—Eso ya da igual, madre. Lo importante es que la alimentasteis, la educasteis y la preparasteis para las mayores responsabilidades, como hizo conmigo el tío de Gaspar, don Juan Fernández —a quien Dios tenga en su gloria—, así como mi madre adoptiva, ya fallecida. Está claro que los progenitores que me asignó mi abuelo no pudieron ser mejores. Sin duda, acertó con su elección. Por eso, y como homenaje a su memoria, mi tercer hijo —nieto de vuestra merced— se llama como vuestro padre: Diego. Tuve muchos problemas con él en su infancia, tantos que llegué a pensar que no saldría vivo de aquella etapa. Y, sin embargo, ahí está: todo un superviviente frente a los achaques. En agradecimiento a su bisabuelo, lo bauticé de ese modo.
—Hija mía… ¿cuándo fue que te enteraste de tu verdadero origen?
—Hasta para eso mis padres adoptivos fueron juiciosos. Me crie feliz cerca de la Alhambra, y fui una niña que no sabía nada ni de mi condición ni de mis raíces. Cuando ellos consideraron que ya había alcanzado la suficiente madurez, un día se reunieron conmigo y me contaron la verdad. Don Diego de Nebrija, durante la etapa que pasó en Granada, les prometió a sus buenos amigos que les cedería en adopción a la niña que vos llevabais en el vientre, con la única condición de que la cuidasen como si fuese su propia hija. Y, a fe mía, que lo hicieron. Nunca me enteré del motivo… ni tampoco quise preguntar. Lo único cierto es que ellos no podían engendrar hijos y, ante el ofrecimiento del conde de Valcárcel, quedaron encantados. Cumplieron con fidelidad su deber de padres.
—Qué bella historia… y qué bello final constituye para mí tu visita. Siempre tuve clavada en el corazón la espina de tu ausencia. Solo te tuve entre mis brazos unos instantes, hasta que el médico enviado por el conde te sacó de este monasterio temiendo que yo sufriera aún más por tu pérdida. Él, cumpliendo las órdenes que le habían dado, me dejó en las tinieblas. Enfermé por ese motivo; creí estar a las puertas de la muerte. Mas, cuando me recuperé milagrosamente, tuve claro que me quedaría aquí hasta mi hora final. Gracias a mi admirada Beatriz de Silva, fundadora de esta orden, vi la luz y salí del oscuro túnel en el que me había hundido por tu falta. El destino me hizo compartir mi existencia con todas estas hermanas y, por añadidura, me regaló a esta chiquilla recién nacida que dejaron a las puertas del convento. Ahora ya es toda una mujer, y la eduqué con todo mi empeño como si fueras tú. He aprendido que no solo la sangre es importante, sino también los lazos de afinidad que creamos con otros seres. Vinimos a la tierra a progresar: tanto en el conocimiento de las cosas como en el amor que donamos a nuestros semejantes.
—Qué alegría me produce escuchar esas palabras de sabiduría que salen de vuestra boca, madre —expresó Beatriz, apretando con afecto la mano de su madre.
—Carezco de méritos, mi niña. Es solo la sombra de mi fundadora, que vive en los cielos y me asiste. Ella es la verdadera protagonista, y pone en mis labios palabras que, en realidad, solo a ella pertenecen.
—Sea como fuere, me emocionáis. Yo solo os agradezco eternamente que me trajeseis a la vida y que no me expulsarais de vuestro seno, como ha ocurrido en otros casos de mujeres agobiadas por las circunstancias. Que Dios os bendiga, Verónica de Nebrija, pues yo no estaría aquí de no haber sido por vuestra determinación.
—Gracias, querida hija. Me siento orgullosa de ti.
—No quiero perturbar más vuestra paz. Antes de irme, quisiera haceros una última pregunta.
Beatriz, observando el agotamiento de la superiora, acercó sus labios al oído de la monja y, en voz baja —aunque audible—, preguntó:
—Madre… han pasado más de cuarenta años. Decidme: ¿quién es mi padre?
Verónica exhibió una ligera sonrisa, llena de serenidad, y mirando a Beatriz con enorme ternura le contestó:
—Mi niña… el conde de Valcárcel me hizo esa misma pregunta cuando yo le confesé que me encontraba encinta. Solo le preocupaba desposarme con el progenitor de la criatura, llegar a un acuerdo matrimonial, salvar su reputación. Me dio tanta rabia esa obsesión por el honor, que me juré a mí misma que jamás revelaría su nombre, y que su identidad viajaría conmigo hasta la tumba. Lo siento… no puedo decírtelo, ni siquiera ahora. Es verdad que yo tenía solo dieciséis años, que era una adolescente inmadura y alocada, con ganas de experimentar sensaciones… pero hay promesas que no han de romperse. Espero que lo entiendas y que me perdones por mi testarudez de vieja chiflada.
—¿Sabéis al menos si ese caballero sigue vivo?
—Lo ignoro por completo. Yo no quise casarme; solo quise traerte al mundo. Esa etapa se acabó en cuanto atravesé las puertas del convento y me olvidé de lo anterior. Lo esencial es que sobreviviste a aquella tormenta y que has formado tu propia familia. Da gracias a Dios y continúa preparando a tus hijos para el futuro. Eres y serás una gran madre, mi niña. Ánimo… y que la Virgen de la Inmaculada te bendiga.
La visitante no pudo aguantar más la emoción que la embargaba. Comenzó a llorar con desconsuelo: por un lado, de tristeza; por otro, de gratitud. Al fin había gozado de la oportunidad de conocer a su auténtica madre antes de su partida.
Antes de incorporarse, le dio a Verónica un dulce beso en la mejilla. Y así lo hicieron también el resto de familiares presentes en la celda. La atmósfera que se vivía arrancaba lágrimas incluso a las hermanas más templadas.
Fátima tomó la mano de su madre adoptiva, mientras Martina Pina le cogía la otra. Por el pensamiento de esta última desfilaron imágenes antiguas: la falsa denuncia contra la abadesa y la enfermera Concepción; las escenas terribles del juicio; y, sobre todo, el viaje de vuelta desde Sevilla, en aquel carruaje donde Verónica la perdonó desde el corazón y no le impuso pena alguna pese a su horrible comportamiento.
Martina se sentía tan cambiada, tan vinculada a aquella mujer, tan alejada ya del egoísmo que había gobernado su personalidad… que solo la gratitud inundaba su corazón.
…continuará…

