LAS TRES VIDAS DE MARÍA (36) La sala de la serenidad

—¿De verdad recuperaste la voz? —preguntó María, todavía sorprendida—. Me cuesta creerlo después de todo lo que me has contado.

Antonio asintió.

—Sí. Al principio no estaba seguro. Carraspeé un poco, casi por instinto, para comprobar si aquella sensación era real. Y cuando escuché un sonido, aunque fuese mínimo, salir de mi garganta… sentí una alegría difícil de explicar.

Sonrió al recordarlo.

—Fue como recuperar de golpe una parte de mí que creía perdida.

—Debió de darte una fuerza enorme.

—Así fue. Me sentí más seguro y pensé que, si podía hablar, también podía pedir ayuda. Reuní todas las fuerzas que tenía y grité una de las palabras más universales que existen.

Antonio hizo una breve pausa.

—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor! ¡Os lo ruego!

María lo observaba con atención.

—Ya entiendo. Después de revisar tu vida, arrepentirte de tantas cosas y aceptar tus errores, aparecieron y te abrieron la puerta.

—No fue tan rápido.

—¿No?

—Tuve que pedir auxilio varias veces. Al principio no ocurrió nada. Aquello me inquietó porque empecé a pensar que tal vez nadie pudiera escucharme. Pero insistí.

Antonio levantó ligeramente la mirada, como si aún pudiera oír su propia voz resonando en aquella habitación.

—Y entonces se produjo un ruido.

—¿Qué clase de ruido?

—Como un mecanismo que se desbloqueaba. No era muy fuerte, pero en aquella estancia silenciosa me pareció ensordecedor.

María sonrió.

—Y la puerta se abrió.

—Desde dentro hacia fuera. Lentamente.

Antonio extendió una mano, imitando el movimiento.

—Del otro lado apareció un pasillo.

—Supongo que no esperaste demasiado para salir de allí.

—Ni un segundo. No sabía qué me aguardaba, pero llevaba demasiado tiempo encerrado. La incertidumbre era preferible al aislamiento.

—Eso sí me parece propio de ti.

Antonio sonrió con cierta nostalgia.

—Recorrí el corredor a paso ligero. Quería alejarme cuanto antes de aquella habitación donde había permanecido no sé cuánto tiempo. Aún hoy sería incapaz de decirte si fueron horas o días.

—¿Y qué había al final?

—Unas cortinas.

María frunció el ceño.

—¿Cortinas?

—Sí. Muy ligeras, casi transparentes, de un blanco limpio. Se movían suavemente, como si una corriente de aire llegara desde el otro lado.

Antonio dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Me quedé allí parado. No sabía si atravesarlas o esperar.

—Yo habría pasado.

—Eso pensé yo también. ¿Qué decisión importante no implica un riesgo? En aquel momento permanecer quieto me parecía peor que avanzar.

Se acercó un poco a María, como si quisiera compartir con ella la impresión exacta de aquel instante.

—Así que respiré profundamente, aparté las cortinas con ambas manos y crucé.

—¿Y qué había detrás?

Antonio tardó unos segundos en responder.

—Una sala enorme.

Abrió los brazos para señalar la amplitud.

—Me recordaba a esos salones que algunos hoteles preparan para congresos o reuniones, aunque allí todo parecía concebido con un cuidado extraordinario.

—¿Cómo era?

—Las paredes estaban recubiertas de un material claro, casi luminoso. No sabría decirte si era papel, tela o alguna sustancia que en nuestro mundo ni siquiera existe. La luz parecía surgir de ellas sin producir ningún resplandor molesto.

Antonio miró hacia un punto impreciso.

—El suelo estaba cubierto por una moqueta marrón muy clara. Todo transmitía limpieza, orden y una enorme sensación de amplitud.

—Después de aquella habitación cerrada debiste de sentirte liberado.

—Muchísimo.

Antonio respiró profundamente, como si el recuerdo volviera a despertar aquella sensación.

—Había sofás por todas partes. Amplios, cómodos, distribuidos de tal manera que varias personas pudieran sentarse frente a frente y hablar sin dificultad. También había sillas, pequeñas mesas…

—Entonces parecía un lugar preparado para conversar.

—Exactamente. Esa fue mi primera impresión.

María sonrió.

—Una especie de sala de reuniones.

—Sí, pero no una de esas reuniones aburridas en las que todo el mundo está deseando marcharse.

