SOMBRAS DE DIOS (96) Manos prestadas, luz de lo alto

Aquella noche, las verjas del palacio arzobispal se abrieron con un chirrido grave y dos criados, provistos de candeleros, condujeron a Verónica por un corredor de losas frías donde el olor a cera y a pan recién horneado se mezclaba con el de los limoneros del patio. Fue el propio Domingo Pimentel quien aguardaba en el umbral principal. Había cambiado el pálido sobresalto de la tarde por una compostura solemne, aunque en su respiración aún asomaba un leve temblor. Cuando la vio, alzó la mano con una sonrisa humilde —extraña en un prelado de su rango— y la invitó a pasar.

La cena, dispuesta en una pequeña sala de invierno y no en el gran refectorio, hablaba por sí sola: un caldo claro de gallina, unas verduras cocidas con aceite, pan moreno y queso fresco. A un lado, una jarra de agua con rodajas de limón; ni rastro del vino oloroso que solía acompañar sus mesas. Dos velas altas templaban la penumbra y en la pared un crucifijo dorado devolvía, en destellos, la llama.

—Como veis, madre —dijo el arzobispo, acomodándose con cierta dificultad—, he comenzado a seguir vuestros sabios consejos en cuanto he podido. Pensé en vos y en lo que cenaríais en vuestro convento; eso mismo ha preparado el cocinero. He querido compartir la sencillez del menú con vos. Sí, ya sé lo que me diríais: si he de prolongar mi vida, debo reducir esta oronda figura. Y concuerdo.

—Sin duda haréis bien, Monseñor —respondió Verónica, con esa serenidad que no es frialdad, sino dominio de sí.

—Como ya imaginaréis —prosiguió él, dejando la cuchara y entrelazando las manos—, tengo un montón de preguntas. ¿Podrá vuestra paciencia resistir la curiosidad de este pastor de Cristo?

—Haré lo posible por responder —dijo ella—, aunque ignoro si mis palabras serán las que su Excelencia espera oír.

—Probemos, entonces. Mirad: no deseo caer en la provocación del fiscal. Para mí, no hay dudas; un poder curativo sólo puede provenir de lo alto. Decidme: ¿qué sentisteis exactamente cuando colocasteis vuestras manos sobre mi pecho?

Verónica bajó la vista un momento, como quien ordena por dentro el hilo de una memoria sagrada.

—Mi inspiración proviene de mi fundadora, la madre Beatriz de Silva —dijo—, íntima de la reina Isabel de Castilla. Ella, con palabras de bondad y mandato, guía mis actos.

—¿Escucháis su voz? —insistió el arzobispo, inclinándose.

—No exactamente, su Excelencia. No siempre. Ella me alcanza cuando quiere, o cuando ve la oportunidad, y no por capricho mío. Es servidora ardiente de la Virgen Inmaculada; siento que obra siguiendo los designios de la Señora. Entonces su presencia me traspasa, y yo me abandono. No es cosa mía; yo solo presto mis manos.

Domingo Pimentel se llevó la palma a la barbilla, meditativo.

—Curioso… Apenas recuerdo una punzada aguda —como una lanza atravesando el corazón— y, después, la nada. Al despertar, todo era rumor y lágrimas. —Guardó silencio un latido—. ¿Desde cuándo advertís ese influjo?

—Algunos meses después de haber ingresado en la orden. Era jovencita, dieciséis años. Caí muy enferma, tanto que me pareció que se apagaba el mundo. En la fiebre, mi madre —la condesa, que Dios haya guardado— vino hasta mí con una dulzura que aún hoy me maravilla. Entonces, me presentó a la madre Beatriz de Silva. Monseñor… —sonrió apenas, vencida por el recuerdo— no tengo palabras. Ver su rostro fue como mirar la morada del cielo, como si el alma se encendiera de golpe. Desde entonces, nada mío quiso desobedecerla. Le juré fidelidad y me hice su humilde servidora.

—Pero sólo cuando ella lo quiere —concluyó el arzobispo.

—Así es. Su poder es de allá donde habita. A veces desciende, roza mi ánimo y me recuerda lo que soy y lo que seré. Entonces entiendo mi oficio: servir, no lucirme; obedecer, no mandar.

—Portentoso cuanto decís —musitó él, emocionándose contra su voluntad—. Permitid una comparación que nace del afecto. ¿Seréis, acaso, una Teresa de Jesús para nuestro tiempo?

Verónica alzó las manos en un gesto de rubor.

—No soy digna ni de atarle las sandalias —respondió con llaneza—. ¿Qué he escrito yo? ¿Qué arrebatos he contado? No me busquéis donde no estoy. Si algo acontece, acontece por la madre Beatriz y por la Virgen. Yo solo doy gracias.

El prelado asintió, y una ternura insólita suavizó su voz.

—Os admiro, madre. Se necesita fuerza para ser tan humilde. El mundo tiene mieles peligrosas y la adulación envenena pronto. Y, sin embargo, en vos no diviso soberbia ni sombra de ignorancia.

—Cuanta más responsabilidad deposita el Señor —replicó Verónica—, más dóciles debemos ser. No imagino a Dios complacido con altiveces, sino con obreros escondidos que hagan visible su amor.

—Bien dicho —sonrió él—. Y, sin embargo, no habéis cambiado tanto. Aún os recuerdo niña, cuando, siendo yo obispo de Osma, visité al conde vuestro padre. ¿Quién hubiese vaticinado que aquella criatura inquieta llegaría a regir un monasterio… y a sostenerme entre la vida y la muerte?

—No guardo memoria clara de ese encuentro —admitió ella—. Era una cría de juegos y fantasías. Sí recuerdo, eso sí, la amistad de vuestros padres con los míos: los condes de Benavente y de Valcárcel compartían mesa a menudo.

—Así es. —El arzobispo dejó escapar una risa corta, agradecida—. Años después, he aquí que volvemos a cruzarnos en otras hechuras del destino. Y gracias al Altísimo estabais en el lugar y la hora. Todo se ata en el tejido que Él hace.

…continuará…

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Jue Ene 15 , 2026
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