LAS TRES VIDAS DE MARÍA (49) El umbral de la tormenta

—Las leyes funcionan así, María. Conforme el estudiante va adquiriendo experiencia, se va exponiendo a exámenes más complicados. Es de justicia, ¿no te parece?

—Sí, es de sentido común. He de decirte que estoy un poco asustada, Ángel. Prométeme que seré capaz de aguantar esta prueba sin derrumbarme.

—Eso depende de ti… pero te pregunto: ¿qué ganaría yo si te expusiera a un examen para el que no estuvieses preparada? Sería una faena para ambos.

Tras unos segundos de mirada intensa de Ángel a la mujer…

—Tranquila. Solo te pido que seas fuerte y que conduzcas tus meditaciones hacia el lugar correcto. Entonces, ¿vamos?

—Sí, solo le pido a Dios que me proporcione la fuerza necesaria.

—Dios es todo amor. No tengas ninguna duda. Ahora, date la vuelta y verás el pasillo que has de recorrer. Al final, ya sabes lo que pasará. Mucho ánimo, María.

—Gracias por todo y que Dios nos bendiga —se despidió la mujer con una ligera sonrisa.

A continuación, aunque temerosa, ella dio los pasos necesarios hasta alcanzar la intersección de aquel pasillo con el umbral que daba acceso a una nueva realidad. Inconscientemente, mientras que lo atravesaba, cerró sus ojos. Al abrirlos…

—¿Eh? Este escenario me suena —comentó María en voz baja—. Creo que he paseado por aquí alguna que otra vez. Ya caigo: se trata de una de las esquinas del barrio, no muy lejos de mi casa.

Tras efectuar varios giros de cabeza tratando de adaptarse y de reconocer la situación, se quedó como pensativa.

—Claro, ya lo sé. Aquí había una antigua casa enorme donde vivía gente. Era una familia grande. No sé lo que ocurrió, pero decidieron marcharse y al poco, después del abandono, llegaron unos okupas. Recuerdo que hubo algunos problemas con la policía municipal y al final, todo esto se convirtió en un refugio de jóvenes poco recomendables. Sí, caminar por aquí puede ser peligroso, sobre todo por la noche. Pero, a todo esto, ¿qué hago yo aquí? —se preguntó ella con gran curiosidad—. Además, no sé ni en qué día estamos ni qué hora es, aunque, por las sombras, parece que la tarde ha avanzado.

De repente, escuchó una voz como de advertencia a su espalda.

—¡Eh, señora! ¿Qué mierda hace usted ahí parada y observando? ¿Qué? ¿Acaso se ha perdido? Venga, camine, este no es un buen sitio para quedarse ahí quieta.

—Ja, ja… si será imbécil —exclamó riendo otro de los veinteañeros que había alrededor del edificio—. ¡Vamos, muévase! ¡Salga de aquí y rapidito! Váyase a casa a ver alguna novela en televisión.

—¡Eh! Vale ya. Este es mi barrio y tengo derecho a moverme por donde quiera. Oye, chaval, ¿esta casa es de tu propiedad?

—Vaya con lo espabilada que nos ha salido la gata esta—afirmó el primer joven mientras que encendía un cigarrillo—. Pero, qué respondona. Espero que no tenga las uñas afiladas, no vaya a ser que me arañe en la cara.

—No seas tú tan listo —respondió María con atrevimiento, como si le diera igual el aspecto amenazante de aquellos jóvenes—. No sé por qué he llegado hasta aquí y me duele mucho la cabeza, pero tiene que haber un motivo. Me parece que tú no puedes explicarme nada de nada.

—Uuuhhh… caramba con la listilla —comentó con chulería el otro—. Creo que cuando uno no sabe por qué está en un sitio, lo mejor es quedarse en casita a resguardo. ¿No?

Después de mirarla con osadía de arriba a abajo.

—Oye, pensándolo bien, no eres tan mayor y tampoco estás nada mal. Ya sé. Creo que a ti lo que te apetece es un poco de diversión. Anda, acércate y dale una calada a este porrito. Verás lo bien que te va a sentar. ¿Sabes? Yo también tengo ganas de juerga. Anda, mujercita, anímate, que cuanto más te veo más ganas me entran de rozarme contigo. Si te quieres divertir, es fácil. Entramos en la casa, fumamos un ratito y luego, ya sabes, nos enrollamos.

Ante la indiferencia en el rostro de María, el chaval se sintió como dolido.

—¡Eh, venga! No serás una amargada ¿verdad? —comentó mientras que se aproximaba a la mujer.

—¿Cómo? ¿Qué yo qué? —respondió ella poniendo la peor cara de su vida—. Niñato de mierda, que no tienes respeto ni por nada ni por nadie: no me extraña, seguro que estás colocado hasta las cejas y que no sabes ni lo que dices. Además, yo no fumo.

La situación se tornó en segundos más tensa. El chaval le puso la mano en la mejilla derecha, casi con ternura y por sorpresa, le pegó un tirón de su cabello que la dejó dolorida.

—Vaya con la distinguida señora —exclamó el primer joven con un punto de ironía—. Entonces, ¿qué será? Ah, claro, unas pastillitas, eso le irá bien… y además pega más con su aspecto. Nada de aspirar humo, sino unas pildoritas que la pongan a tono. ¿Qué? No me mire así. Entonces, ¿unos relajantes para dormir unas horitas y olvidar los problemillas?

María observaba al chaval con desprecio, negando con la cabeza como si no pudiese admitir la realidad del escenario deprimente al que había sido lanzada.

—Venga ya, ahora caigo. ¿Quiere algunas de colores? Pues claro, ha conocido a un tío nuevo y quiere pasar momentos de gloria. Bueno, si las comparte con él la juerga de sexo está asegurada. ¿Qué? ¿Llevaba mucho tiempo sin arrimarse a un buen maromo?

…continuará…

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Jue Oct 1 , 2026
— As leis funcionam assim, Maria. À medida que o aluno vai adquirindo experiência, vai sendo submetido a provas mais difíceis. É justo, não acha? — Sim, é uma questão de bom senso. Tenho que te dizer que estou um pouco assustada, Ángel. Prometa que vou conseguir suportar esta prova […]

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