Ambos rieron ligeramente y, durante unos segundos, la tensión acumulada pareció desaparecer.

—Aquello estaba pensado para que las personas se sintieran cómodas, relajadas, seguras. Como si hablar y escuchar fueran las únicas tareas importantes.

María se quedó pensativa.

—Un momento… ¿había gente cuando llegaste?

—Espera. Aún falta una parte.

—Siempre haces lo mismo —protestó ella con una sonrisa—. Me dejas con la intriga.

Antonio continuó.

—Había música.

—¿Música?

—Muy suave. Tan baja que casi no se percibía. Al principio pensé que era el ruido del viento.

Cerró los ojos unos instantes.

—Pero luego distinguí sonidos de lluvia, hojas moviéndose, agua corriendo… mezclados con notas musicales muy delicadas.

—Tiene que haber sido hermoso.

—Lo era. Nunca antes lo había escuchado.

Su expresión se volvió más serena.

—Y había algo más: el olor.

—¿Qué olor?

—A limpio. No a desinfectante ni a perfume. Era una sensación de frescura. Como cuando abres una ventana después de una tormenta y entra aire nuevo en una habitación.

María lo escuchaba fascinada.

—Recuerdo que hice varias respiraciones profundas —prosiguió Antonio—. Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

—¿Qué?

—Sentí paz, una inmensa paz.

La palabra quedó unos segundos suspendida entre ambos.

—Después de todo lo que había vivido —añadió—, después del atropello, el miedo, la habitación cerrada y aquellos recuerdos que me obligaron a contemplar mi propia miseria… por primera vez me sentí tranquilo.

María bajó ligeramente la mirada.

—Quizá necesitabas ese descanso.

—Eso pensé después.

Antonio sonrió.

—La sala parecía preparada al milímetro. Como si un grupo entero de personas hubiese trabajado durante horas para conseguir que cualquiera que entrase allí se sintiera protegido.

—Pero dijiste que había algo que te sorprendió todavía más.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron.

—Las paredes.

—¿Qué tenían?

—Imágenes.

—¿Cuadros?

—No exactamente. Las imágenes aparecían y desaparecían sobre ellas. Paisajes de naturaleza, bosques, montañas, océanos… Después surgían escenas del universo: estrellas, galaxias, espacios inmensos que parecían no tener fin.

María abrió los ojos.

—Eso sí que no se parece a ninguna sala de reuniones que yo conozca.

Antonio soltó una breve carcajada.

—Ni yo.

—¿Y eran como pantallas?

—No sabría explicarlo. No veía ningún aparato, ningún proyector, nada que pudiera producir aquellas imágenes.

Antonio volvió a mirar hacia arriba, absorto en el recuerdo.

—Simplemente aparecían. Y lo más extraño es que no resultaban artificiales. Tenías la sensación de encontrarte dentro de ellas.

—Debe de haber sido impresionante.

—Lo fue. Era como si aquel lugar quisiera recordarte que formabas parte de algo infinitamente más grande que tú.

María permaneció unos segundos en silencio.

—Un lugar de paz.

—Exactamente.

—Pero sigo sin entender una cosa.

—¿Cuál?

—¿Estabas completamente solo?

Antonio sonrió.

—Eso mismo pensé yo.

La inquietud regresó ligeramente a su expresión.

—Miré alrededor. Sofás vacíos, sillas vacías, las imágenes recorriendo las paredes, aquella música suave… y nadie.

—Qué raro.

—Mucho. Durante unos minutos me pregunté qué hacía allí y para qué habían preparado aquel lugar.

Antonio juntó las manos.

—Pero ya había aprendido algo importante: no debía dejarme arrastrar otra vez por el miedo.

—Así que esperaste.

—Sí. Me senté en uno de los sofás y decidí confiar.

María lo observó con curiosidad.

—¿Confiar en quién?

—En quienes me habían llevado hasta allí. En que todo aquello tenía alguna finalidad.

Antonio sonrió.

—Y no tuve que esperar demasiado.

María se inclinó ligeramente hacia él movida por una gran curiosidad.

—¿Qué ocurrió?

—Varias puertas comenzaron a abrirse.

—¿A la vez?

—No exactamente. Primero una. Después otra.

Antonio guardó silencio unos segundos.

—Y comenzaron a entrar personas.

María abrió los ojos.

—¿Eh? Y… ¿quiénes eran?

Él la miró con una mezcla de emoción y misterio.

—Ahí empieza lo verdaderamente importante.

…continuará…

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