—Dios mío, Antonio… ¿Por qué tuviste que abrir aquella maldita puerta? ¿Por qué no pisaste el acelerador y regresaste directamente a casa? ¡Cuánto habría cambiado nuestra vida, la de los tres! ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? —insistía María, dominada por la amargura.
Antonio abrió los brazos, como si tratara de responder a tantas preguntas sin necesidad de palabras.
—Cariño, hay cosas para las que quizá nunca encontremos una explicación completa. Pero quiero que sepas que, en aquel momento, solo pensaba en vosotros.
María lo miró con incredulidad.
—¿En nosotros? ¿Qué estás diciendo?
—Es sencillo. Me senté en el coche, arranqué y puse las manos sobre el volante. Justo entonces mi conciencia me obligó a detenerme y prestar atención a lo que estaba haciendo. Comprendí que había bebido demasiado y que no me encontraba en condiciones de conducir, ni siquiera durante la media hora que separaba aquel hotel de nuestra casa.
Antonio bajó la mirada antes de continuar.
—Supe que ponerme en carretera suponía un peligro, no solo para mí, sino también para cualquiera que pudiera cruzarse en mi camino. Por eso apagué el motor, salí del taxi y decidí caminar un rato por los alrededores hasta despejarme. Esa era mi intención, te lo juro. Pensé en ti y en Tony.
Hizo una pausa dolorosa.
—Y luego ocurrió lo que acabas de presenciar.
—Sí, lo he visto —respondió María con los ojos inundados de lágrimas—. Estaba allí, a pocos metros, sin poder ayudarte. Y ahora solo puedo pensar que aquel era tu día.
—Tú misma lo has dicho, mi amor. Pero necesito explicarte algo que quizá te incomode.
La expresión de María cambió. La tristeza dejó paso a una curiosidad cargada de recelo.
—Tu marido llevaba mucho tiempo jugando con fuego —confesó Antonio—. No fue la primera noche en que bebí más de la cuenta ni la primera vez que me expuse a un peligro innecesario. La vida me había concedido muchas prórrogas, pero yo no quise verlo. No supe retirarme a tiempo de aquel juego.
María quiso interrumpirlo, pero él continuó:
—Fui consumiendo mis oportunidades, una tras otra, hasta agotar la mecha que me mantenía unido a la existencia. Y, al final, el fuego con el que tanto había jugado terminó devorándome.
—Pero, Antonio…
—Después de desperdiciar tantas advertencias, crucé la frontera que ahora nos separa. Desde hace más de cinco años, este es mi mundo.
María lo contempló sin comprender.
—Por Dios, hablas de una manera que me perturba. Si llevas tanto tiempo fuera, ¿dónde has estado durante todos estos años? ¿Qué te ocurrió después del accidente? Necesito que me lo expliques. Dime algo que calme esta incertidumbre.
—Te lo contaré todo, cariño. Pero antes debes tener presente una cosa.
—¿Cuál?
—No me han permitido venir únicamente para hablarte de mí ni para describirte lo que viví después de morir. Me han encargado que hablemos también de ti, de la decisión que has tomado y de lo que significaría dejar a Tony abandonado a su suerte.
María torció el gesto.
—Ya veo que ese Ángel no piensa permitir que me distraiga de mi propio caso. Pero ahora, por favor, necesito saber qué fue de ti después del atropello. Lo deseo con toda mi alma.
Antonio asintió.
—De acuerdo. La muerte se parece a un sueño. Cada noche te acuestas, pierdes la conciencia durante unas horas y, al despertar, te levantas y reanudas tu vida. Después de morir ocurre algo semejante. La diferencia es que, cuando despiertas, ya no te encuentras en tu antigua casa ni dentro del cuerpo que conocías, sino en otra dimensión.
María lo escuchaba inmóvil.
—Ese es el espacio en el que vivo ahora y al que a ti te han permitido acceder de manera provisional, con una finalidad muy concreta.
La mujer no podía creer que aquellas palabras salieran de la boca de Antonio. Sin embargo, después de todo lo vivido, lo extraordinario comenzaba a resultarle cada vez menos imposible.
—No hace mucho —prosiguió él— me ofrecieron la posibilidad de ayudarte durante estos momentos tan difíciles. Como comprenderás, no lo dudé ni un instante.
—Entonces ya sabes lo que me está ocurriendo —respondió María—. Sabes que tengo un cordón alrededor del cuello y que mi cuerpo sigue allí, asfixiándose.
Una esperanza dolorosa asomó a su voz.
—Quizá la distancia que me separa de ti sea ya muy pequeña. Puede que dentro de poco podamos tocarnos, abrazarnos… Tal vez termine convirtiéndome en tu vecina en ese lugar donde ahora vives.
Antonio la miró con preocupación, pero no respondió directamente.
—Después del accidente desperté sobre una camilla. Miré mi cuerpo y descubrí multitud de moratones y manchas de sangre. No podía incorporarme. Sentía una debilidad inmensa.
María contuvo la respiración.
—Al poco tiempo se acercaron un hombre y una mujer. Me saludaron con naturalidad, con un gesto de sus caras, como si mi presencia allí no les resultara extraña. Comenzaron a limpiarme las heridas con mucho cuidado y, cuando terminaron, me dejaron reposar.
Antonio frunció ligeramente el ceño, tratando de recuperar aquellos recuerdos.
—Me quedé como adormecido y perdí por completo la noción del tiempo. Cuando regresaron, me indicaron mediante señales que debía acompañarlos. Como ya me sentía algo mejor, me levanté y los seguí a través de un pasillo muy largo.
—¿No les preguntaste dónde estabas?
—Lo intenté. Tenía la cabeza llena de interrogantes, pero cada vez que abría la boca no salía ningún sonido. No podía articular una sola palabra.
Su expresión se ensombreció.
—Llegué a pensar que el atropello me había dejado mudo para siempre. Me aferré a la esperanza de que se tratara de algo provisional, pero nadie me ofrecía explicaciones. Todo resultaba demasiado confuso.
—¿Y adónde te condujeron?
—Al final del pasillo me señalaron una habitación y me pidieron que entrara.
Antonio hizo una pausa.
—Dentro había una cama, una mesa y una silla. Sobre la mesa habían dejado un cuaderno y un lápiz. Tuve la impresión de que, como no podía hablar, me ofrecían la posibilidad de escribir todas las preguntas que me atormentaban.
—¿Había algo más?
—Poco después, alguien entró con un vaso que contenía una bebida verdosa, parecida a un zumo de frutas. Por su mirada y sus gestos entendí que debía tomarla y que me ayudaría a recuperarme.
—¿Te la bebiste?
—Todavía no. Los dos se despidieron con amabilidad, pero sin pronunciar una sola palabra. Después salieron y cerraron la puerta.
Antonio bajó la voz.
—Me quedé allí completamente solo.
Miró a María con una expresión que ella jamás le había conocido.
—Ni siquiera me atreví a acercarme a la puerta para averiguar si estaba cerrada con llave. No sabía si podía salir o si me habían dejado encerrado. Tampoco sabía si debía beber aquel líquido o escribir en el cuaderno.
Respiró profundamente.
—Mi incertidumbre era absoluta. Necesitaba respuestas, pero me encontraba en una habitación silenciosa, incapaz de hablar y sin comprender qué esperaban de mí.
…continuará…

