Tras un breve silencio, María reunió valor para continuar.
—Ya, pero verá, señora Merche… Mi amiga me contó que su madre también había muerto después de un cáncer muy duro. Además, en su familia había antecedentes de depresión y, años más tarde, perdió a su marido de aquella manera tan terrible. Con todo eso encima, puedo entender que llegara un momento en que no pudiera más.
Merche la observó sin mostrar demasiada compasión.
—Pues sí. ¿Y qué?
La respuesta desconcertó a María.
—¿Cómo que qué?
—Que todos tenemos nuestra historia.
Merche abrió las manos.
—Míreme a mí. También estoy sola. Mi hija mayor ya ha cumplido los treinta, está casada y no parece tener ninguna intención de hacerme abuela. Ya sabe cómo está hoy la juventud con esas cosas. Y mi hijo trabaja de comercial; viaja tanto que apenas lo veo.
María asintió lentamente.
—Comprendo.
—Así que tampoco estoy precisamente para tocar las palmas de alegría.
La vecina endureció el gesto.
—Pero ¿qué se supone que debo hacer? ¿Tomarme un frasco de pastillas y meterme en la cama esperando no despertar? ¿Subirme a la azotea y lanzarme al vacío?
María sintió un escalofrío.
—No, claro.
—Pues eso.
Merche levantó ligeramente la barbilla.
—No me da la gana. Ya vendrán tiempos mejores. La vida tiene épocas buenas y malas, y a mí nadie va a obligarme a renunciar a ella porque ahora me encuentre sola.
María bajó la mirada.
Aquellas palabras dolían precisamente porque empezaban a resultarle demasiado razonables.
—Ya veo que usted no es partidaria de buscar… una salida rápida.
—En absoluto.
Merche soltó un bufido.
—Por eso antes le hablaba de la cobardía de María. Con todos los respetos a su memoria.
María apretó los labios. Le costaba escuchar aquella palabra referida a sí misma.
—¿No conoce el dicho?
—¿Cuál? Hay tantos…
—«El que resiste, gana».
María se quedó pensativa.
—Es verdad. Aunque hay situaciones tan difíciles que una persona puede llegar a sentirse completamente impotente.
—No digo que no.
Merche adoptó por primera vez un tono algo más moderado.
—Hay golpes tremendos. Enfermedades, pérdidas, problemas familiares… cada uno sabe lo que lleva encima… pero marcharse para siempre no arregla nada.
María sintió la necesidad de responder:
—Hay momentos en que quien sufre puede convencerse de que ya no existe ninguna alternativa.
—Pues precisamente entonces hay que pedir ayuda. A un médico, a un amigo, a quien sea. Pero una vez que te vas, ya no hay vuelta atrás.
María levantó la vista.
—¿Ni siquiera si alguien le asegurara que padece una enfermedad terminal?
La vecina lo pensó unos segundos.
—Incluso así me costaría mucho hacerlo. Los médicos también se equivocan. Mientras haya un día por delante, yo intentaría vivirlo.
María guardó silencio. Un pensamiento acudió de inmediato a su mente. Ella todavía tenía ese día. Quizá más de uno.
Merche suspiró.
—En fin. Esa es mi forma de verlo.
María miró hacia la fachada del edificio. De nuevo apareció ante sus ojos aquella terraza que ya pertenecía a otros. Después recordó a Tony.
—Señora Merche…
—¿Sí?
—¿De verdad no sabe nada del hijo de María?
La vecina frunció ligeramente el ceño.
—¿Tony?
El corazón de María dio un vuelco.
—Sí. Ahora debe de rondar los veinte años.
Merche negó despacio.
—Lo de ese chico fue una pena.
María contuvo la respiración.
—¿Por qué?
—Porque quedarse sin padre ya fue duro. Pero quedarse también sin madre con quince años… Eso deja a cualquiera sin rumbo.
María sintió que las palabras se le clavaban.
—¿Llegó a saber qué ocurrió con él?
—Algo escuché. Pero tampoco quiero hablar sin saber.
—Cuénteme lo que recuerde.
La mujer se quedó pensativa.
—Creo que al principio se hizo cargo algún familiar.
María asintió lentamente.
—Después las cosas se complicaron. Y, si no recuerdo mal, terminó en un centro de menores.
María sintió que una presión dolorosa volvía a instalarse en su pecho.
—Entonces realmente se quedó muy solo. Eso es lo peor que le puede ocurrir a un adolescente.
María no respondió. Y, por primera vez, comprendió que quizá la verdadera tragedia no hubiera empezado con la muerte de Antonio.
Tal vez hubiese comenzado cuando Tony perdió también a la única persona que todavía podía sostenerlo.
…continuará…

