—Por mucho que intente suavizarlo, la verdad es así de triste —reconoció Antonio.
Bajó la cabeza y permaneció unos segundos contemplando el asfalto mojado. La vergüenza parecía haberle encorvado los hombros.
—Al principio tuve dudas. Sabía que aceptar aquellos favores significaba renunciar a una parte del dinero que podía llevar a casa. Pero me ofrecían alcohol, mujeres, diversión… y poco a poco escogí el camino más fácil.
María lo miraba sin pestañear.
—¿El camino más fácil?
—Sí. Dejé de pensar en vosotros y empecé a pensar únicamente en mí. Me decía que ya trabajaba bastante, que también tenía derecho a disfrutar, que no le hacía daño a nadie… Ya sabes cómo funciona eso: uno encuentra una justificación y, cuando deja de servirle, inventa otra.
Antonio cerró los ojos un instante.
—Llegué a imaginar que podía vivir como un hombre rico. Como alguien perteneciente a una clase social donde el lujo, el alcohol y el acceso a cualquier placer eran cosas normales. Era absurdo. Yo seguía siendo un taxista endeudado, pero dentro del Ícaro me trataban como si fuese importante.
—¿Y te parece el momento adecuado para hablar de aquello con semejante nostalgia? —preguntó María, endureciendo el gesto—. ¿Cómo puedes mostrarte tan cínico?
Antonio levantó la mirada, sobresaltado.
—No siento nostalgia, María.
—Pues lo parece.
—Estoy intentando explicarte cómo llegué a engañarme. No justificarme.
—Siempre fuiste bueno buscando las palabras que más te convenían.
El reproche lo hizo retroceder medio paso.
—Discúlpame. Tienes razón en desconfiar de cuanto diga. Fue una época miserable de mi vida y no tengo ninguna excusa.
María apretó los puños. Hasta ese momento había conseguido contener la rabia, pero una idea repentina atravesó su mente y terminó por desbordarla.
—¡Maldito desgraciado! —gritó—. ¿Nunca pensaste que podías haberme contagiado una enfermedad?
Antonio palideció.
—María…
—¡No! Ahora me vas a escuchar tú. ¿Te imaginas las consecuencias? Podías haberme enviado a la tumba. Yo compartía la cama contigo sin sospechar nada, creyendo que estaba junto a mi marido, junto al hombre en quien confiaba.
Se llevó una mano al pecho, incapaz de dominar el temblor.
—Y mientras tanto tú te acostabas con mujeres de las que no sabías absolutamente nada. Después regresabas a casa y me tocabas como si no hubiese ocurrido nada. ¿Cómo pudiste poner en peligro mi salud de esa manera?
Antonio abrió la boca, pero no encontró palabras.
—No sabes cuánto lo lamento —consiguió decir al fin—. He pensado miles de veces en el riesgo al que te expuse. Cometí una traición contra ti y contra Tony.
—Qué fácil resulta arrepentirse después de muerto.
La frase cayó con una frialdad que lo dejó inmóvil.
—¿De qué me sirve ahora tu arrepentimiento? —continuó María—. ¿Puedes devolverme aquellos años? ¿Puedes compensarme por haber compartido mi vida con un desconocido?
—No.
Antonio respondió sin intentar defenderse.
—No existe nada que pueda saldar esa deuda. Ni una disculpa ni todo el arrepentimiento que pueda sentir ahora borrarán los años de engaño y de deslealtad hacia mi propia familia.
María apartó la mirada. Respiraba con rapidez, pero la ira comenzaba a mezclarse con otro sentimiento más doloroso: la humillación.
—Ahora empiezo a comprender ciertas cosas.
Antonio aguardó en silencio.
—Cuando nos casamos eras un hombre fogoso, muy activo sexualmente. A veces incluso tenía que frenarte porque llegabas a agobiarme. Con el paso de los años cambiaste. Dejaste de insistir, parecías más tranquilo… y yo, pobre imbécil, pensé que habías madurado.
—María, no te llames así.
—¿Y cómo quieres que me llame? Yo interpretaba tu desinterés como una muestra de respeto. Pensaba que habías comprendido que no siempre me apetecía mantener relaciones y que, haciendo un esfuerzo, habías aprendido a controlar tus impulsos.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. Se la secó con rabia antes de continuar.
—Ahora descubro que la explicación era mucho más sencilla. Llegabas satisfecho de acostarte con mujeres jóvenes que hacían cuanto les pedías.
Antonio volvió la cabeza. Ya no sabía dónde mirar.
—Mírame cuando te hablo.
Él obedeció con dificultad.
—Ese deseo que llevabas dentro ya estaba saciado cuando regresabas a casa. Por eso solo querías acostarte y dormir. Yo te veía agotado y sentía compasión. Pensaba: «Pobre Antonio, cuánto trabaja para que no nos falte nada».
María dejó escapar una risa amarga.
—Descansabas para poder repetir lo mismo a la noche siguiente.
—No ocurría todas las noches —se atrevió a puntualizar él.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿De verdad crees que eso mejora algo?
—No. Perdóname. No debería haberlo dicho.
—Pensé que te habías convertido en una persona más responsable. En realidad, escondías tu degradación detrás de las paredes de un prostíbulo. Y, para empeorarlo, parte del dinero que debía entrar en nuestra casa se perdía entre el alcohol y aquellas mujeres.
Antonio permaneció callado. Cada palabra parecía aumentar un peso que ya apenas podía sostener.
—No tengo nada con que defenderme, María. Algún día debías conocer la verdad, pero has tenido que esperar hasta cinco años después de mi muerte. Mi comportamiento fue vergonzoso y profundamente injusto con vosotros.
Se llevó una mano al pecho.
—He reflexionado tantas veces sobre ello… Durante mucho tiempo cargué con esos recuerdos como con una losa. Creí que al morir todo desaparecería, pero mis actos vinieron conmigo.
María frunció el ceño.
—¿Tus actos vinieron contigo?
—Sí. La muerte no borró lo que había hecho ni transformó de repente al hombre que yo era. Tuve que enfrentarme a mí mismo y comprender el daño causado. Y no basta con lamentarse; llega un momento en que uno debe intentar reparar sus errores. Por eso he trabajado tanto durante mi terapia.
…continuará…

