SOMBRAS DE DIOS (106) 1664: primavera de dolor

—Buenas tardes, hermana Genoveva. Pasad y acomodaos. Veréis: últimamente noto arder esa llama intuitiva que todas guardamos en lo más hondo del alma. Por eso he decidido dedicar más tiempo a esta historia. No solo nos veremos por las mañanas, también por las tardes. No son prisas caprichosas, sino el deseo de dejar concluida la crónica de una mujer revestida por el manto de la Virgen y guiada por nuestra bendita fundadora. Además… bien sabéis que a mí no me queda mucho en este valle de lágrimas; aprovechemos las horas.

—Que Dios os oiga, madre, y os conserve la salud y la mente clara hasta el último día —respondió Genoveva, con una leve sonrisa.

—Lo que hoy voy a contaros fue un episodio muy desagradable de mi vida en este convento. Han pasado años, pero, por más que razone, a veces me parece que ocurrió ayer.

—Estoy preparada, madre. Escribiré cuanto queráis revelarme.

—Hay vivencias que dejan surco en la existencia. Dios dispone de instrumentos que, aunque en apariencia resulten ásperos, acaban madurándonos para tomar decisiones que marcan nuestro camino. Aquel suceso —doloroso como pocos— fue el que, al fin, me hizo quedarme aquí para siempre, junto a quien consideré mi verdadera madre, pues nunca supe de mis padres de sangre. ¡Qué bendición haber servido tantos años a su lado, aprendiendo de ella, observándola y venerándola como a un ángel por sus obras! Eso intento dejar hoy asentado: la bondad y nobleza de Verónica de Nebrija.

—Reanudemos, madre Fátima. Presiento que ya no os extenderéis por mucho.

—Acertáis, Genoveva. Escuchad…

*******

En la primavera de 1664, una adolescente —decían que de gran belleza— crecía bajo la tutela de la madre Verónica y de toda la comunidad. Había cumplido catorce años; de peso normal, piel muy blanca para estas latitudes, cabello rubio casi del norte y unos ojos que, según el cielo, viraban del azul al verde, y aun al gris de los días nublados. Mirada intensa, sí, pero limpia, con la inocencia que solo conoce muros de clausura y voces de mujeres.

Esa chiquilla que empezaba a despertar a la adultez no tenía apellidos, pues fue abandonada un día primaveral a las puertas de este monasterio concepcionista y todas me conocían por el nombre de Fátima, que así me quiso llamar la madre Verónica al poco de llegar aquí, evocando aquella historia del famoso caballero portugués que en la Edad Media se enamoró de una princesa mora de inusual hermosura y con ese mismo nombre. Por ella conquistó tierras, derrotó a enemigos y se ganó el favor de su rey.

Nadie imaginaba lo que ocurriría en el futuro con esa jovencita tan sensible, disciplinada en sus tareas y tan cumplidora con las reglas de la orden. En cualquier caso, la superiora tenía con ella, desde que la adoptó, un plan más que racional. Aquella muchacha a la que consideraba su propia hija y que había llenado el hueco en su corazón de su querida Beatriz, quien había sido entregada por su padre el conde a una familia desconocida, tomaría su propia decisión cuando llegase el oportuno momento.

La superiora amaba a esa adolescente con toda su alma y se esmeró en su instrucción y cuidados como si llevase su propia sangre, pero sus principios eran tan sólidos y virtuosos que, a pesar de la pena que pudiese causarle, estaba dispuesta a respetar la voluntad de Fátima si en su día decidía elegir otra vida que no fuese la religiosa. En ese caso y con una educación tan cuidadosa, una chica tan bella e inteligente, podría ser presentada en sociedad y encontrar un caballero que la esposase. Para ello, ya había pensado en la discreción y el buen hacer de su querido hermano y letrado, Francisco de Nebrija, un hombre que, por su trabajo y su carácter, se movía a la perfección en los ambientes sociales de la época. De ese modo, la chiquilla podría formar su propia familia y quién sabe, si algún día, podría acercar al monasterio a sus hijos para visitar a su amada «abuela».

Aquella mañana de mayo, con un calor más alto del acostumbrado para la fecha, la chica cerró el libro que estaba leyendo y se dispuso a alcanzar el claustro a fin de recoger algunas de las naranjas que colgaban de los árboles frutales. Las monjas de clausura se preocupaban mucho por cuidar de sí mismas y por aprovisionarse con sus propios recursos de todos los alimentos que la madre naturaleza podía proporcionarles.

Una vez que fue arrancando las naranjas más maduras las fue colocando en un cesto hasta completarlo. Después de limpiarse el sudor de la frente con un pañuelo, apretó el cesto contra su pecho para llevarlo de una forma más cómoda hasta una alacena no muy lejos de allí. Pese a la hora clara del día, Fátima tuvo que entrar en aquel almacén con una vela encendida para iluminar el ambiente de penumbra que existía en esa dependencia donde se guardaba la fruta recogida hasta que se llevaba a la cocina para su consumo.

Justo en ese momento en el que terminó de almacenar las naranjas, Fátima se sintió rara, como si estuviese siendo observada desde una corta distancia en la oscuridad. Se puso nerviosa, aunque no descartó que aquel temor fuese un producto de su imaginación. Cuando cogió de nuevo la vela que había dejado en el suelo para orientarse hacia la salida, dos manos de fuerza poderosa la atraparon desde atrás por su cuello y la apretaron lo suficiente hasta que la adolescente perdió el aire, se mareó y se quedó sin conocimiento.

Al notar el peso de la mujer y que Fátima estaba inconsciente, el extraño tumbó a la muchacha sobre el suelo boca arriba. Después, tras emitir una sonrisa placentera, aquel sujeto anónimo se relamió, le levantó con rapidez el hábito y comenzó a penetrarla con violencia para acabar cuanto antes con su abuso.

Al poco, tras cumplir con su lascivo propósito, aquel hombre se incorporó y comprobando que no había otras monjas en las proximidades, se subió las calzas y escapó del monasterio a toda velocidad. Solo le preocupaba que le reconociesen; tras aquella escena de oprobio, si huía entre las sombras menos posibilidades habría de que le atrapasen.

…continuará…

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