallazgos reveladores que nos abren la puerta a la transformación de la inteligencia. También el bebé que logra erguirse por primera vez y aprende a explorar el mundo a través de sus propios pasos repite el mismo proceso, aunque en otra escala.

Por otra, tenemos la evolución moral, aquella que se realiza desde un punto de vista ético. El espíritu es creado libre y desde el origen sabe que tiene que elegir, conoce de la dualidad que gobierna la vida del hombre y así como entiende de la existencia del día y de la noche, advierte que hay decisiones que le llevan al abismo y otras que le acercan a la “luz”. La conciencia que todos portamos dentro, expresión máxima de la perfección divina del Creador, hace que sepamos dilucidar entre el bien y el mal, que intuyamos acerca de los actos que nos empujan hacia la armonía y de aquellos otros que tan solo retrasan o impiden nuestra evolución. El médico que atiende al paciente en la mesa de operaciones precisa de un saber que el estudio y la práctica le han proporcionado (progreso del conocimiento) pero de nada le serviría este si no contara con la voluntad decidida de ayudar al semejante, de hacer el bien y salvar la vida del ser que está entre sus manos (progreso moral).

Ambos impulsos caminan de la mano pero esto no implica que los dos se muevan a la misma velocidad. De ser así, difícilmente se explicaría cómo la inteligencia a veces se pone al servicio del mal o cómo personas de una bondad radiante a veces muestran un exiguo nivel de conocimientos. En la Historia, abundan los ejemplos al respecto.

Sin embargo y aun dentro de nuestra capacidad de elección, pienso que no debemos entender el crecimiento intelectual como una mera acumulación de datos al estilo de un viejo libro lleno de principios inaplicables. El principal estudio del hombre ha de residir en “conocer” exactamente quién es y para qué está aquí, en otras palabras, en comprender el sentido de la vida, máxima aspiración humana sintetizada a la perfección en el principio socrático del “conócete a ti mismo”. Por último, en cuanto al avance moral, parece que Dios se ha “empeñado” en enviar a la Tierra cada cierto tiempo a “guías o   preceptores”, cuya única misión en sus existencias ha sido la de aclarar  a los hombres cuál era el camino para alcanzar el crecimiento ético y entre los  cuales descuella aquel que dividió nuestra era en un antes y un después: Jesús (suprema ejemplificación del amor divino).

Para terminar y por si a alguien le resta alguna duda, si voy transitando por una ribera y alguien me pide auxilio porque se está ahogando en el río, es posible que resulte satisfactorio pensar en las consecuencias de lanzarme al agua para salvar a esa persona (senda intelectual) pero seguro que resultará más práctico arrojarme a ella y finalmente, apelando a los sentimientos del corazón, socorrerla y rescatarla (senda moral). Procuremos que en nuestro caso, razón y corazón vayan juntos de la mano y sonriéndose la una al otro.

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