En la penumbra de un corredor lateral, dos alguaciles escoltaban ya a la hermana Martina. Iba pálida, la respiración contenida, el paso medido por la vergüenza. Al cruzar frente a Verónica de Nebrija, alzó apenas los ojos: no había odio, sino esa bruma turbia en que se mezclan los celos vencidos, el despecho y una súplica que no llega a palabra. La abadesa sostuvo la mirada sin dureza; era una compasión que dolía más que cualquier reproche.
—Dios os acompañe, hermana —musitó, casi en secreto.
Cuando por fin atravesaron el patio del castillo, la luz de la tarde lavó los muros ásperos y dejó en el aire un olor húmedo de río. En el zaguán, Francisco detuvo el paso y tomó las manos de su hermana con una firmeza que pretendía ser consuelo.
—Has sido fuerte, Verónica. Hoy la justicia ha tenido rostro.
—La justicia de los hombres —respondió ella, serena, con un hilo de voz—. Nos devuelven el gobierno… pero no la vida que se han llevado.
El nombre de Concepción quedó suspendido entre ambos como una campana cuyo eco no termina de apagarse. Verónica volvió el rostro hacia la torre que mira al Guadalquivir; creyó ver —o quiso creer— un pliegue azul en el aire, como de manto que pasa. Cerró los ojos y, al abrirlos, el patio seguía siendo el mismo; lo único distinto era el peso de su corazón.
—Volvamos a casa —dijo por fin.
Iban a subir al carromato cuando un guardia del castillo de San Jorge se acercó a toda prisa.
—Su reverencia —saludó, sin aliento—, menos mal que os hallo. Traigo un recado de su Excelencia.
—¿Un mensaje? —se alarmó Verónica—. Dios mío… ¿le ha sobrevenido otro achaque?
—No, señora. Gracias al cielo no es eso. Su Excelencia suplica que vayáis a verle. Desea hablar con vos de inmediato.
—Sea —asintió la abadesa, volviéndose hacia Francisco—. Hermano, te ruego un poco de paciencia. Intuyo que es para bien; no puedo desoír la llamada de don Domingo.
—Te esperaré —repuso él—, pero no te demores: la noche cae pronto sobre el río.
—Solo hay una manera de saber su voluntad —sonrió con leve cansancio—: ir a su presencia.
Más tarde…
—Su Excelencia, traigo a la madre por quien preguntasteis —anunció el soldado desde el umbral.
—Hacedla pasar —se oyó dentro—. Me alivia su llegada.
Un instante después, Verónica asomó con respetuosa mesura.
—¿Puedo? —preguntó.
El arzobispo, esforzándose contra el peso que lo anclaba al sillón, se incorporó con decisión. Verónica se arrodilló al punto y besó el anillo pastoral. Entonces ocurrió lo inesperado: el prelado, una vez solos, se arrodilló también, hasta quedar a su altura; tomó aquellas manos entre las suyas y las cubrió de besos con lágrimas sinceras.
—Perdonad la confianza, madre —balbuceó conmovido—. Vos os inclinasteis por respeto al cargo, y yo me postro por lo que habéis obrado. Esas manos no son de este mundo; son manos que Dios ha puesto en mi camino para que este siervo suyo siga respirando.
—Me causa rubor, Monseñor —respondió Verónica, desviando la mirada para templar la emoción—. Permitid que nos levantemos y recobremos la compostura.
—Tenéis razón —dijo él, luchando con su corpulencia—. Perdonad mi torpeza; mi volumen es de poca ayuda para la dignidad. Tomad asiento, os ruego. Deseo proponeros algo acorde a vuestra valía, que no es poca, como persona y como enviada —sí, enviada— de la Virgen Santísima.
—No digáis tal —replicó ella con mansedumbre—. No soy sino abadesa de una casa pequeña y sirvo a mis hermanas como puedo.
—Y lo hacéis con excelencia, me consta. Mi súplica es sencilla, madre Verónica: concededme el honor de cenar conmigo esta misma noche en el palacio arzobispal. Querría hablar con vos en sosiego de lo acontecido; desde que recobré el aliento, anhelo entender lo que Dios me ha permitido ver.
—Monseñor, con toda humildad, sabed que no obré por mí. Fui tan solo instrumento de nuestra fundadora, la bienaventurada Beatriz de Silva. Conviene que lo sepáis para que no haya engaño en lo que penséis de mí.
—Instrumento del cielo, entonces —asintió el prelado, con fe sencilla—. Dios no permite que se ejerza tal auxilio sin su beneplácito. Por eso os estoy agradecido, por eso reitero mi invitación. ¿Aceptáis, su reverencia?
—Con gusto, Monseñor —aceptó Verónica—. Contad con mi presencia.
—Gracias, madre, mil gracias. Enviaré un carruaje a este castillo para conduciros, y tendréis mesa y seguridad. Nada os faltará.
—Lo agradezco. Si no hay más, pediré licencia para reunirme un momento con mi hermano. Con todo lo sufrido, el Señor nos ha devuelto hoy, con esta causa, la antigua cercanía de la sangre. No quiero perderla otra vez.
—Id en paz —sonrió el arzobispo—. Decid al letrado que se hospedará también en la residencia arzobispal. Sevilla no es casa extraña para los que Dios reúne. Que Él os bendiga.
—Y a vuestra excelencia también. Con vuestro permiso…
Verónica se retiró con una inclinación grave. En el pasillo, el murmullo de criados y clérigos sonaba distante; por una ventana caía el último oro de la tarde sobre los tejados. Cuando llegó al patio, Francisco ya aguardaba a pie del carromato. Ella levantó apenas la mano y le comunicó las novedades.
…continuará…

