—¡Caramba con la desgraciada esta! —escupió fray Bernardo, apartando el hábito para que el cuerpo desmadejado de Concepción no le rozara—. Un poco más y se me cae encima. Ha perdido el sentido… y la razón. Es culpable de haberse entregado al demonio, es evidente. ¿Lo veis, Agustín? No hace falta gran perspicacia para advertir que esta mujer está gobernada por el Maligno. De ahí los golpes, las convulsiones… Hacía tiempo que no presenciaba un fenómeno tan escandaloso.
—Si esto hubiese ocurrido ante el tribunal —replicó fray Agustín, frío y metódico—, no habría sido necesaria ninguna otra prueba. La hoguera habría purificado lo que ella alberga dentro. El fuego es el único desinfectante que no admite dudas.
—Ciertamente —asintió Bernardo—. Aunque ya sabéis que, purificada una presa, Satanás busca otro cuerpo en el que alojarse. No se cansa.
El fiscal se agachó hasta casi rozar el suelo con el rostro. Habló en un susurro áspero, para que sólo la desvanecida lo oyera:
—Escuchad bien, hermana: el dolor os ha abierto una rendija por donde entra la luz. Mañana, ante los jueces, dejaréis que esa luz pase sin obstáculos. Nada de retractaciones ni vacilaciones. Sed prudente y os libraréis de males mayores.
Se incorporó, recompuesto el ademán, y miró de frente a su secretario:
—Preparad un informe limpio. Que conste que la rea habló movida por la voz de su conciencia y no por el tormento. Añadid que aludió a la influencia del Enemigo en su casa. Quiero un escrito claro, decente. Lo presentaremos al alba.
—Así se hará —dijo Agustín; sin embargo, su mirada, casi sin permiso, volvió a la figura tendida.
El verdugo vendó con torpeza la nuca de Concepción. La sangre dibujó una aureola oscura en el lienzo. La monja entreabrió los párpados: luz turbia, el hábito negro del fiscal, una cruz mal trazada en el muro. Quiso hablar, pero la voz se le quebró en un hilo sin sonido.
—Descansad —musitó el secretario, quizá contra sí mismo, movido por un latido de compasión—. Aún queda la noche.
—Señor —preguntó el verdugo, levantando un cuenco—. ¿Qué hago con las cebollas?
—Arrojadlas al fuego o a la basura —gruñó Bernardo—. Ya no le servirán. Lo importante es que mañana se confiese culpable y después acuse a su superiora. Luego, si sobrevive, que se encarguen de su pie. Todo en su orden, je, je…
Ya junto a la puerta, fray Bernardo se volvió una última vez. La mueca de triunfo se le había borrado: en su rostro sólo quedaba una determinación dura, casi pétrea.
—Que la custodien en celda solitaria —ordenó—. Y que nadie, absolutamente nadie, hable con ella hasta mañana.
La hoja de madera se cerró con un golpe sordo. Quedaron dentro el olor de humedad, hierro y cebolla cortada. La vela chisporroteó; el silencio —ese silencio que pesa— ocupó de nuevo la estancia. Fuera, Sevilla respiraba su noche. Dentro, la monja, inmóvil pero despierta por dentro, juntó los labios como quien reza sin voz. En la frente vendada, el pulso marcaba, tercamente, su voluntad de reparar la brutal injusticia.
Antes de que amaneciera, el fiscal y su secretario ya aguardaban en la sede del tribunal. Según el informe que Agustín acababa de copiar, la hermana Concepción sería llamada a primera hora para ratificar «las novedades» de su declaración obtenida bajo tormento.
Fray Bernardo, inusualmente inquieto, caminaba de un lado a otro.
—Hermano, ¿qué os ocurre? —preguntó Agustín—. No suelo veros así. ¿Os inquieta algo?
—Algo dentro de mí me empuja a la cautela —admitió el fiscal, con un gesto brusco—. Venga, vayamos a asegurarnos. Conviene atar todos los cabos. Visitemos a esa tal Concepción. Quiero salir de dudas antes de que se abra la sala.
—Correcto, mi señor —asintió el secretario con una sonrisa débil—. Evitemos sorpresas.
Atravesaron varios pasillos húmedos hasta las mazmorras. El guardia, firme junto a la puerta, saludó.
—¿Se ha cumplido el turno de guardia esta noche? —inquirió Bernardo.
—Sí, señor fiscal. Nadie se ha movido de su puesto. En cuanto amanezca daremos agua y pan a los prisioneros.
—Bien. ¿Algún incidente con la monja de esta celda?
—Ninguno, señor. Ha debido de dormir. Estaba rendida.
—Abrid.
La llave chirrió dentro de la cerradura. El gozne respondió con un crujido viejo. La penumbra no dejaba ver gran cosa; apenas un rectángulo de luz pálida entrando por la ventanilla enrejada.
—No distingo nada —refunfuñó Bernardo—. Traed una antorcha.
El soldado entró con el fuego alzado. La llama derramó luz sobre la paja, las piedras, la manta tosca…
—Maldita sea. No es posible —estalló el fiscal, entre furioso y sorprendido.
…continuará…

