LAS TRES VIDAS DE MARÍA (9) Después del final

En torno a las tres de la tarde, María comenzó a notar con claridad los efectos del fármaco que había ingerido.

Con el cordón anudado alrededor de su cuello, la ansiedad que la había dominado durante toda la mañana se disolvió por completo. Su cuerpo se fue relajando, cediendo poco a poco a una sensación extraña, como si un sueño profundo la envolviera desde dentro.

Los segundos se diluían. La conciencia se apagaba. Ni siquiera percibió cómo la falta de oxígeno iba cerrando lentamente el paso a la vida.

Aquello era, en el fondo, lo que había buscado: un abandono suave, casi dulce, de la dimensión física. Y lo estaba logrando.

Pero entonces… ocurrió algo.

En un momento imposible de precisar, en medio de aquella deriva silenciosa, escuchó un ruido junto a su oído. Fue suficiente para sacarla, apenas un instante, de ese estado. Abrió los ojos. Y lo que vio la dejó paralizada.

«Pero… si soy yo…».

Allí estaba. Su propio cuerpo. A unos dos metros de distancia.

La impresión fue tan intensa que, sin comprender cómo, su conciencia pareció desplazarse, abandonar definitivamente su antigua posición para situarse en ese nuevo punto de observación.

Entonces lo vio con claridad.

Su cuerpo colgaba, inclinado hacia delante, con las piernas ligeramente flexionadas, sostenido por aquel cordón blanco que rodeaba su cuello. El rostro comenzaba a cambiar de color, adquiriendo un tono violáceo, extraño, ajeno.

Un escalofrío la recorrió.

«Así que… se ha cumplido».

Le sorprendió la calma con la que pensó aquello. Como si, en lugar de horror, sintiera una especie de alivio.

«Ha funcionado…».

Incluso tuvo la sensación de respirar con ligereza, como alguien que acaba de librarse de una carga demasiado pesada.

Pero ese bienestar duró poco. Algo no encajaba.

«Espera…».

Miró de nuevo hacia su cuerpo.

«No me gusta…».

Había algo profundamente inquietante en aquella imagen. Algo que le provocaba rechazo, incluso miedo.

«Y si…».

La idea la sobresaltó.

«¿Y si vuelve a moverse? ¿Y si despierta?»

Negó con rapidez.

«No… no. No se mueve. Ya está. Se acabó».

Guardó silencio.

«Treinta y ocho años… y ya está».

La frase quedó suspendida en su mente. Miró a su alrededor. Seguía en su casa. Todo era igual… y, sin embargo, nada lo era.

«Qué extraño…».

Avanzó unos pasos, casi con cautela.

«Pensaba que el más allá sería… no sé… otra cosa. Un paisaje distinto, un lugar desconocido…».

Se detuvo en el pasillo.

«¿Qué está pasando?».

Se llevó las manos a la frente, confundida.

«Mi cuerpo ya no está… pero yo sigo pensando. Sigo sintiendo…».

Una revelación comenzó a abrirse paso.

«Entonces… es verdad».

Una leve emoción la recorrió.

«La vida continúa».

Sus labios se entreabrieron, como si quisiera saborear aquella certeza.

«Gracias a Dios…».

La sensación de alivio creció.

«Por fin me he librado de ese cuerpo…».

Miró sus propias manos.

«Era como una cárcel. Una estructura que me limitaba… que solo me traía problemas, sufrimiento».

Pero la confusión no desaparecía.

«Estoy… rara».

Se llevó de nuevo la mano a la cabeza.

«Debe de ser esto… el cambio, la transición a un estado post mortem».

Miró a su alrededor, desorientada.

«No sé adónde ir. Ni qué hacer…».

Pero una idea comenzó a imponerse.

«Bueno… sea lo que sea… no puede ser peor que lo de antes».

Respiró hondo.

«No voy a quedarme aquí».

Decidida, dio un paso hacia el pasillo.

«Exploraré…».

Y entonces…

—¡No tan deprisa, María!

La voz resonó con claridad a su espalda. Se quedó completamente inmóvil. Un escalofrío le recorrió el cuerpo —o lo que fuera aquello que ahora era—.

Se giró bruscamente.

—¿Eh?! ¡Qué susto! —exclamó—. ¿Cómo es posible? ¿Qué broma es esta?

—No es ninguna broma —respondió una voz masculina, firme pero tranquila—. Y no estoy aquí para jugar.

María entrecerró los ojos. Una luz intensa la obligó a apartar la mirada. Parpadeó varias veces, tratando de acostumbrarse. Ante ella, una figura. Elegante, serena. Casi irreal.

—Dios mío… —susurró—. ¿Quién eres tú?

Pero no esperó respuesta. La mente de María se adelantó.

—Ah… ya lo entiendo —dijo con una mezcla de nerviosismo y convicción—. Claro… mi madre me hablaba de esto cuando era pequeña…

Se llevó la mano al pecho.

—Eres… mi ángel de la guarda.

Su expresión se iluminó.

—Sí… tiene sentido. Dios ha visto mi sufrimiento… y te ha enviado para recogerme.

La figura no respondió de inmediato. La observaba con atención.

—Ahora lo veo claro —continuó ella, cada vez más segura—. Me cogerás de la mano… y me llevarás a un lugar dulce, tranquilo. Habrá música… todo será ligero… incluso podré volar…

El hombre de luz abrió ligeramente los ojos, sorprendido por aquella cascada de suposiciones.

—Parece que tu imaginación está funcionando a pleno rendimiento —dijo con una leve ironía.

María frunció el ceño.

—¿Eh? ¿No es así?

—Me temo que no —respondió con calma—. Las cosas no son exactamente como las describes.

El desconcierto volvió a su rostro.

—No… no me digas eso —murmuró—. Mi madre…

—Tu madre te hablaba como a una niña —interrumpió suavemente—. Y tú misma lo has dicho.

María respiró con inquietud.

—Me estás poniendo muy nerviosa…

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo entiendo. Es normal.

Hizo una breve pausa.

—¿Qué te parece si vamos paso a paso?

María dudó un instante. Luego asintió, todavía confundida.

—Sí… sí. Está bien. Tú mandas.

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (9) Depois do fim

Mar Abr 28 , 2026
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