LAS TRES VIDAS DE MARÍA (18) La promesa de Alberto

—Verás, María… lo cierto es que mi hijo y yo no llegamos a hablar. Él se comunicó conmigo a través de su mirada.

—¿Cómo es eso?

—Quiero decir que no necesitábamos palabras para entendernos. Su sonrisa, tan profunda y serena, me hizo comprender que se encontraba bien y que mis súplicas por saber de Alberto habían sido escuchadas desde el cielo.

La anciana sonrió con suavidad, como si contemplase una imagen invisible suspendida frente a ella.

—Mi hijo vino a decirme que había abandonado pronto este plano porque ese era su destino: vivir solo hasta su juventud para después regresar a la vida espiritual; esa que permanece fuera de aquí y que, al mismo tiempo, es la auténtica.

María sintió cómo una emoción intensa le ascendía desde el pecho.

—¿Fue eso todo, Ana? —preguntó con lágrimas brillando en sus ojos—. Estoy tan emocionada…

—No fue mucho lo que compartimos y, sin embargo, fue todo a la vez. Grandioso, querida. Al menos así lo viví yo.

Guardó silencio unos segundos.

—¿Sabes lo que significa volver a ver a la criatura que más has amado en tu vida? Es un regalo imposible de medir, algo que no tiene precio.

La voz de la anciana se quebró ligeramente.

—Antes de marcharse me dejó un mensaje de esperanza. Me prometió que, cuando llegase mi momento, él vendría a recogerme.

María se llevó una mano al pecho.

—Uf, doña Ana… me deja usted abrumada. Alberto no solo le transmitió que estaba bien, sino que además le prometió esperarla cuando llegase el final de su camino.

Tras unos segundos de reflexión, la anciana asintió lentamente.

—Así fue y así sigue siendo para mí, María. La felicidad de aquel encuentro no tiene comparación. Desde entonces vivo aguardando el día en que vuelva a verle, le abrace y pueda hablar con él de nuevo.

Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.

—Jamás olvidaré aquel sillón, aquella habitación ni aquella tarde.

Luego bajó ligeramente la voz.

—Y voy a confesarte algo más. Desde ese día, y solo de vez en cuando, veo algunos espíritus; como si algo dentro de mí se hubiese despertado después de aquella experiencia.

María permaneció unos instantes en silencio.

—Creo que empiezo a entenderlo —dijo pensativa—. Es como si aquella vivencia hubiese activado algo en usted. Tal vez fuese una compensación por todo lo que sufrió.

—No lo sé, hija. Tampoco me obsesiona el asunto. Y desde luego, no hablo de ello con nadie.

Sonrió con ironía.

—Además, los que me rodean ya tienen una explicación preparada: la edad, la imaginación, la pérdida de facultades… Todo sirve.

—Sí, eso suele pasar.

La anciana extendió su mano y acarició con ternura la de María.

—Ese es el motivo por el que hoy podemos hablar. Puedo percibirte y sé cómo te sientes. Y también influye otra cosa: estos cinco años juntas han creado una confianza muy especial entre nosotras.

María apretó con suavidad aquella mano envejecida.

—No sabe cuánto me alegro de haber cuidado de usted.

Doña Ana le devolvió una mirada cargada de afecto y gratitud.

Tras unos segundos de calma, retomó la conversación:

—Bueno, querida, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora te toca a ti.

—¿Cómo dice? —preguntó María sorprendida—. ¿A mí?

—Por supuesto. No soy una vieja egoísta a la que solo le gusta hablar de sus problemas. Ahora es tu momento.

La anciana hizo una pequeña pausa.

—Aunque antes quiero revelarte algo.

María arqueó las cejas.

—¿Qué ocurre, doña Ana?

Entonces la mujer levantó lentamente la mano y señaló detrás de María.

—Detrás de ti hay un señor impecablemente vestido. Muy elegante. Debe rondar los cincuenta años.

María se quedó inmóvil.

—Pues yo no veo nada.

—Lleva un traje blanco crudo y una camisa tan perfecta que parece recién planchada. Tiene el cabello canoso, muy cuidado y…

La anciana sonrió de repente.

—Anda… ahora mismo me acaba de sonreír. Parece simpático.

María giró bruscamente la cabeza.

—Sí… creo que sé quién es.

—¿Cómo dices? —preguntó Ana extrañada.

—Una pregunta, doña Ana: ¿tiene los ojos grises y la piel muy clara?

—Exactamente. Pero espera un momento, chiquilla… ¿no acababas de decir que no podías verlo?

María dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Digamos que lo conozco desde hace poco y, por lo que parece, ahora le ha dado por hacerse el interesante.

La anciana soltó una breve carcajada.

—Pues es una forma muy extraña de presentarse.

—Es una presencia tranquila. Amigable. Hace un rato estuvimos hablando y, cómo le diría… está empeñado en convencerme para que vuelva a mi cuerpo.

María suspiró.

—Y me parece que tiene por delante un trabajo bastante complicado conmigo.

Ana la miró con extrañeza.

—Ahora sí me he perdido por completo. Creo que soy yo la que necesita explicaciones.

Le sonrió con dulzura.

—Vamos, María. Cuéntame cómo has llegado hasta aquí.

La mujer bajó lentamente la mirada.

—Es una historia larga… y además muy triste.

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (18) A promessa de Alberto

Sáb May 30 , 2026
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