LAS TRES VIDAS DE MARÍA (40) Los escondites se acabaron

María frunció el ceño.

—¿Suicidio indirecto?

—Esa fue exactamente mi reacción.

—¿Y qué demonios quería decir con eso?

—Miguel no quiso desarrollar el tema en profundidad. Dijo que la terapeuta se encargaría de explicárnoslo más adelante. Pero, viendo mi cara, comprendió que necesitaba ofrecerme alguna pista.

Antonio sonrió con cierta incomodidad.

—Creo que yo lo estaba mirando como si acabara de decir una barbaridad.

—No me extraña. Yo también habría protestado.

—Entonces explicó que, desde la perspectiva que ellos manejaban allí, no todas las conductas autodestructivas consistían en tomar una decisión inmediata para morir.

María dejó de sonreír.

—Sigue.

—Dijo que una persona podía exponerse repetidamente a riesgos graves, aun sabiendo que aquello deterioraba su organismo o ponía en peligro su existencia.

Antonio levantó una mano.

—Insistió en que no hablaba de un acto aislado ni de un accidente, sino de comportamientos mantenidos en el tiempo.

—Ya empiezo a imaginar por dónde iba.

—Yo también empecé a sospecharlo.

Antonio reprodujo entonces las palabras de Miguel:

—«Piense, por ejemplo, en una persona que consume sustancias de manera habitual aun conociendo el riesgo de una intoxicación, una sobredosis o una complicación cardíaca. O en quien somete constantemente su organismo a determinadas conductas perjudiciales pese a disponer de información suficiente sobre sus consecuencias».

María entrecerró los ojos.

—Y entonces te señaló a ti.

—No con el dedo, pero casi.

—Me habría gustado ver tu cara.

Antonio lanzó una mirada resignada.

—Miguel me preguntó por mi propia vida. Por aquellas noches interminables, el alcohol, la cocaína, la falta de descanso, conducir drogado y la exposición constante a riesgos.

María no pudo evitar una sonrisa cargada de ironía.

—Vaya.

—¿Qué?

—Nada. Que ese Miguel empieza a caerme francamente bien.

—María…

—Déjame disfrutar un poco. Llevo cinco años creyendo que mi marido era únicamente la víctima inocente de un atropello y, en unas horas, descubro que llevaba una vida secreta que parecía diseñada expresamente para acabar mal.

Antonio bajó la mirada.

—No dijo que yo hubiese provocado mi atropello.

—Naturalmente.

—Ni tampoco que deseara morir.

—Eso también está claro.

—Lo que intentó hacerme comprender fue otra cosa: que durante años había ido debilitando los límites que protegían mi propia vida.

La frase hizo callar a María.

Antonio continuó con mayor lentitud.

—Conducía después de beber. Consumía cocaína. Dormía poco. Me exponía a situaciones peligrosas. Y yo, pese a todo, me sentía invulnerable.

—Jugabas con fuego.

—Exactamente.

María recordó la metáfora que él mismo había utilizado poco antes.

—Y de tanto acercarte a las llamas…

—Algún día tenía que quemarme.

Antonio guardó silencio.

—Eso era lo que Miguel pretendía que analizase. No que yo hubiera decidido suicidarme aquella noche, porque no fue así, sino que debía preguntarme hasta qué punto mis decisiones anteriores me habían situado repetidamente al borde de una tragedia.

María lo contempló durante unos segundos.

La idea ya no le parecía tan disparatada.

—Comprendo la diferencia.

—Yo tardé bastante más.

—Porque necesitabas seguir siendo únicamente la víctima.

Antonio recibió aquellas palabras como un golpe.

—Puede ser.

—Era más fácil pensar que toda la responsabilidad pertenecía al conductor que te atropelló.

—Él tuvo su responsabilidad.

—Por supuesto. Nadie se la está quitando.

María se acercó ligeramente.

—Pero eso no elimina la tuya sobre la vida que llevabas antes de cruzarte con él.

Antonio no respondió.

—Vamos, cariño —añadió ella con una ironía que apenas podía ocultar—. Por fin alguien consiguió descubrir tus chanchullos incluso después de muerto.

—Ya veo que estás disfrutando.

—Un poco.

—Se nota.

—Perdóname, pero comprenderás que tengo ciertos motivos.

Antonio asintió.

—Los tienes.

María sonrió por primera vez sin verdadera hostilidad.

—Además, Miguel debía de haber estudiado bien tu expediente.

—A veces tuve exactamente esa sensación.

—Pues me alegro. Tú ocultabas magníficamente aquella vida a tu mujer y a tu hijo, pero parece que, al cambiar de mundo, se te acabaron los escondites.

Antonio levantó la mirada hacia ella.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

—Sí, María —reconoció finalmente—. Creo que esa fue una de las primeras cosas que aprendí allí.

—¿Cuál?

Antonio respiró profundamente.

—Que uno puede engañar durante años a quienes tiene alrededor.

Hizo una pausa.

—Pero llega un momento en que ya no puede seguir engañándose a sí mismo.

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (40) Os esconderijos acabaram

Dom Ago 30 , 2026
Maria franziu a testa. — Suicídio indireto? — Essa foi exatamente a minha reação. — E o que diabos ele queria dizer com isso? — Miguel não quis se aprofundar no assunto. Disse que a terapeuta se encarregaria de nos explicar melhor mais adiante. Mas, ao ver minha expressão, percebeu […]

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